La pluma y el grifo
LA PLUMA Y EL GRIFO
Corría el año 1948. En un municipio cualquiera del
estado de Alabama, Peter Johnson, un secretario del ayuntamiento, y Gervase
Bauer, el fontanero del pueblo, como casi todos los sábados por la mañana, se
acercaban a la orilla del lago a pescar y a pasar el día. No demasiado temprano,
Gervase se levantaba de la cama, se aseaba, desayunaba, y se echaba al hombro
los útiles de pescar y un picnic que su esposa le había preparado la noche
anterior. De camino al lago, Peter recogía a su amigo. Se saludaban y marchaban
en pos de los peces que pudieran traer a casa.
- ... pues me querían enviar a Guadalcanal.- Explicaba
Gervase a Peter.- Menos mal que me dijo: "chico, te voy a hacer un favor
devolviéndote a tu hogar."
- ¿Y qué pasó?- Preguntó Peter.
- Mi sargento firmó unos papeles como que la herida en
la pierna me imposibilitaba para luchar en el frente. Tenías que haber visto la
cara de Nora cuando me vio aparecer por la puerta de casa.
Por el camino se cruzaron al granjero Copland. Se
saludaron mutuamente y la pareja continuó en dirección al lago.
-La pobre se quedaría blanca…
-¡No sabía cómo reaccionar! Aquella noche lo hicimos y
todo. Hizo falta toda una guerra para reconciliarnos, ¿no crees?
Peter no contestó.
-Si no es por ese hombre, no lo habría contado. No
hubiese vuelto a ver a Nora, ni al pequeño Gervie. De la que te salvó la
tuberculosis.
-¿Qué tal está el niño? Ya estará hecho todo un
hombrecito.
-Pues está muy crecidito desde la última vez que lo
viste. Ya tiene ocho años. Lo que pasa es que la escuela la lleva un poco mal.
-¿Por qué?
- No se le da bien estudiar. Dice su profesora que es
buen chico, y estudia, pero le cuesta aprenderse los ríos, y las matemáticas las
aprueba a duras penas.
Se cruzaron con la señora Elling. Ésta no les devolvió
el saludo. Peter pensó que era una anciana algo antipática, y Gervase, que desde
que enviudó no hablaba con nadie.
-Aun así, dice que quiere ayudar a los demás, que
quiere ser médico. Tal vez acabe trabajando conmigo, pero espero que no acabe en
la fábrica de cola.
-van a cerrar la fábrica de cola.- Informó Peter a su
amigo.
Gervase lo miró atónito. No se lo podía creer.
-¡¿En serio?!
Peter asintió. No era ninguna broma.
-Sobrevivió a la guerra… ¿Y la cierran?
La fábrica de cola "Stendal" era una importante
manufactura de bricolaje que estaba generando empleo en toda la comarca desde
1909. Había sobrevivido a las dos guerras, al desastre económico del
veintinueve… pero no a una pésima gestión económica, generada por la nueva
progenie Stendal, derrochadores natos de la fortuna de la dinastía.
Diletantes.
En ese momento, se cruzaron a lo lejos con Ron Mc
Behn, el lechero. Se saludaron mutuamente, como de costumbre.
-¿A pasar el día? – les gritó el ganadero.
-Sí, a pescar.- Dijo Peter señalando su caña.
-Sí, sí, pescar.- Sonrió Ron con cierta sorna,
mientras se despedía de los viajeros. Peter lo encontró extraño.
-Eso último ha sonado con retintín, ¿no?
-Bah, no le hagas caso.- Contestó Gervase, perdiendo
cuidado. – Ya sabes cómo es Ron… y su humor. Yo nunca lo invitaba a mis fiestas
de cumpleaños.
Por fin, Peter y Gervase llegaron a la orilla del
lago. Era un lago pequeño, pero con abundante pesca. Se encaminaron a la zona
donde solían instalarse, un lugar apartado y tranquilo, algo sombrío tal vez por
la espesura de la arboleda.
-Pero entonces, ¿qué va a pasar con todos los
empleados? Hay pueblos enteros que sólo trabajan en la fábrica.
Peter no contestó, por desconocimiento. Dejó su caña
de pescar en el suelo, el cual comenzó a aplanar, quitando ramas y piedras.
-Míralo por el lado bueno… tu hijo no acabará allí.
