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Carta blanca


. Llevo cientos de sesiones con él y no es
capaz de aflojar un gramo... parece una espiral de la que no puedo salir. Me
está torturando. Y si estoy en el tercer grado, es porque he cumplido más de la
mitad de mi condena en un horrible hospital psiquiátrico... no porque él me haya
ayudado.
Y vuelve con lo mismo:

Aurora, hablaremos más adelante de los avances. Centrémonos en tu

relación con las otras mujeres del hospital...

Otra vez. Resulta cansino escucharle siempre
haciendo las mismas preguntas chorras. Sino fuera porque dependo de él, me
habría largado hace rato. Sé que un comportamiento indebido, me llevaría de
nuevo al encierro y eso es lo último que deseo.

He llegado a odiar a todas las personas que hay allí... ¿Le vale con

eso?

Sí, pero supongo que no todas. Habrá alguien que te haya caído bien…

Ya le dije que allí no había nadie que mereciera la pena. ¡Están taradas

todas!

Bueno... ¿Y las enfermeras?, ¿Los doctores?

¿Será cabrón? Me lleva otra vez al agujero, quiere
que salte, que empiece a maldecir a todos, pero es que tengo razones sobradas
para ello. Las enfermeras, aparte de ser todas unas zorras, nunca me dieron el
menor atisbo de cariño, ninguna mostró afecto ni nada que se le pareciera… y no
hablemos de los médicos, todos más jodidos que las propias pacientes... Sin
embargo hoy no le voy a dar por el gusto a este, no… hoy me voy a callar.

¿No me dices nada, Aurora?

¿Qué le voy a decir si me aburre siempre con la
misma cantinela? Prefiero adentrarme en las paredes de su recargada habitación.
Mola más seguir el juego de las cenefas de un papel pintado, que por cierto, me
recuerda las películas de Sherlock Holmes... Ahora que lo pienso, ¿me habré
teletransportado al Londres del siglo XIX?

¿Aurora?

Doctor, de verdad, estoy cansada. ¿No tiene una serie de preguntas

nuevas para variar?, ¿Siempre tiene que ser igual?

Se calla y oigo su pequeña risita, esa que hace con
la garganta. Seguramente está mirando sus notas y apuntando nuevamente lo mismo,
con sus gafas caídas, su corbata roída, su cabeza desproporcionada...

Mira Aurora, quería darte una sorpresa y decirte que solo nos quedarían

dos o tres sesiones, pero en cambio tú sigues sin cooperar.

Se me ha nublado la vista. Creo que de tanto mirar
los dibujos del papel pintado, me ha entrado un mareo. La lámpara de araña
parece querer acercarse… el suelo se mueve... me siento borracha, tumbada sobre
ese diván, que parece un pequeño bote en alta mar.

Aurora, ¿Estás?

Doctor... ¿me está diciendo que me va a liberar? ¿Que estamos acabando?

Puede ser. Depende de ti.

No depende de usted... ¿De su puta firma, quizás?

Mi firma ya está hace meses, mujer. Haz un esfuerzo. Ahora eres tú la

que tiene que...

A pesar del mareo, logro sentarme sobre el diván
con cierta rapidez. El doctor Allerti se me muestra difuso, como si no fuera él.
Casi no logro ver nada. Tan solo el abrecartas dorado, sobre la mesa que me
ciega con su intensa luz. Doy apenas dos pasos, lo tomo entre mis manos y
volviéndome a trompicones, se lo inserto al doctor en el cuello. ¡Zas!
Es curioso… Se ha colado en su garganta como un
cuchillo caliente en la mantequilla.
Ahora vuelvo a enfocar todo más claramente. El
doctor tiene los ojos abiertos como un sapo. No puede hablar. Mejor... ahora
callado, me resulta hasta más atractivo. Extiende su mano y logra alcanzar mi
muslo derecho. Resulta gracioso verle pedir ayuda, como un pelele. Cae al suelo
y se mueve como una culebra de charca. La verdad es que ya tenía ganas de verle
hacer algo distinto.
¿Será mamón? Me ha manchado todo el pantalón de
sangre. Bueno, voy a serenarme, porque me está empezando a doler la cabeza,
además el espectáculo es tan bello... No tanto aburrimiento de sesiones
machaconas, jueves tras jueves. 
Me siento sobre el diván y sigo observándole. Está
intentando decirme algo, pero no logro entenderle.

¿Qué está diciendo doctor?, ¿Que llame a alguien?

No responde, solo tensa sus dedos como queriendo
señalar hacia la puerta.

Doctor, no hay nadie. Recuerde que soy su última paciente de los jueves.

Estamos solos los dos. ¿A quién quiere que llame?

No dice nada, tan solo sigue aspirando con
dificultad y la sangre le sale por la boca, ¡qué asco!

Mire doctor, no creo que se vaya a morir de esta, así que guarde la

calma... Por cierto, ¿Donde está mi carta blanca? ¿Esa que tenía firmada y

guardada?

No señala, pero el infeliz busca con los ojos la
agenda que hay sobre la mesa. Vaya, la he tenido tan cerca y nunca me dio por
husmear allí...

No se preocupe doctor, ya la alcanzo yo.

Allí está, justo tras la tapa de la agenda y
minuciosamente doblada. "El doctor Alonso Allesti certifica que la paciente
Aurora... bla, bla, bla, ha alcanzado el nivel adecuado para su integración,
tras la estancia... bla, bla, bla y puede ser  liberada de sus obligaciones
con el hospital psiquiátrico..". y la fecha... de… ¡hace dos meses!

¡Serás hijo de puta!

Saco el abrecartas de su garganta y la sangre fluye
ahora como un torrente. Se está desangrando como un cerdo... Bueno, como lo que
es, claro.
Guardo la carta en mi bolso y me pongo el abrigo,
mientras el hombre convertido en nada, se está apagando, como todas mis sesiones
de los jueves, ¿no es genial?

Ah, doctor, no se preocupe, si me pregunta alguien, diré que ya me dio

la carta y que seguramente el tarado ese que tiene a las siete y media ha

debido ser el que le perforó la traquea... yo soy una ciudadana integrada,

¿recuerda? Lo comentó usted en mi carta… mi carta blanca.

 
Lydia




Sasha se desata 05


.

"Bueno, yo estoy caliente y ella está dispuesta, y
era solo cosa de tiempo para que el Ko la convenciera de participar" me dije
mientras me ponía de pié y me sentaba a su lado, pero aun sin atreverme a ir más
allá a pesar que el pantalón ya me iba a estallar. Pero fue ella la que tomó la
iniciativa y me comenzó a acariciar la pierna, aunque todavía bastante tensa y
sin despegar los ojos del suelo. La dejé hacer, comenzó sobre mi rodilla, pero
poco a poco su mano fue subiendo hasta comenzar a acariciarme mi verga por sobre
el pantalón, encontrándosela parada y dura.

