Relatos Calientes Gratis

La pluma y el grifo


. -¿Por qué no podrá pararse el tiempo para poder quedarnos
juntos tú y yo para siempre?
-ojalá…
De repente, a Peter se le ocurrió una idea. Se levantó
del "nidito de amor", se acercó a las cañas y las desenterró, recogiendo ambas
(primero una y luego la otra). Después, cogió una navajita que Gervase siempre
guardaba en la cesta de la comida, y comenzó a cortar el cordel de nylon de una,
y luego de la otra. Cuando los tuvo seccionados, cortó parte del corcho de una
botella de vino que había traído él mismo, clavando un trocito de éste en cada
punta. Más tarde, anudó las partes de cada cordón.
En un breve espacio de tiempo, Peter había creado dos
colgantes idénticos.
-Esto nos recordará, cuando no estemos uno cerca del
otro, lo mucho que nos queremos.- Dijo el mañoso oficinista a su amante,
mientras colgaba uno de sus inventos del cuello de su compañero.
El fontanero cogió de las manos el otro colgante.
-En señal de compromiso… como si estuviésemos casados.
Sí quiero.
Ambos se sonrieron y se besaron.
Y, por fin, tras la ceremonia al atardecer, los amigos
se vistieron, levantaron el campamento y marcharon hacia la ciudad.
-Pues dice la profesora de Gervie que le cuesta
estudiar, pero que en los deportes se defiende bastante bien.
-¿Ah, sí? A lo mejor no marcha a la universidad, pero
se convierte en un deportista de élite.
-No sé… suena bien.




Tras volver por el camino andado aquella mañana,
Gervase llegó a su casa. Abrió la puerta, avisó de su llegada y dejó los útiles
(cada vez más inútiles) de pescar en un rincón de la casa, al lado de la puerta
de la calle. No tardó en recibirlo su hijo, Gervase Junior, con una amplia
sonrisa y un abrazo por la cintura.
-¡Hola, papá!- gritó el niño de entusiasmo. -¿Has
traído algún pescado hoy?
-No, grandullón.- Explicó muy afablemente el padre a
su hijo mientras despeinaba su cabeza. –Ya sabes que los peces que pescamos los
devolvemos al río.
-¿Por qué?
-Porque esos peces tienen mujer e hijos, y prefieren
pasar la tarde con su familia que sazonados en una sartén.
El niño se rió. El padre no tanto, pues delante de él
vio el porqué de la poca gracia: su esposa, Nora, yacía apoyada en la puerta de
la cocina, con esa cara reprobadora que ponía cada vez que su marido intentaba
pasárselo bien fuera de casa. Tenía los brazos cruzados.
-Nadie diría lo mismo de ti. La cena está recalentada
pero servida.
Gervase intentó excusar el retraso que había tenido al
volver para su casa, pero, su agria esposa se limitó a ignorar las excusas y a
entrar para la cocina. No había más remedio que seguirla y sentarse a la mesa.
Una vez comenzada la cena, coles de Bruselas con
beicon, Nora le preguntó a su marido si recordaba que al sábado que viene venía
su madre. Gervase, afirmativamente, le dijo que no se le había olvidado, que no
iría a pescar.
-A la que viene tal vez sí vaya.

-¿Puedo ir con vosotros?- Preguntó Gervie con una
sonrisa.
Gervase no supo qué contestar en ese momento.
-Es que allí hablamos de cosas de mayores… y hay que
esperar mucho mientras pican… te ibas a aburrir.
Gervie insistió. Incluso pidió permiso a su madre, con
la consiguiente estrategia "por favor" repetido hasta la saciedad.
-Los dibujos esos de astronautas los echan los
sábados. –Apuntó la madre a su hijo. -¿No querrás perdértelos?
-Pero…
-No.
-pero…
-¡He dicho que no! Y no hay más que hablar.
Gervie se calló. Se cruzó de brazos y miró malhumorado
el plato.