Gervase cogió la caña de pescar de su amigo, y, sin
poner cebo, lanzó el anzuelo al agua. Dio un poco de hilo del carrete, para una
mejor angulación, y enterró parte del mango en el suelo.
-Haré todo lo posible porque mi hijo se vaya de este
pueblucho. –Juró el padre, mientras hacía lo mismo con su caña.- Reuniré todo el
dinero que pueda para su futuro, aunque tenga que desatascar más tuberías o
cobrar las piezas más caras.
-Pero entonces, tu hijo tendrá que estudiar fuera… -Le
informó Peter, mientras desplegaba una manta y la extendía en el suelo. –Tendrá
que ir a la Universidad.
-No tiene por qué, -le respondió su amigo, acabando de
fijar su caña de pescar al suelo. –Yo sólo quiero que salga de aquí y vea mundo.
-Y ¿a qué quieres que se dedique ahí fuera?
-Que se gane la
vida como él quiera. Mientras sea algo legal y no haga daño a nadie…
Peter dejó las cestas de la comida dentro de la manta,
para no atraer a las hormigas. Se acercó hacia su amigo.
-Esto ya está. – Dijo el fontanero mientras se
levantaba del suelo, mirando las cañas. –Ahora ya…
"A esperar a qué piquen" murmuró, mientras notaba los
labios de Peter acariciar su cuello. No tardó en imitarlos las finas manos del
secretario, que servían para algo más que para mecanografiar cartas.
Gervase se dio la vuelta y sonrió a su amante,
llevándoselo hasta la manta que tan cuidadosamente había instalado éste en el
suelo. Allí, en su efímero nidito de amor, retozaron un buen rato, hasta que a
Gervase se le antojó algo más sustancioso. Comenzaron a desnudarse.
Peter se bajó los jeans. Debajo de éstos, vestía unos
bóxer nuevos muy coloridos, a rayas azules y blancas. Gervase exclamó algo, le
habían llamado la atención.
-¿Te gustan? Son de ese tejido nuevo, Rayón, creo que
se llamaba.
Gervase se acercó de rodillas a su amante.
-Me encantan… y me excitan.
Gervase agarró la goma de la ropa interior de su
compañero y la bajó hasta el suelo, dejando todos los genitales de éste al aire.
Comenzó a felar al secretario, con brío pero con delicadeza. Peter se acomodó,
ayudando también a su amigo a invadir su espacio bucal más fácilmente.
A Gervase le gustaba mucho el pene de Peter: era muy
largo aunque fino, con el tronco recto hasta que se torcía casi de inmediato
hasta el ombligo. Dicha forma hacía que el glande le cosquilleara el velo del
paladar, lo cual a veces a Gervase se le atragantaba un poco, pero aun así era
una sensación placentera.
No tardó también Peter en saborear el cuerpo de su
amante: ambos se dieron placer genitalmente con sus bocas, tumbados de lado uno
mirando el bajo vientre del otro. Tampoco tardó mucho Gervase en adoptar su
postura favorita: Peter se sentó en el suelo, mientras que su amante le miraba
de frente, sentado sobre su vientre mientras le abrazaba y le decía cosas al
oído.
-Desatáscame- le susurró el fontanero.
Gervase se reafirmaba acerca de los genitales de su
amante: por lo visto, aquella torcedura tan extraña (el fontanero siempre decía
que a Peter se le rompió el hueso del pene, y éste soldó mal) hacía que el
glande del secretario acariciase la zona intestinal del fontanero por donde éste
tenía su enorme próstata.
-sigue así, que tú puedes.- Le alentaba el fontanero.
Acerca de una tuberculosis que superó, Peter tenía problemas respiratorios, con
lo que a veces tenían que parar de practicar el sexo para que éste respirase con
éxito. Por eso, Gervase animaba de vez en cuando a su compañero de alcoba. Aun
así, Peter solía llevar muy bien el ritmo, acelerando sólo cuando ambos lo
necesitaban.
En contraste a la fina respiración de Peter, el
poderoso pecho de Gervase subía y bajaba, se hinchaba y deshinchaba cada vez
más. El fontanero notaba desfallecer, pero el mismo placer se lo impedía.
Entonces, creyó ver algo que nunca antes había visto: una de las cañas de pescar
se movió un poco, dibujando unas ondas en el agua que fueron desapareciendo
libremente. ¿Había picado algún pez?