Entonces subió la mirada, su cara ruborizada se
encontró con la mía, supongo que también ruborizada, me esbozó una leve sonrisa
y susurró algo así como "¿qué me hiciste Carlos?" mientras se acercaba para
besarme. Ahora yo también la toqué, probé el tacto de la piel morena de sus
muslos, firmes y rotundos como un par de columnas, la sentí suspirar mientras
nuestros labios estaban unidos y ella tenía los ojos cerrados. Continué
acariciándola y subiendo cada vez mas mi mano hasta que mis dedos al fin se
encontraron con la delicada piel de su feminidad… no tenía vello púbico.

Carlos me pidió que me lo rasurara… – me explicó roja como un tomate –

No sé qué me hicieron ustedes 2, pero ahora ya no me puedo detener… –

agregó.


A Sasha le encantó esa caricia, me tomó la mano y
comenzó a guiarla, apretándola contra su vulva que se iba mojando cada vez más.
Pronto logré meterle 2 dedos entre la vagina y empecé a realizar el conocido
movimiento de pistón con el que logré enloquecerla. Comenzó a gemir, poniendo
los ojos en blanco y mordiéndose los labios, ahí sí noté claramente cómo su sexo
se iba inundando y como toda ella aumentaba su temperatura. Era una verdadera
belleza, una diminuta diosa de placer morena y de cabello lacio, ojos oscuros,
nariz redonda y pequeña y boca delgada y también pequeña, que respiraba y
suspiraba en mis manos, inflando y desinflando ese pecho donde descansaban 2
pequeños senos.

Tuve la intención de hacerla acabar pero ella me
detuvo, me empujó hasta dejarme acostado boca arriba en el sofá y comenzó a
acariciarme. Cerré los ojos mientras su delgada mano recorría mi cuerpo,
iniciando en mis piernas y subiendo lentamente hasta llegar a mi sexo.
Suavemente me bajó el cierre y metió su mano entre mi pantalón, encontrando mi
caliente y ansiosa verga, sentí que su respiración se agitaba. Abrí los ojos y
la vi bajando lentamente llevándosela a la boca, pero metiéndose solo la
puntita. Me la chupó muy suavemente, como si fuese un caramelo, lamiendo y
succionando al mismo tiempo mientras me masajeaba el tronco frotándolo
vigorosamente. Empezó tímida, pero tras un rato no muy largo ya lo hacía como
toda una profesional, estaba claro que el Ko le había enseñado bien.

Por mi parte metí mi mano bajo su cuerpo y le
agarré las tetas, tomé uno de sus morenos y puntiagudos pezones, en medio de
unas oscuras y anchas aureolas, y me puse a acariciarlo lentamente con
movimientos circulares, a apretarlo con mis dedos. Sasha tenía los pechos muy
sensibles, el menor roce le transmitía sensaciones muy placenteras por lo que
mis caricias la obligaron a sacarse mi verga de la boca para gemir y pedir más.


¡¡¡AAAAAHHHHH, Ricardo, sos muy bueno, AAAHHHHH, qué ricoooohhhh!!!


Me incorporé y la rodeé con mis brazos besándola
apasionadamente. Luego tomé una de sus tetas y me la llevé a la boca, se las
chupé con fuerza, le succioné los pezones y se los mordisqueaba suavemente al
mismo tiempo. Era un placer sentirlas en mi boca, jugar con mi lengua con ese
pezón puntiagudo, oírla en sus lamentaciones de placer. Sus gemidos aumentaron,
me pedía que se las chupara y apretara con más fuerza, y yo dándome un festín
con las chiches de la novia de mi mejor amigo.

Me detuve un momento y me puse de pié para sacarme
la ropa, en un santiamén quedé empelotado igual que ella. Sasha aprovechó para
explayarse en el sofá y quedar con las piernas abiertas y ofrecida a mi. Apenas
volví a ver su rasurada cuca y me lancé sobre ella, arrodillado en el suelo me
puse a lamerlo a mis anchas. Ella me aprisionó la cabeza con sus manos y se
abrió completamente de piernas para darme todo el espacio que necesitara.
Recorrí con la legua y los labios su sexo por todo lo largo, lenta e
intensamente, me bebía los abundantes jugos que ya se le estaban saliendo a
chorros y me puse a "roer" delicadamente su clítoris. Sasha se entregó
completamente al placer y, agarrándome fuertemente de la cabeza, alcanzó un
intenso orgasmo que yo me tragué completo.

¡¡¡AAAHHH, AAAHHH, AAAAAYYYYYYGGGGHHHHHHH!!! ¡¡¡¡AAAAAAHHHHH, QUE RICO,

QUEEEERRRIIIIICOOOOUUUGGGHHHHHH,!!!! – se revolvía como un gusano y me

aprisionaba la cara contra su sexo chorreante con fuerza, casi no me dejaba

respirar.


Su orgasmo me enardeció, aumento mi calentura hasta
que casi perdí el control. Con un brusco empujón me separé de ella, que aun no
había terminado de agitarse enloquecida. Le separé las piernas y las levanté y
así la penetré sin ninguna contemplación. Inesperadamente se sintió
completamente llena y hasta el fondo, aunque no creo que le haya dolido pues
estaba anegada en exceso, sencillamente abrió los ojos como platos, irritados y
vidriosos, y los clavó en mi sin dejar de gritar, por lo visto esa súbita
penetración prolongó el placer de su clímax.

¡¡¡¡UUUOOOOGGGHHHH… DIOS MÍO… OOOOOGGGGHHHHH!!!! ¡¡¡¡PARTIME POR

LAAAAAMIIIITAAAAAADDDDDGGGGHHHHH… AAAHHHH!!!! – me pedía entre gritos.


Levantándole las piernas en el aire, bien sujetas
de las pantorrillas, me harte de apalearla una y otra vez, con furibundas
embestidas que le llegaban hasta el fondo. Sus pequeños senos morenos se mecían
con violencia con cada una de mis embestidas, firmemente sujetos en su pecho.
Entre gritos se las tomó y empezó a restregárselos con fuerza y a pellizcarse y
jalonearse los pezones. Era algo extraordinario, nunca había visto algo así,
parecía que la muchacha aun no había parado de orgasmearse, parecía como si su
orgasmo se hubiese prolongado indefinidamente y su calentura hubiese aumentado
hasta niveles más allá de mi comprensión. No dejaba de gritar ni de pedirme más,
sus ojos, muy abiertos, brillaban con la misma vehemencia que tenían cuando
iniciaba su clímax, esa muchacha era increíble.