Al día siguiente, Gervase se levantó de la cama, se
aseó, se vistió y bajó a desayunar. Como todos los domingos, Nora no movía un
dedo con la cocina en todo el día, así que Gervase preparó un tazón de cereales
para él y otro para su hijo. Se fue al salón, se sentó en el sofá y encendió la
tele. Sumergido en el hastío de un domingo monótono y aburrido como cualquier
otro, se hizo la hora del almuerzo mientras mataba las horas delante de la caja
tonta.
Sus tripas gimieron.
"Ya es hora de meter combustible al cuerpo", pensó.
"Voy a picar algo".

Justo en ese momento, el teléfono sonó. Gervase lo
descolgó y preguntó quién se atrevió a romper su monotonía dominical. Era Max,
el encargado general de la fábrica de cola. Por lo visto, tenían una emergencia
sanitaria y necesitaban los urgentes servicios de un desatascador.
-¿En domingo?- Preguntó Gervase. – Estoy descansando.
-Es que mañana vendrán los dueños… -Explicaba el
gerente a su contratado. –Ha habido un problema con el agua… -hazte cargo… yo
también estaba en mi casa descansando…
Al final, Gervase aceptó a regañadientes. Tendría que
trabajar aquel día santo. Eso sí, cobraría las horas más caras. Así, se medio
despidió de su familia, alegando que no tardaría en volver, se montó en la
furgoneta y se encaminó de mala gana hacia la fábrica de cola.
Más tarde, Matt, Gerry y Paul llamaron a la puerta de
la casa de los Bauer. Paul preguntó a Nora que si Gervie podía salir a jugar.
Nora preparó un bocadillo de buey asado para su hijo y los cuatro amigos se
fueron a la plaza del pueblo con una pelota.

El tiempo transcurrió.

Y entonces, sucedió. Por un leve instante, el efímero
estruendo rompió la tranquilidad de la tarde de domingo. El rojo hizo acto de
presencia, y la vida se tiñó de blanco. No tardó en aparecer el negro.

Momentos más tarde, después de que los amigos
marchasen al altozano a jugar soccer, al río a cazar lagartijas, a comer
manzanas de la Señora Behn, y a escalar las lomas del pueblo vecino, el pequeño
Gervie volvía a su casa. No quería llegar tarde, de lo contrario le aguardaría
el mismo destino que sufrió su padre el día anterior.
Todavía quedaba un poco de luz natural. ¿Por qué,
entonces, las calles estaban desiertas? Gervie pudo observar que apenas había
movimiento por las calles. Sólo veía a la gente nerviosa, triste, asustada. Era
algo que no se veía todos los días en el pueblo. ¿Habría sucedido algo raro?
Por fin, llegó a su casa. Abrió la puerta, entró,
gritó que ya había llegado y vio aquella imagen que nunca olvidaría en toda su
vida: la de su madre, abatida en el sofá, pegada al teléfono, conteniendo las
lágrimas. Realmente algo había sucedido.
-¿Qué pasa, mamá?
Su madre tardó en contestar. Lo hizo con toda la
frialdad que pudo encontrar.
-La fábrica de cola ha explotado… se ha producido un
incendio. Nadie sabe aún nada de las víctimas.



Desde entonces, Gervase Bauer Junior se convirtió en
un niño triste. Enterraron los restos de su padre, e intentaron hacer la vida
como buenamente pudieron. Ha intentado vivir con su orfandad como ha podido: no
tuvo el valor necesario para confesarle a su madre su homosexualidad, vagando de
tugurio en tugurio clandestino intentando llenar con sexo masculino el amor que
su padre no pudo continuar dándole. Con la revolución de los años setenta,
aquello cambió, y Gervie, recién cumplidos los treinta, prosperó y trabajó en el
cuerpo de bomberos. Pero una grave lesión que le impidió continuar ayudando a
los demás, y una extraña enfermedad que atacó la mente de su madre le hizo
volver a caer en la mala vida. Encontró trabajo de celador en el hospital donde
su progenitora estaba ingresada. Más tarde, conoció a Mike, que le habló de la
productora de Loggan, y el resto… ya se conoce.
FIN