"Para recoger hilo estoy yo ahora" pensó fugazmente el
sodomizado.
-Ya voy, ya voy… - balbuceó Peter entre gemidos.
-¡Aún no, aguanta! –Le avisó su compañero.
Cada vez que practicaban sexo juntos, lo solían hacer
en esa postura. Entonces, cuando Peter eyaculaba, lo hacía dentro de Gervase,
sintiendo éste perfectamente cómo los chorros de esperma de su compañero
salpicaban su próstata. Ello hacía que una explosión de placer se expandiera por
todo el cuerpo del fontanero desde esa zona erógena, eyaculando también él casi
de seguido de forma inevitable.
Y esta vez no pudo ser distinto: cuando el intestino
de Gervase sintió aquel líquido a presión, su dueño sintió que le faltaba la
respiración. Echó la cabeza hacia atrás, y, con la mandíbula casi desencajada y
los ojos en blanco, dejó salir espasmódicamente aquel vital líquido que una vez
le creó progenie. Manchó el abdomen del secretario.
Ambos se desacoplaron, mientras recuperaban el
aliento, y se sentaron en la manta.
Definitivamente, a Gervase le gustaba ir a pescar los
sábados por la mañana.
Un poco más tarde, Gervase y Peter se preparaban para
comer. Lo hacían sentados en la manta, completamente desnudos.
-Esto me recuerda al cuadro de Manet del "Desayuno
Campestre" reflexionó distendidamente el funcionario.
-No lo conozco.- alegó el trabajador. – ¿También
aparecen dos señores comiendo como sus madres les trajeron al mundo?
-No, sólo una señorita.- Contestó Peter. -¿Qué te ha
preparado Nora?
Gervase sacó la tartera de la cesta, junto con un
termo lleno de sopa. Abrió la tartera.
-Ensalada de patatas- dijo, alegrándose.
-Yo traigo un simple bocadillo de jamón, y aun encima
sin mantequilla.- Dijo Peter con desgana.- Rose no me ha podido preparar nada
porque está menstruando, y ya sabes cómo se le descompone el cuerpo durante el
ciclo.
Gervase le ofreció ensalada a su amigo, pero no
aceptó. Sí lo hizo con la sopa, compartiéndola.
Mientras comían, Peter estudió a su compañero: Gervase
era casi un decímetro más alto que él, y también pesaría diez o quince kilos
más. Era robusto, de espaldas anchas, pecho poderoso y brazos fuertes. Su
abdomen era casi tripudo, y lucía algunos michelines, pero tampoco demasiado.
También tenía las piernas musculosas, las caderas anchas y el trasero grande,
aunque no redondo, sino más bien cuadrado. Poseía vello por casi todo el cuerpo,
y era barbudo, aunque se afeitara todos los días. Muy viril en general, pues
apenas lucía ningún tipo de afeminamiento en sus gestos, o en su habla. Todo un
macho, una máquina de fabricar hijos a simple vista. Y entonces ¿Por qué
disfrutaba tanto del sexo de forma tan parecida a las mujeres? En la inmensa
mayoría de las ocasiones, el que acababa con un pene dentro de él, y utilizaba
posturas en las que un hombre deja de llamarse hombre, era precisamente el
desatascatuberías.
El funcionario, sin embargo, era enjuto y bajito.
Barbilampiño, apenas lucía vello salvo en las zonas comunes y una pelusilla en
el pecho. También apuntaba ciertas maneras femeninas. Realmente, debía ser al
revés, pero en todos los años que vivían aquella prohibida, insana e intensa
relación, ambos habían pactado que fuera el pene de Peter el que acariciase la
próstata de Gervase, y los gruesos y masculinos labios y el gran ano del
fontanero quienes rodeasen el pene del funcionario.
-¿En qué piensas?- Le interrumpió Gervase. Peter dio
un pequeño respingo.
-En nada importante.
Mientras acababan de comer, Gervase intentaba analizar
cómo habían llegado a esa relación: el fontanero probó la experiencia homosexual
la primera vez en el campo de batalla, allá en la guerra; demasiados hombres y
ninguna mujer. Viendo que aquello le gustó más que con su mujer, la cual se
llevaba con ella como el perro y el gato, y, habiendo aprendido en las
trincheras a interpretar ciertas "señales", Gervase conoció a un funcionario del
ayuntamiento recién trasladado al pueblo que cumplía cada una de éstas. Se
relacionaron, se hicieron amigos, y, viendo que la cosa parecía funcionar,
decidieron continuar juntos.