La cambié de posición rápidamente, la puse de
costado hacia el respaldo mientras yo me tendía detrás de ella. Levanté su
pierna izquierda mientras volvía a meterle la verga. Me aferré a sus tetas desde
atrás, se las apretaba y tiraba fuerte, creo incluso que le dolió, pero ella en
vez de quejarse se excitaba más.

¡¡¡MAS, MAS, MAAAASSSGGHHHH… AAHH, AAHH, OOHH!!! ¡¡¡ME ENCANTA RICKY, ME

ENCANNNNNTAAAAGGGHHHH, OOOHHH!!!

¡¿Te gusta que te domine, perra?! – le pregunté, creo que confundiéndola

con mi madre pues era a ella a la que le hablaba así mientras cogíamos.

¡¡¡¡SSSSIIIIIIIIIIIIHHHHHH, ME ENCANTAAAAAHHHHHHH!!!! ¡¡Someteme más,

dame más Ricardo, HOY YO SOY TU PERRA, TU PEEEEERRRRAAAAGGGHHHHH!!


Por la fuerza de mis embestidas su menudo cuerpo
fue empujado hacia abajo y de pronto me vi encima de ella, pero Sasha estando
boca abajo. Ella misma se abrió las nalgas con las manos para que la pudiera
penetrar nuevamente sin problemas. Le comencé a dar de nuevo, apoyado sobre mis
brazos estirados le estrellaba con violencia las caderas sobre su gran trasero,
redondo y mullido, mientras ella mordía el asiento. Desde mi altura le podía ver
esa estrecha cintura que tenía, que contrastaba notablemente con esas caderas
rotundas que llevaba más abajo, de las cuales salían un par perfecto de piernas
largas y torneadas y de muslos gruesos. Gozaba como un loco montándola, pero ya
no podía seguir más.

¡¡¡YA CASI, YA CASI SASHA, VOY… VOY… AAHH, AAHH, VOY A ACABAR!!! – le

dije.

¡¡¡DALE, DALE, LLENAME DE LECHE HIJUEPUTA, PREÑAME INFELIZ… AAAHHH,

AAAHHH!!! ¡¡¡ LLÉNAME DE LEEEECHEEEEEHHHHH!!!

¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHH, SAAAAAASHAAAAAAAGGGGHHHHHH, AAAAAHHHHHH!!!! – le

saqué la verga de adentro y acabé en medio de un fuerte y violento estertor,

derramando chorros de blanca y espesa esperma sobre su culo y su grupa.

Hasta yo mismo me sorprendí de la cantidad que eyaculé, pero era normal con

la gran calentura que tenía.


Estaba agotado, cubierto en sudor (ella también) y
jadeando casi sin aire, sentía que el corazón se me quería salir por la boca.
Perdí el equilibrio y caí estrepitosamente en el suelo mientras ella se quedaba
igual, con los ojos cerrados y su rostro de putita aun congestionado por el
placer. La verdad me olvidé de todo a mi alrededor, no tenía más cabeza que,
que… bueno, que la cabeza de hongo de mi verga, así que obviamente no estaba
para pensar en nada, más bien para quedar profunda y plácidamente dormido… si no
hubiese sido por un desgarrador grito que me hizo pegar un salto, había alguien
viéndonos desde el ventanal de la sala… ¡mi madre!

Continuará…


Ricardo David.
(Garganta de Cuero).


Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi
correo electrónico, besos y abrazos.




La pluma y el grifo


. -¿Por qué no podrá pararse el tiempo para poder quedarnos
juntos tú y yo para siempre?
-ojalá…
De repente, a Peter se le ocurrió una idea. Se levantó
del "nidito de amor", se acercó a las cañas y las desenterró, recogiendo ambas
(primero una y luego la otra). Después, cogió una navajita que Gervase siempre
guardaba en la cesta de la comida, y comenzó a cortar el cordel de nylon de una,
y luego de la otra. Cuando los tuvo seccionados, cortó parte del corcho de una
botella de vino que había traído él mismo, clavando un trocito de éste en cada
punta. Más tarde, anudó las partes de cada cordón.
En un breve espacio de tiempo, Peter había creado dos
colgantes idénticos.
-Esto nos recordará, cuando no estemos uno cerca del
otro, lo mucho que nos queremos.- Dijo el mañoso oficinista a su amante,
mientras colgaba uno de sus inventos del cuello de su compañero.
El fontanero cogió de las manos el otro colgante.
-En señal de compromiso… como si estuviésemos casados.
Sí quiero.
Ambos se sonrieron y se besaron.
Y, por fin, tras la ceremonia al atardecer, los amigos
se vistieron, levantaron el campamento y marcharon hacia la ciudad.
-Pues dice la profesora de Gervie que le cuesta
estudiar, pero que en los deportes se defiende bastante bien.
-¿Ah, sí? A lo mejor no marcha a la universidad, pero
se convierte en un deportista de élite.
-No sé… suena bien.




Tras volver por el camino andado aquella mañana,
Gervase llegó a su casa. Abrió la puerta, avisó de su llegada y dejó los útiles
(cada vez más inútiles) de pescar en un rincón de la casa, al lado de la puerta
de la calle. No tardó en recibirlo su hijo, Gervase Junior, con una amplia
sonrisa y un abrazo por la cintura.
-¡Hola, papá!- gritó el niño de entusiasmo. -¿Has
traído algún pescado hoy?
-No, grandullón.- Explicó muy afablemente el padre a
su hijo mientras despeinaba su cabeza. –Ya sabes que los peces que pescamos los
devolvemos al río.
-¿Por qué?
-Porque esos peces tienen mujer e hijos, y prefieren
pasar la tarde con su familia que sazonados en una sartén.
El niño se rió. El padre no tanto, pues delante de él
vio el porqué de la poca gracia: su esposa, Nora, yacía apoyada en la puerta de
la cocina, con esa cara reprobadora que ponía cada vez que su marido intentaba
pasárselo bien fuera de casa. Tenía los brazos cruzados.
-Nadie diría lo mismo de ti. La cena está recalentada
pero servida.
Gervase intentó excusar el retraso que había tenido al
volver para su casa, pero, su agria esposa se limitó a ignorar las excusas y a
entrar para la cocina. No había más remedio que seguirla y sentarse a la mesa.
Una vez comenzada la cena, coles de Bruselas con
beicon, Nora le preguntó a su marido si recordaba que al sábado que viene venía
su madre. Gervase, afirmativamente, le dijo que no se le había olvidado, que no
iría a pescar.
-A la que viene tal vez sí vaya.