PERO… QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE AQUELLA TARDE?
"Vaya rollo, trabajar en domingo" se lamentaba,
hambriento y malhumorado, Gervase mientras conducía hacia su destino. "Y aun
encima en la fábrica de cola, con lo ricos que son y lo mal que pagan…"
De repente, cuando se acercaba hacia el puente que
cruzaba el río, Gervase pudo ver algo cerca de éste. Era una persona, apostada
en la barandilla de éste, mirando al río. Al fontanero le pareció que conocía a
esa persona.
Era Peter.
Gervase frenó y detuvo la camioneta. Tocó al claxon un
par de veces. Llamó a su amigo. Éste, con la cabeza gacha, pareció no percatarse
de la presencia del fontanero.
-¡Eh, Peter! ¿No me oyes?- Le gritó Gervase.
Peter comenzó a moverse. Pero su amigo, compañero,
confidente y compartidor de buenos momentos, lejos de incorporarse, darse la
vuelta y saludar al de la camioneta, intentó subirse a la barandilla del puente
a toda prisa, sin dar explicación alguna. Gervase no daba crédito a lo que
estaba viendo.
-Pero, ¿qué haces?- Gritó cuando adivinó lo que su
amigo intentaba hacer.
Gervase bajó de la camioneta a toda prisa y corrió
hacia donde estaba el futuro suicida. Peter ya había dado toda la vuelta a su
cuerpo, y sólo faltaba soltar las manos de la barandilla y dejar que el impulso
y la fuerza de la gravedad actuasen sobre su cuerpo para precipitarlo al vacío y
conducirle a otro lugar, de momento al fondo del río.
Peter sintió que algo le agarraba de las rodillas.
Intentó desasirse, pero aquello que lo aferraba a este mundo era demasiado
poderoso para él. Luchó con todas sus fuerzas por cumplir con su objetivo, pero
no había manera humana de conseguirlo. Cuando quiso darse cuenta, no estaba
sobre el río, sino encima de éste, jadeando en el suelo del puente del vano
esfuerzo por acabar con su vida. Algo se lo había impedido: Gervase Bauer.
-Pero ¿qué hacías... loco?- Reprendió el fontanero a
su deprimido amigo. -¿No ves que…
-Déjame.- Le interrumpió Peter. Sin mirar a su
salvador, se levantó e intentó acercarse a la barandilla del puente para
intentar otra vez su objetivo. Pero, con Gervase allí cerca, aquello era
imposible.
-Que te vas a matar…
-Déjame…- Volvió a exigir el frenético suicida.
Forcejeó para librarse de los potentes brazos del que fue el hombre más
importante de su vida.
De repente, Peter sintió cómo la violencia se
estrellaba en su rostro. Había recibido una bofetada de Gervase. No fue
dolorosa, pero sí ayudó, en cierto sentido, a calmar y centrar mental y
emocionalmente a la persona que no dudaba ni un solo instante en quitarse la
vida.
- ¡¡Te quieres dejar de gilipolleces y contarme de una
puñetera vez qué coño te pasa?!- Bramó Gervase.
Peter se echó a llorar desconsoladamente. No podía
aguantar más.
-Anoche tuve una discusión muy grave con Rose.-
Confesó Peter entre sollozos.- Vio el colgante que hice y me preguntó que qué
chorrada era eso. Como no le quise contestar, lo hizo ella por mí.
"¿Qué crees, que no sé qué hacéis el fontanero y tú en
el lago? ¡Si todo el pueblo lo sabe!"
Gervase se quedó de piedra. No sabía cómo reaccionar.
-Yo no supe defenderme. No supe defendernos. Acabó por
gritarme que yo le daba asco. Y vergüenza. Salí corriendo de mi casa y no me
atrevo a volver.
Por lo visto, la extraña y pecaminosa "relación" que
Gervase y Peter vivían era un secreto a voces en el pueblo. Era algo que tanto
Rose como Nora debían aguantar en silencio en la peluquería de Loretta en forma
de indirectas, en el mercado, en el ayuntamiento, en la escuela… lo de la pesca
ya no se lo creía nadie.
Gervase cogió la mano de su amado y la acarició.
-La gente no entiende lo nuestro.
-¿Y qué hacemos?- Protestó Peter.
-No lo sé.
Hubo un incómodo silencio.
-Marchémonos de aquí.- Propuso Peter de repente,
rompiendo así el odiado mutis. – Vámonos lejos, donde nadie pueda encontrarnos.
¿Como? Gervase no podía creer lo que oía. Eso era una
gran barbaridad.
-¿Dónde?... ¿Cómo?... ¿cuándo?- Balbuceó el fontanero.
-A un sitio apartado, donde podamos vivir nuestro amor
sin que nadie nos odie.
-Pero eso es una locura…!
-Nuestro amor es una locura.- Argumentó el oficinista.
– Y aun así, está vivo, y siente. Por ti… contigo… haría todas las locuras del
mundo.
Gervase no se podía creer lo que estaba escuchando.