-Pues ya hemos comido- sentenció Gervase mientras
recogía su menaje del picnic.
-A mí me está entrando frío.- Señaló Peter, mientras
su escuálido cuerpo comenzaba a tiritar.
-Conozco una manera de entrar en calor… - Apuntó su
compañero con una sonrisa pícara.
Gervase se acercó a su compañero, lo abrazó con sus
potentes brazos y le besó de la manera más voluptuosa y lasciva que conocía.
Para ello utilizó la lengua y todo su potencial sexual.
-Ahora, tengo menos frío.- Apuntó Peter tras recuperar
el aliento.
No tardaron en volver a practicar sexo. Esta vez,
Gervase, tumbado boca arriba, con los brazos y las piernas separadas, era
sodomizado por su compañero. Era la segunda postura favorita de Gervase, porque
los masajes prostáticos también eran frecuentes. Tan frecuente como el final,
idéntico al acto sexual practicado horas antes.
Mientras tanto, la caña volvió a moverse.
El sol comenzaba a esconderse tímidamente. Dentro de
poco, su luz dejaría de brillar y de iluminar el lago, el bosque y todo lo que
solía estar bañado por ella. Sobre el suelo, la pareja, vestidos únicamente con
otra manta que les resguardaba de la inminente bajada de temperatura, miraban
las coloreadas nubes. Tumbado boca arriba, y con un antebrazo tras la nuca,
Gervase miraba el cielo. Peter descansaba su busto sobre el pecho del fontanero.
-Cada vez se nos hace más tarde volver a casa.- Pensó
Gervase en voz alta.
-Cada vez tengo menos ganas de volver a casa y más de
estar contigo.- Musitó Peter. Gervase le besó en la cabeza, en señal de
asentimiento.
-Pero habrá que hacerlo tarde o temprano.
Peter asintió tristemente. Pasaría otro fin de semana
más aguantando a Rose, otra semana completa firmando papeles, mecanografiando
cartas y presupuestos, y cuando volviese el sábado…
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Peter.
Como si hubiese leído el pensamiento de su amante,
Gervase apuntó que el sábado siguiente no podrían quedar.
-Viene mi suegra…- Apuntó Gervase, ladeando la cara y
metiéndose el dedo en la boca para imitar el vómito.
En otras circunstancias, Peter se hubiese reído, pero
su compañero vio un semblante de tristeza reflejado en el oficinista. Así, el
fontanero abandonó su postura supina, se subió encima de su amante y comenzó a
comerle a besos.
-Aprovechemos hasta el último minuto… que no nos
volveremos a ver hasta mucho tiempo.
Así, Gervase recorrió con sus manos y su boca toda la
anatomía que pudo de su amante. Cuando notó que sus genitales comenzaban a
erigirse de nuevo en ese día, comenzó a frotar el ano de Peter con su pene
ayudado de sus caderas. No llegó a penetrarlo.
Aquello le gustaba a Peter. Después de haber penetrado
al fontanero por tercera vez (esta vez a cuatro patas, como los perritos), su
exhausto aparato genital descansaría.
Gervase tardó en cansarse del jueguecito sexual.
Cuando lo hizo, volvió a tumbarse y besó a Peter.
-Ya está.- Dijo. –No más; que si no, la tarta
empalaga.
Peter asintió.
-Ahora a volver a la vida rutinaria de siempre…-
Murmuró Gervase
. -¿Por qué no podrá pararse el tiempo para poder quedarnos
juntos tú y yo para siempre?
-ojalá…
De repente, a Peter se le ocurrió una idea. Se levantó
del "nidito de amor", se acercó a las cañas y las desenterró, recogiendo ambas
(primero una y luego la otra). Después, cogió una navajita que Gervase siempre
guardaba en la cesta de la comida, y comenzó a cortar el cordel de nylon de una,
y luego de la otra. Cuando los tuvo seccionados, cortó parte del corcho de una
botella de vino que había traído él mismo, clavando un trocito de éste en cada
punta. Más tarde, anudó las partes de cada cordón.
En un breve espacio de tiempo, Peter había creado dos
colgantes idénticos.