-¿Puedo ir con vosotros?- Preguntó Gervie con una
sonrisa.
Gervase no supo qué contestar en ese momento.
-Es que allí hablamos de cosas de mayores… y hay que
esperar mucho mientras pican… te ibas a aburrir.
Gervie insistió. Incluso pidió permiso a su madre, con
la consiguiente estrategia "por favor" repetido hasta la saciedad.
-Los dibujos esos de astronautas los echan los
sábados. –Apuntó la madre a su hijo. -¿No querrás perdértelos?
-Pero…
-No.
-pero…
-¡He dicho que no! Y no hay más que hablar.
Gervie se calló. Se cruzó de brazos y miró malhumorado
el plato.



Al día siguiente, Gervase se levantó de la cama, se
aseó, se vistió y bajó a desayunar. Como todos los domingos, Nora no movía un
dedo con la cocina en todo el día, así que Gervase preparó un tazón de cereales
para él y otro para su hijo. Se fue al salón, se sentó en el sofá y encendió la
tele. Sumergido en el hastío de un domingo monótono y aburrido como cualquier
otro, se hizo la hora del almuerzo mientras mataba las horas delante de la caja
tonta.
Sus tripas gimieron.
"Ya es hora de meter combustible al cuerpo", pensó.
"Voy a picar algo".

Justo en ese momento, el teléfono sonó. Gervase lo
descolgó y preguntó quién se atrevió a romper su monotonía dominical. Era Max,
el encargado general de la fábrica de cola. Por lo visto, tenían una emergencia
sanitaria y necesitaban los urgentes servicios de un desatascador.
-¿En domingo?- Preguntó Gervase. – Estoy descansando.
-Es que mañana vendrán los dueños… -Explicaba el
gerente a su contratado. –Ha habido un problema con el agua… -hazte cargo… yo
también estaba en mi casa descansando…
Al final, Gervase aceptó a regañadientes. Tendría que
trabajar aquel día santo. Eso sí, cobraría las horas más caras. Así, se medio
despidió de su familia, alegando que no tardaría en volver, se montó en la
furgoneta y se encaminó de mala gana hacia la fábrica de cola.
Más tarde, Matt, Gerry y Paul llamaron a la puerta de
la casa de los Bauer. Paul preguntó a Nora que si Gervie podía salir a jugar.
Nora preparó un bocadillo de buey asado para su hijo y los cuatro amigos se
fueron a la plaza del pueblo con una pelota.

El tiempo transcurrió.

Y entonces, sucedió. Por un leve instante, el efímero
estruendo rompió la tranquilidad de la tarde de domingo. El rojo hizo acto de
presencia, y la vida se tiñó de blanco. No tardó en aparecer el negro.

Momentos más tarde, después de que los amigos
marchasen al altozano a jugar soccer, al río a cazar lagartijas, a comer
manzanas de la Señora Behn, y a escalar las lomas del pueblo vecino, el pequeño
Gervie volvía a su casa. No quería llegar tarde, de lo contrario le aguardaría
el mismo destino que sufrió su padre el día anterior.
Todavía quedaba un poco de luz natural. ¿Por qué,
entonces, las calles estaban desiertas? Gervie pudo observar que apenas había
movimiento por las calles. Sólo veía a la gente nerviosa, triste, asustada. Era
algo que no se veía todos los días en el pueblo. ¿Habría sucedido algo raro?
Por fin, llegó a su casa. Abrió la puerta, entró,
gritó que ya había llegado y vio aquella imagen que nunca olvidaría en toda su
vida: la de su madre, abatida en el sofá, pegada al teléfono, conteniendo las
lágrimas. Realmente algo había sucedido.
-¿Qué pasa, mamá?
Su madre tardó en contestar. Lo hizo con toda la
frialdad que pudo encontrar.
-La fábrica de cola ha explotado… se ha producido un
incendio. Nadie sabe aún nada de las víctimas.



Desde entonces, Gervase Bauer Junior se convirtió en
un niño triste. Enterraron los restos de su padre, e intentaron hacer la vida
como buenamente pudieron. Ha intentado vivir con su orfandad como ha podido: no
tuvo el valor necesario para confesarle a su madre su homosexualidad, vagando de
tugurio en tugurio clandestino intentando llenar con sexo masculino el amor que
su padre no pudo continuar dándole. Con la revolución de los años setenta,
aquello cambió, y Gervie, recién cumplidos los treinta, prosperó y trabajó en el
cuerpo de bomberos. Pero una grave lesión que le impidió continuar ayudando a
los demás, y una extraña enfermedad que atacó la mente de su madre le hizo
volver a caer en la mala vida. Encontró trabajo de celador en el hospital donde
su progenitora estaba ingresada. Más tarde, conoció a Mike, que le habló de la
productora de Loggan, y el resto… ya se conoce.
FIN