-Pero yo no me puedo marchar de aquí.- Explicó. –Tengo
una familia. ¡Tengo un hijo que criar!
Peter comenzó a entristecerse.
-Hazlo por mí… hazlo por tí. Yo sólo te tengo a ti.
Gervase no podía creer lo que le estaba sucediendo. La
vida le estaba poniendo a prueba. Tenía que tomar la decisión más importante y
dolorosa de su vida. Debía renunciar a su familia. Un silencio más incómodo que
el anterior, rozando la sepulcralidad pero con una tensión tan presente que se
podía cortar con cuchillo,
atenazó el puente.
Gervase suspiró, y, con mirada resignada, contestó:
-Está bien. Vámonos ahora mismo de este pueblo de
mierda.
Ambos amantes fugitivos se montaron en el vehículo del
fontanero, poniendo rumbo a un lugar desconocido y sin retorno. Gervase no
quería ni pensar en las consecuencias que traería su decisión. Ya tendría tiempo
de arrepentirse. Ahora, lo importante era dejar lejos el letrero que anunciaba
el nombre del municipio.
Para siempre.



FIN

















EPÍLOGO.
En dirección a Florida, pero sin un rumbo fijo, la
camioneta de "Multiservicios Bauer S.L." cruzaba una desierta carretera. Era de
noche. Adentro, Gervase conducía despacio, debido a la ausencia de luz y a que
Peter, desde el asiento del copiloto, asía el brazo derecho del fontanero con
fuerza, como si no quisiera soltarlo, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en
su rostro. Ese tipo de sonrisas tontas de felicidad.
El humor de Gervase, sin embargo, distaba de ser
feliz.
-Cuando el señorito le venga en gana me puede ir
soltando el brazo;- Se quejó el piloto, malhumorado- Lo necesito para conducir.
Peter abandonó su estado de placebo para, asombrado
por la impertinencia, hacer caso a su antipático amor. Preguntó el porqué de
aquella contestación.
-Tú estás muy feliz con tu decisión, pero yo no. No es
fácil dejar atrás una familia.
-También podías haber dicho que no, que quieres seguir
viviendo en un pueblo de paletos, con un trabajucho esclavizante, con una mujer
que gasta bilis en vez de saliva, y con un hijo que…
Gervase detuvo el vehículo bruscamente.
-Ni se te ocurra decir nada de mi hijo - Amenazó con
el dedo el fontanero a su compañero de viaje. -Esto lo hago más por ti que por
mí, no lo olvides.
Gervase no podía dejar que Peter quisiera volver a
suicidarse. Se sentía responsable, porque una pareja siempre es cosa de dos.
-Esto lo haces porque me quieres.
-Pero también quiero a Gervie. Y Nora no es tan mala
como crees.
-Pues vuelve. Te prometo que no volveré a intentar
hacer locuras. Reharé
mi vida, y tú con la tuya harás lo que quieras.
Hubo otro silencio incómodo. Pero esta vez no fue
tenso.
Gervase comenzó a llorar, como nunca antes lo había
hecho.
-¿A quién pretendo engañar? Gervie sería señalado en
la escuela, en el trabajo, allá donde fuese:
"Ahí va el niño que su padre es marica". Es mejor que
me aparte de su vida cuanto antes.
-Es lo mejor. –Sentenció peter.
El fontanero continuó llorando desconsoladamente. Era
la viva imagen del dolor.

- Pero es que lo
echaré tanto de menos: me perderé su primer amor, su primer trabajo… Es duro
dejar atrás una familia. ¡Es muy duro!

- A partir de
ahora, tú serás mi familia y yo la tuya.
- así sea. – Murmuró Gervase, secándose las lágrimas.
Seguidamente, reanudaron el viaje a ningún lugar en concreto.




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