-Esto nos recordará, cuando no estemos uno cerca del
otro, lo mucho que nos queremos.- Dijo el mañoso oficinista a su amante,
mientras colgaba uno de sus inventos del cuello de su compañero.
El fontanero cogió de las manos el otro colgante.
-En señal de compromiso… como si estuviésemos casados.
Sí quiero.
Ambos se sonrieron y se besaron.
Y, por fin, tras la ceremonia al atardecer, los amigos
se vistieron, levantaron el campamento y marcharon hacia la ciudad.
-Pues dice la profesora de Gervie que le cuesta
estudiar, pero que en los deportes se defiende bastante bien.
-¿Ah, sí? A lo mejor no marcha a la universidad, pero
se convierte en un deportista de élite.
-No sé… suena bien.
Tras volver por el camino andado aquella mañana,
Gervase llegó a su casa. Abrió la puerta, avisó de su llegada y dejó los útiles
(cada vez más inútiles) de pescar en un rincón de la casa, al lado de la puerta
de la calle. No tardó en recibirlo su hijo, Gervase Junior, con una amplia
sonrisa y un abrazo por la cintura.
-¡Hola, papá!- gritó el niño de entusiasmo. -¿Has
traído algún pescado hoy?
-No, grandullón.- Explicó muy afablemente el padre a
su hijo mientras despeinaba su cabeza. –Ya sabes que los peces que pescamos los
devolvemos al río.
-¿Por qué?
-Porque esos peces tienen mujer e hijos, y prefieren
pasar la tarde con su familia que sazonados en una sartén.
El niño se rió. El padre no tanto, pues delante de él
vio el porqué de la poca gracia: su esposa, Nora, yacía apoyada en la puerta de
la cocina, con esa cara reprobadora que ponía cada vez que su marido intentaba
pasárselo bien fuera de casa. Tenía los brazos cruzados.
-Nadie diría lo mismo de ti. La cena está recalentada
pero servida.
Gervase intentó excusar el retraso que había tenido al
volver para su casa, pero, su agria esposa se limitó a ignorar las excusas y a
entrar para la cocina. No había más remedio que seguirla y sentarse a la mesa.
Una vez comenzada la cena, coles de Bruselas con
beicon, Nora le preguntó a su marido si recordaba que al sábado que viene venía
su madre. Gervase, afirmativamente, le dijo que no se le había olvidado, que no
iría a pescar.
-A la que viene tal vez sí vaya.
-¿Puedo ir con vosotros?- Preguntó Gervie con una
sonrisa.
Gervase no supo qué contestar en ese momento.
-Es que allí hablamos de cosas de mayores… y hay que
esperar mucho mientras pican… te ibas a aburrir.
Gervie insistió. Incluso pidió permiso a su madre, con
la consiguiente estrategia "por favor" repetido hasta la saciedad.
-Los dibujos esos de astronautas los echan los
sábados. –Apuntó la madre a su hijo. -¿No querrás perdértelos?
-Pero…
-No.
-pero…
-¡He dicho que no! Y no hay más que hablar.
Gervie se calló. Se cruzó de brazos y miró malhumorado
el plato.
Al día siguiente, Gervase se levantó de la cama, se
aseó, se vistió y bajó a desayunar. Como todos los domingos, Nora no movía un
dedo con la cocina en todo el día, así que Gervase preparó un tazón de cereales
para él y otro para su hijo. Se fue al salón, se sentó en el sofá y encendió la
tele. Sumergido en el hastío de un domingo monótono y aburrido como cualquier
otro, se hizo la hora del almuerzo mientras mataba las horas delante de la caja
tonta.
Sus tripas gimieron.
"Ya es hora de meter combustible al cuerpo", pensó.
"Voy a picar algo".
Justo en ese momento, el teléfono sonó. Gervase lo
descolgó y preguntó quién se atrevió a romper su monotonía dominical. Era Max,
el encargado general de la fábrica de cola. Por lo visto, tenían una emergencia
sanitaria y necesitaban los urgentes servicios de un desatascador.
-¿En domingo?- Preguntó Gervase. – Estoy descansando.