PERO… QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE AQUELLA TARDE?
"Vaya rollo, trabajar en domingo" se lamentaba,
hambriento y malhumorado, Gervase mientras conducía hacia su destino. "Y aun
encima en la fábrica de cola, con lo ricos que son y lo mal que pagan…"
De repente, cuando se acercaba hacia el puente que
cruzaba el río, Gervase pudo ver algo cerca de éste. Era una persona, apostada
en la barandilla de éste, mirando al río. Al fontanero le pareció que conocía a
esa persona.
Era Peter.
Gervase frenó y detuvo la camioneta. Tocó al claxon un
par de veces. Llamó a su amigo. Éste, con la cabeza gacha, pareció no percatarse
de la presencia del fontanero.
-¡Eh, Peter! ¿No me oyes?- Le gritó Gervase.
Peter comenzó a moverse. Pero su amigo, compañero,
confidente y compartidor de buenos momentos, lejos de incorporarse, darse la
vuelta y saludar al de la camioneta, intentó subirse a la barandilla del puente
a toda prisa, sin dar explicación alguna. Gervase no daba crédito a lo que
estaba viendo.
-Pero, ¿qué haces?- Gritó cuando adivinó lo que su
amigo intentaba hacer.
Gervase bajó de la camioneta a toda prisa y corrió
hacia donde estaba el futuro suicida. Peter ya había dado toda la vuelta a su
cuerpo, y sólo faltaba soltar las manos de la barandilla y dejar que el impulso
y la fuerza de la gravedad actuasen sobre su cuerpo para precipitarlo al vacío y
conducirle a otro lugar, de momento al fondo del río.
Peter sintió que algo le agarraba de las rodillas.
Intentó desasirse, pero aquello que lo aferraba a este mundo era demasiado
poderoso para él. Luchó con todas sus fuerzas por cumplir con su objetivo, pero
no había manera humana de conseguirlo. Cuando quiso darse cuenta, no estaba
sobre el río, sino encima de éste, jadeando en el suelo del puente del vano
esfuerzo por acabar con su vida. Algo se lo había impedido: Gervase Bauer.
-Pero ¿qué hacías... loco?- Reprendió el fontanero a
su deprimido amigo. -¿No ves que…
-Déjame.- Le interrumpió Peter. Sin mirar a su
salvador, se levantó e intentó acercarse a la barandilla del puente para
intentar otra vez su objetivo. Pero, con Gervase allí cerca, aquello era
imposible.
-Que te vas a matar…
-Déjame…- Volvió a exigir el frenético suicida.
Forcejeó para librarse de los potentes brazos del que fue el hombre más
importante de su vida.
De repente, Peter sintió cómo la violencia se
estrellaba en su rostro. Había recibido una bofetada de Gervase. No fue
dolorosa, pero sí ayudó, en cierto sentido, a calmar y centrar mental y
emocionalmente a la persona que no dudaba ni un solo instante en quitarse la
vida.
- ¡¡Te quieres dejar de gilipolleces y contarme de una
puñetera vez qué coño te pasa?!- Bramó Gervase.
Peter se echó a llorar desconsoladamente. No podía
aguantar más.
-Anoche tuve una discusión muy grave con Rose.-
Confesó Peter entre sollozos.- Vio el colgante que hice y me preguntó que qué
chorrada era eso. Como no le quise contestar, lo hizo ella por mí.
"¿Qué crees, que no sé qué hacéis el fontanero y tú en
el lago? ¡Si todo el pueblo lo sabe!"
Gervase se quedó de piedra. No sabía cómo reaccionar.
-Yo no supe defenderme. No supe defendernos. Acabó por
gritarme que yo le daba asco. Y vergüenza. Salí corriendo de mi casa y no me
atrevo a volver.
Por lo visto, la extraña y pecaminosa "relación" que
Gervase y Peter vivían era un secreto a voces en el pueblo. Era algo que tanto
Rose como Nora debían aguantar en silencio en la peluquería de Loretta en forma
de indirectas, en el mercado, en el ayuntamiento, en la escuela… lo de la pesca
ya no se lo creía nadie.
Gervase cogió la mano de su amado y la acarició.
-La gente no entiende lo nuestro.
-¿Y qué hacemos?- Protestó Peter.
-No lo sé.
Hubo un incómodo silencio.
-Marchémonos de aquí.- Propuso Peter de repente,
rompiendo así el odiado mutis. – Vámonos lejos, donde nadie pueda encontrarnos.
¿Como? Gervase no podía creer lo que oía. Eso era una
gran barbaridad.
-¿Dónde?... ¿Cómo?... ¿cuándo?- Balbuceó el fontanero.
-A un sitio apartado, donde podamos vivir nuestro amor
sin que nadie nos odie.
-Pero eso es una locura…!
-Nuestro amor es una locura.- Argumentó el oficinista.
– Y aun así, está vivo, y siente. Por ti… contigo… haría todas las locuras del
mundo.
Gervase no se podía creer lo que estaba escuchando.

-Pero yo no me puedo marchar de aquí.- Explicó. –Tengo
una familia. ¡Tengo un hijo que criar!
Peter comenzó a entristecerse.
-Hazlo por mí… hazlo por tí. Yo sólo te tengo a ti.
Gervase no podía creer lo que le estaba sucediendo. La
vida le estaba poniendo a prueba. Tenía que tomar la decisión más importante y
dolorosa de su vida. Debía renunciar a su familia. Un silencio más incómodo que
el anterior, rozando la sepulcralidad pero con una tensión tan presente que se
podía cortar con cuchillo,
atenazó el puente.
Gervase suspiró, y, con mirada resignada, contestó:
-Está bien. Vámonos ahora mismo de este pueblo de
mierda.
Ambos amantes fugitivos se montaron en el vehículo del
fontanero, poniendo rumbo a un lugar desconocido y sin retorno. Gervase no
quería ni pensar en las consecuencias que traería su decisión. Ya tendría tiempo
de arrepentirse. Ahora, lo importante era dejar lejos el letrero que anunciaba
el nombre del municipio.
Para siempre.



FIN

















EPÍLOGO.
En dirección a Florida, pero sin un rumbo fijo, la
camioneta de "Multiservicios Bauer S.L." cruzaba una desierta carretera. Era de
noche. Adentro, Gervase conducía despacio, debido a la ausencia de luz y a que
Peter, desde el asiento del copiloto, asía el brazo derecho del fontanero con
fuerza, como si no quisiera soltarlo, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en
su rostro. Ese tipo de sonrisas tontas de felicidad.
El humor de Gervase, sin embargo, distaba de ser
feliz.
-Cuando el señorito le venga en gana me puede ir
soltando el brazo;- Se quejó el piloto, malhumorado- Lo necesito para conducir.
Peter abandonó su estado de placebo para, asombrado
por la impertinencia, hacer caso a su antipático amor. Preguntó el porqué de
aquella contestación.
-Tú estás muy feliz con tu decisión, pero yo no. No es
fácil dejar atrás una familia.
-También podías haber dicho que no, que quieres seguir
viviendo en un pueblo de paletos, con un trabajucho esclavizante, con una mujer
que gasta bilis en vez de saliva, y con un hijo que…
Gervase detuvo el vehículo bruscamente.
-Ni se te ocurra decir nada de mi hijo - Amenazó con
el dedo el fontanero a su compañero de viaje. -Esto lo hago más por ti que por
mí, no lo olvides.
Gervase no podía dejar que Peter quisiera volver a
suicidarse. Se sentía responsable, porque una pareja siempre es cosa de dos.
-Esto lo haces porque me quieres.
-Pero también quiero a Gervie. Y Nora no es tan mala
como crees.
-Pues vuelve. Te prometo que no volveré a intentar
hacer locuras. Reharé
mi vida, y tú con la tuya harás lo que quieras.
Hubo otro silencio incómodo. Pero esta vez no fue
tenso.
Gervase comenzó a llorar, como nunca antes lo había
hecho.
-¿A quién pretendo engañar? Gervie sería señalado en
la escuela, en el trabajo, allá donde fuese:
"Ahí va el niño que su padre es marica". Es mejor que
me aparte de su vida cuanto antes.
-Es lo mejor. –Sentenció peter.
El fontanero continuó llorando desconsoladamente. Era
la viva imagen del dolor.

- Pero es que lo
echaré tanto de menos: me perderé su primer amor, su primer trabajo… Es duro
dejar atrás una familia. ¡Es muy duro!

- A partir de
ahora, tú serás mi familia y yo la tuya.
- así sea. – Murmuró Gervase, secándose las lágrimas.
Seguidamente, reanudaron el viaje a ningún lugar en concreto.




Fin de curso (2)


.

-Bien profesora- respondió la María del video antes
de agacharse y coger la polla del chico con la mano para guiarla hasta el
interior de su vagina, cuando tuvo la punta dentro se dejó caer, metiéndosela
hasta el fondo. La súbita penetración le arrancó un gemido ahogado. Cuando la
tuvo bien dentro comenzó a moverse arriba y abajo rítmicamente, con una mano
sostenía el trabajo frente a ella y con la otra se frotaba la bulba y el
clítoris suavemente. El lenguaje científico y bien construido se mezclaba con
los agudos gemidos y los insultos que de vez en cuando lanzaba a medida que se
iba moviendo mas rápido. Cuando llevaba leídas siete u ocho páginas se
encontraba ya botando sobre el vientre del chaval, provocando un sonido rítmico
cuando sus carnes chocaban y que sus tetas botaban en cualquier dirección al son
de la cabalgada. El chico al que cabalgaba no aguantó mucho mas y se corrió
dentro de ella. Gruñendo al sentir cerca el orgasmo María se levantó y se puso
rápidamente sobre el siguiente chico antes de descender violentamente,
empalándose con aquella verga hasta el fondo. La frenética cabalgada hizo que al
poco alcanzase su primer orgasmo y se corriera apretando los dientes y echando
la cabeza hacia atrás mientras trataba de seguir leyendo.
Ahora se habían cambiado las tornas y la palabras
con algún gemido intercalado habían pasado a ser gemidos, gritos e insultos con
alguna palabra intercalada.

Siguió así, cabalgando polla tras polla mientras a
duras penas conseguía leer parte de su trabajo y se las veía y deseaba para
responder a las ocasionales preguntas que le dirigían sus compañeras o la
profesora, pero Juan, que también estaba en el suelo le había dado ordenes de no
parar hasta que lo leyese entero, así pues se metió las doce pollas una por una
hasta que se corrieron dentro de ella.

Pero las pollas se acabaron antes que los folios y
tuvo que volver a recorrer la fila, esta vez siendo penetrada por su culo. Los
gritos de dolor se unieron a los de placer al lenguaje científico mientras uno a
uno los chicos le iban llenando las entrañas de semen, sus muslos estaban
cubiertos por sus propios fluidos además de por los de los chicos, su piel
brillaba por el sudor, que le había corrido el maquillaje de la cara, sus
grandes pechos se bamboleaban anárquicamente y el cabello, apelmazado por el
sudor le cubría parte de la cara. Aún tuvo tiempo de cabalgar con el culo a
todos los chicos hasta que al llegar al último acabó.

Se levantó temblorosa, mientras la profesora tomaba
notas en su cuadernillo de calificaciones.

-Limpia las vergas de tus compañeros querida, no
seas maleducada-
-Si profesora- dijo María antes de ponerse a cuatro
patas y comenzar a mamar las doce pollas una por una, tragándoselas y moviendo
su cabeza rítmicamente, usando su boca como si fuera un coño hasta que ellos se
corrían y ella tragaba hasta la última gota, dejando las verga bien limpitas.
Así acabó el video.

María hacía tiempo que había dejado de intentar
liberarse de sus ataduras, estaba destrozada, inerme, su mayor éxito académico
que la había convertido en la alumna mas inteligente del instituto había sido en
realidad... eso, aquella pantomima, aquella burla de sus recuerdos en la que
ella había quedado reducida a una mera puta a las órdenes de Alejandro. Tan solo
le quedó el consuelo de que ninguno de ellos era consciente y por lo tanto nadie
lo recordaría jamas, excepto Juan, pero eso era inevitable.

Pero aquella exhibición de su verdadera vida aquel
último año no había hecho mas que empezar...

-¿Tus recuerdos sobre tu cumpleaños?- continuaron
sus hermanas y su madre -¡Falsos!-

El "Falsos" resonó en su cabeza como un mazazo
antes de que su hermana Carla pulsase el botón de avanzar capítulo. Volvió a
aparecer ella desnuda, esta vez tirada en el suelo de aquella misma habitación,
rodeándola había un buen puñado de chicos, unos quince, todos los cuales, sin
excepción se masturbaban sus erectos miembros. A pesar de no verles las caras
reconoció las voces, eran todos los amigos y parientes que había invitado, y
Juan, claro.

No tardaron en empezar a correrse, derramando
grandes chorreones de ardiente lefa sobre su cuerpo. María se vio a si misma
riendo mientras el semen ocultaba su cara poco a poco y se acariciaba el cuerpo,
extendiendo los fluidos por el. Cuando todos hubieron eyaculado se apartaron y
entonces aparecieron, caminando a cuatro patas, su madre, sus hermanas y todas
las amiga a las que había invitado las cuales comenzaron a lamer su cuerpo,
devorando hambrientas toda la lefa que cubría el cuerpo de su anfitriona y
regalándole caricias, lametones, besos y con numerosos dedos de varias manos
penetrándola en sus cavidades intimas. En la siguiente escena apareció ella,
devorando una polla llena de nata de la tarta mientras con sus dos manos
masturbaba otras dos, a su alrededor varios mas esperaban su turno, con sus
pollas también llenas de dulce, al fin y al cabo ella era el centro de la
fiesta. Cuando se hubo puesto a tono se sentó sobre un chico en el sofa,
hundiéndose su verga hasta lo mas hondo y frotando sus tetas contra su cara, las
cuales el chaval apretaba, masajeaba, lamía y mordisqueaba. No tardaron en
llegar mas chicos a penetrarle por el culo y la boca mientras sus amigas y
parientes entretenían al resto de invitados o a la propia María cuando le
quedaba algún agujero libre....
Así los vídeos se sucedieron, con estremeciéndose
con cada "¡falsos!" que le espetaba su familia vio como Juan le folló el culo
sobre la mesa de su salón románticamente decorada para la primera cita con su
novio, el cual veía como su novia, con las tetas aplastadas contra la mesa y el
elegante vestido roto gozaba como una perra con cada embestida y lo insultaba y
le decía que no valía nada, vio como sus vacaciones en la playa fueron en
realidad una sucesión de orgías y un sinfín mas de ocasiones en las que había
sido usada como una puta, sin que luego recordase nada...

Ya no lloraba, si forcejeaba ni gritaba, resignada
observaba aquellas humillaciones aferrándose de manera enfermiza a una única
idea,su tabla de salvación: Que nadie salvo El sabía de todo aquello... fue
entonces cuando su hermana Eva, que había permanecido a su lado inmobil con el
portátil acabó con esa esperanza. Se movió hasta colocarse frente a María,
enseñándole la pantalla del portátil.

-Todas las veces que el amo nos uso quedan grabadas
y son subidas a una web, para que todo el mundo pueda ver lo putas que somos y
que el Amo gane dinero a nuestra costa- dijeron al unísono, mientras hablaban la
web apareció en la pantalla, mostrando una galería de fotos y videos de María en
todo tipo de situaciones, desde filial hasta bondage pasando por orgías,
bukkakes... María se quedó helada, rota su única salida, había decenas de
videos, centenares de fotos, todas ellas con cientos de comentarios, y arriba
pudo ver las pestañas que daban acceso a las galerías de sus compañeras de
clase, sus amigas...

Las voces de su esclavizada familia la devolvieron
a su terrible realidad.

-Este es tu destino- dijeron ominósamente -Olvidate
de ir a la universidad, quedarás reducida a un simple recipiente para la verga
del amo, un recipiente que ni siquiera sabrá leer ni escribir, solo follar, como
nosotras y le bastará una palabra para hacerlo.

Aquello fue demasiado para la chica, la falta de
comida y agua, la tensión nerviosa y el shock de descubrir la verdad acabaron
haciendo que se desmayase ante esas palabras. Cuando María cayó inconsciente sus
hermanas Eva y Carla dejaron el mando y el portátil y se situaron frente a ella,
con las piernas separadas y levantando sus pechos en la postura de espera que su
amo les había enseñado. Su madre en cambio cogió el móvil y marcó un número.

Juan recibió la llamada en su coche, que era
conducido por yasmina mientras, en el asiento de atrás Paula le hacía una cubana
con sus enormes tetas.

-¿Si?- dijo al coger la llamada
-Amo, el juguete se ha roto- le respondió la
impersonal voz de la madre de María, el chico se sonrió al escuchar aquellas
palabras.
-Bien, ya voy para allá, esperad-
-Si, Amo-

Tras colgar, Juan, al parecer ajeno al dulce
trabajo de Paula con su verga, revisaba los videos de la celebración, al final
todo había salido a pedir de boca, tenía varias horas de video con todas las
chicas de la clase en el restaurante, cuyo dueño había sido "convencido" para
que reservase el bar para ellos aquella noche y se asegurase mediante carteles
de que nadie ajeno al instituto entrase, por si fuera poco al acabar obligó a
todas las chicas a vestirse y fueron a la discoteca, cuyo dueño había recibido
el mismo tratamiento que el anterior, allí volvió a grabar varias escenas de
sexo con sus perras favoritas (era increíble lo que la autohipnosis podía hacer
a la hora de romper límites físicos) además de humillantes confesiones y sexys
bailes y lésbicos de las chicas en las barras de las gogos.

Y todo ello había quedado grabado, aquello le haría
ganar mucho dinero además de suponer la culminación de la humillación de sus
perras, tan solo quedaba poner la guinda final castigando a la rebelde.

-¿Cuanto queda?- preguntó mientras guiaba la cabeza
de Paula hasta su verga.
-Diez minutos, amo-
-Que sean cinco-

Cuando María recuperó la consciencia dos chicas mas
se habían unido a la fila de silentes esclavas, frente a ellas, sentado en una
silla con un cigarro en la mano se hallaba Juan quien, con un rápido movimiento,
le quitó la cinta que cubría su boca.

La chica le miró, aterrorizada, mientras el le daba
una calada al humo.

-¿Qué...que vas a hacerme?- preguntó
entrecortádamente.

El chico se sonrió antes de responder.

-Te han contado todo lo que va a pasarte, ahora te
contaré como empezó todo...




Mi misteriosa desconocida


. Ella, haciendo oídos sordos, me preguntó si tenía agua potable, le
dije que era de lo poco que me quedaba de la compra que había hecho por la
mañana. Me miró y sonriéndome obstinada me dijo: nos quedamos.
Montamos la tienda cuando la noche empezaba a caer.
Abrazados, vimos un hermoso atardecer y contemplamos como el cielo, de una
transparencia casi mágica, nos obsequiaba con una maravillosa luna en creciente
rodeada de infinitos puntos luminosos. Me nombró numerosas constelaciones,
explicándome el origen de sus nombres y yo sólo la interrumpía para decirle que
se viniese conmigo. Se lo sugerí tantas veces como estrellas había en el cielo y
siempre obtenía la misma respuesta: no es posible, no es posible,... Una gran
tristeza se apoderaba de mí y le rogaba que me diese una explicación a su
negativa. Ella me dijo que me lo contaría más adelante. Cansados y con frío nos
introdujimos en la tienda. En el silencio de la noche, y aunque la tienda estaba
cerrada, los sonidos de algunos animalillos que aprovechaban la noche para
comenzar su frenética actividad, me ponían un poco nervioso. Elisa me calmaba y
me transmitía seguridad, (ella había hecho mucha acampada libre según me dijo).
Nos metimos en el saco desnudos para coger calor, pues la noche se estaba
poniendo fresquita de verdad. Me pegué a su espalda y comencé a besarla por
detrás, primero fue el cuello, después sus hombros y finalmente toda su preciosa
espalda. Los besos se alternaban con bocados suaves y el tacto de los labios y a
veces la presión de los dientes, producían en Elisa placenteras sensaciones que
hacían que su cuerpo se arquease unas veces a un lado, otras al otro de forma
involuntaria. Se giró y sonriendo se me subió encima y me besó en la boca, me
agarró por las muñecas y me acarició con sus sensuales labios el cuello.
Del
cuello, en un movimiento continuado, se bajó al pecho y pasó a acariciarme los
pezones. Mientras succionaba uno de ellos, el otro lo acariciaba dibujando
interminables círculos con uno de sus dedos humedecido en saliva. Las
sensaciones eran tan excitantes que éstos, los pezones, inmediatamente
adquirieron una gran rigidez. El placer con mayúsculas y una felicidad plena me
envolvían, pero ella, dueña de la situación, modificaba a su voluntad mis
sensaciones. Jugaba conmigo y de un tacto tranquilo y reposado cambiaba de
pronto a un ritmo ansioso y frenético que me llevaba a un paroxismo
enloquecedor. No pude aguantar más, con suave determinación la volteé sobre su
espalda. Estaba decidido a ser yo quien dirigiera de nuevo las operaciones.
Nuestra danza-amorosa, era como un interminable juego sincronizado, de ahora
dirijo yo y tú consientes y al contrario. De esta manera los placeres que uno de
nosotros provocaba como emisor al otro, éste posteriormente los recibía como
destinatario. La cogí de las muñecas, la inmovilicé y la besé en la boca y
bajando por su cuello acabé besándole sus sedosos pezones. De nuevo su cuerpo
oscilaba a lado y lado fruto de las intensas sensaciones que sin duda
experimentaba. Bajé hasta su vientre, con la lengua sorbí la sal de su ombligo y
descansé, por un instante, mi mejilla en su mullido monte de Venus. Me entretuve
en la cara interna de los muslos, allí donde la piel es nácar. Mediante los
besos y los suaves bocados que le daba, le transmitía mis deseos más profundos y
la llevaba a un estado de excitación enorme. Ella me cogía por los cabellos y
luchaba por retirarme de tan sensible lugar, pero no estaba dispuesto a
claudicar por ahora. Con la lengua le abrí los labios de su dulce vulva,
saboreando con delectación su sabroso sabor a mar. Un poco más arriba y donde se
unen sus labios menores, me encontré con su clítoris, que erecto anhelaba mis
suaves caricias. Lo acaricié con la punta de la lengua y lo cubrí de besos. Ella
se convulsionaba, gemía y suspiraba con gran agitación. Mi lengua jugaba en la
entrada de su vagina y subía hasta su clítoris cada vez más excitado. Los
movimientos ascendentes y descendentes de su pelvis cada vez más frecuentes me
anunciaron que su orgasmo ya era inminente. Un profundo suspiro y la posterior
relajación de todo su cuerpo, me confirmaron que el ansiado éxtasis había
llegado para ella. Me alcé y le regalé un tierno beso en su
lujuriosa boca. Pasaron unos instantes y
sorprendentemente, la noté un poco contrariada pues según me confesó, pensaba
que todo había ocurrido demasiado deprisa. Me disculpé y la tranquilicé
asegurándole que no había ningún problema, teníamos toda la noche por delante.
Cansada y muy relajada, se tumbó a mi lado, me acarició el pecho y bajó la mano
hasta mi pene. Constató el estado de excitación en que se encontraba, y
bromeando con que le apetecía un yogur natural, lo agarró y metió el excitado
glande en su boca y con la lengua jugaba con él dibujando redondelitos en un
sentido y en el contrario. Sentir mi glande coronado por sus hermosos labios y
notar su húmeda lengua acariciándome de esa manera, desencadenaba en mí el
frenesí más absoluto. Intenté retirar su boca del sensible lugar en que se había
instalado, pues un familiar escalofrío me avisaba de que el ansiado final estaba
muy cerca. Ella no sólo no se retiró, sino que al sentir la proximidad de mi
éxtasis, se introdujo el pene en la boca y agarrándolo con las dos manos ayudó
la llegada de su ansiado yogur con un rítmico batido. Varios grandiosos espasmos
azotaron mi cuerpo y me vacié sin remisión dentro de ella, quedé totalmente
extenuado y feliz. Se echó junto a mí y dándome un sonoro beso en la mejilla, me
susurró: estamos empatados.
La noche transcurrió en un duerme vela de amor y
sexo relajado, lo mismo ella se subía sobre mí y me cabalgaba como una experta
amazona hasta llevarme al éxtasis más absoluto, como yo, una vez recuperado, la
cogía por detrás y a cuatro patas la poseía como si fuésemos dos animales en
celo. Con el desgaste del amor y sin energía (no habíamos cenado), el cansancio
se apoderó de mí de una manera fulminante y abrazado a mi enigmática compañera
me quedé profundamente dormido. A lo largo de la noche y en repetidas ocasiones,
abrí los ojos y vi a Elisa con los ojos abiertos mirándome con ternura, mientras
dulcemente me acariciaba. Yo le decía duerme y ella me contestaba, no tengo
sueño ya dormiré. Vente a vivir conmigo, le rogaba en un susurro y ella me
respondía, mañana lo hablamos amor. Yo le sonreía, le acariciaba su bello rostro
y volvía a quedar dormido.
A la mañana siguiente, el Sol me despertó temprano
y sorprendentemente me encontré tumbado en la arena dentro del saco de dormir de
Elisa. ¡No había ni rastro de ella ni de su mochila y mucho menos de la tienda
de campaña dónde habíamos pasado la noche!. El mar estaba muy tranquilo y la
playa vacía. Busqué a Elisa por todos los rincones y la llamé a gritos hasta que
me dolió la garganta, pero no la encontré. Parecía como si se la hubiese tragado
la tierra. Preocupado y desorientado me vestí y subí hasta el coche, miré por si
veía algún rastro de la que había sido por una noche mi amante desconocida, pero
todo fue inútil. Decidí coger el coche y buscarla por los alrededores, y
mientras nerviosamente sacaba las llaves del bolsillo del pantalón, me fijé en
que en el parabrisas del coche y cogido por las escobillas, había lo que parecía
una hoja de periódico vieja, arrugada y quemada por el Sol. Cogí la hoja del
periódico y era de un diario local. Con un rotulador rojo, alguien había
destacado una noticia que, a pesar del estado de excitación en que me
encontraba, llamó poderosamente mi atención.
La noticia venía a desarrollar un triste suceso que
había tenido lugar un 21 de enero de hacía tres años. En él se narraba como un
grupo de chicos y chicas que habían ido a pasar el día en una playa de la
localidad llamada del Peñón Blanco, habían echado de menos al atardecer a una de
las chicas del grupo llamada Elisa. Los últimos que la vieron aseguraban que, a
pesar de las advertencias de sus compañeros y compañeras, se había adentrado en
el mar para darse un baño. Como era muy buena nadadora en principio no se
preocuparon. Fue un tiempo después, cuando fueron a llamarla para la merienda,
cuando la echaron de menos y se alarmaron. Las fuerzas de orden públicas:
policía, guardia civil terrestre y marítima y protección civil la anduvieron
buscando durante varios días sin encontrar rastro de ella. Miré la foto de la
desaparecida y, ¡era Elisa mi compañera de la playa!. Las piernas me temblaron y
a punto estuve de irme al suelo, me apoyé en el coche totalmente desconcertado.
Frente a mí y al otro lado de donde había aparcado el coche había un cartel que
estaba muy nuevo. Debían de haberlo puesto hacía muy poco, en él podía leerse:
Playa del Peñón Blanco.

Todo esto resultaba aterrador pero encajaba a la
perfección, la desaparecida era Elisa, la playa era la misma y hoy era, miré mi
reloj de pulsera 22 de enero, es decir ayer se cumplía el tercer año de su
desaparición. Todo esto me pareció un mal sueño o más bien una terrible
pesadilla. Totalmente abatido, me asomé al acantilado. Miré hacia el ahora
calmado mar, y con un vacío enorme en el corazón, me despedí de Elisa, le
susurré que siempre la llevaría en mi corazón y le pedí que me esperara el 21 de
enero del año próximo. Fin

Salud y suerte. Opus 2010