-Es que mañana vendrán los dueños… -Explicaba el
gerente a su contratado. –Ha habido un problema con el agua… -hazte cargo… yo
también estaba en mi casa descansando…
Al final, Gervase aceptó a regañadientes. Tendría que
trabajar aquel día santo. Eso sí, cobraría las horas más caras. Así, se medio
despidió de su familia, alegando que no tardaría en volver, se montó en la
furgoneta y se encaminó de mala gana hacia la fábrica de cola.
Más tarde, Matt, Gerry y Paul llamaron a la puerta de
la casa de los Bauer. Paul preguntó a Nora que si Gervie podía salir a jugar.
Nora preparó un bocadillo de buey asado para su hijo y los cuatro amigos se
fueron a la plaza del pueblo con una pelota.
El tiempo transcurrió.
Y entonces, sucedió. Por un leve instante, el efímero
estruendo rompió la tranquilidad de la tarde de domingo. El rojo hizo acto de
presencia, y la vida se tiñó de blanco. No tardó en aparecer el negro.
Momentos más tarde, después de que los amigos
marchasen al altozano a jugar soccer, al río a cazar lagartijas, a comer
manzanas de la Señora Behn, y a escalar las lomas del pueblo vecino, el pequeño
Gervie volvía a su casa. No quería llegar tarde, de lo contrario le aguardaría
el mismo destino que sufrió su padre el día anterior.
Todavía quedaba un poco de luz natural. ¿Por qué,
entonces, las calles estaban desiertas? Gervie pudo observar que apenas había
movimiento por las calles. Sólo veía a la gente nerviosa, triste, asustada. Era
algo que no se veía todos los días en el pueblo. ¿Habría sucedido algo raro?
Por fin, llegó a su casa. Abrió la puerta, entró,
gritó que ya había llegado y vio aquella imagen que nunca olvidaría en toda su
vida: la de su madre, abatida en el sofá, pegada al teléfono, conteniendo las
lágrimas. Realmente algo había sucedido.
-¿Qué pasa, mamá?
Su madre tardó en contestar. Lo hizo con toda la
frialdad que pudo encontrar.
-La fábrica de cola ha explotado… se ha producido un
incendio. Nadie sabe aún nada de las víctimas.
Desde entonces, Gervase Bauer Junior se convirtió en
un niño triste. Enterraron los restos de su padre, e intentaron hacer la vida
como buenamente pudieron. Ha intentado vivir con su orfandad como ha podido: no
tuvo el valor necesario para confesarle a su madre su homosexualidad, vagando de
tugurio en tugurio clandestino intentando llenar con sexo masculino el amor que
su padre no pudo continuar dándole. Con la revolución de los años setenta,
aquello cambió, y Gervie, recién cumplidos los treinta, prosperó y trabajó en el
cuerpo de bomberos. Pero una grave lesión que le impidió continuar ayudando a
los demás, y una extraña enfermedad que atacó la mente de su madre le hizo
volver a caer en la mala vida. Encontró trabajo de celador en el hospital donde
su progenitora estaba ingresada. Más tarde, conoció a Mike, que le habló de la
productora de Loggan, y el resto… ya se conoce.
FIN
PERO… QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE AQUELLA TARDE?
"Vaya rollo, trabajar en domingo" se lamentaba,
hambriento y malhumorado, Gervase mientras conducía hacia su destino. "Y aun
encima en la fábrica de cola, con lo ricos que son y lo mal que pagan…"
De repente, cuando se acercaba hacia el puente que
cruzaba el río, Gervase pudo ver algo cerca de éste. Era una persona, apostada
en la barandilla de éste, mirando al río. Al fontanero le pareció que conocía a
esa persona.
Era Peter.
Gervase frenó y detuvo la camioneta. Tocó al claxon un
par de veces. Llamó a su amigo. Éste, con la cabeza gacha, pareció no percatarse
de la presencia del fontanero.
-¡Eh, Peter! ¿No me oyes?- Le gritó Gervase.
Peter comenzó a moverse. Pero su amigo, compañero,
confidente y compartidor de buenos momentos, lejos de incorporarse, darse la
vuelta y saludar al de la camioneta, intentó subirse a la barandilla del puente
a toda prisa, sin dar explicación alguna. Gervase no daba crédito a lo que
estaba viendo.
-Pero, ¿qué haces?- Gritó cuando adivinó lo que su
amigo intentaba hacer.
Gervase bajó de la camioneta a toda prisa y corrió
hacia donde estaba el futuro suicida. Peter ya había dado toda la vuelta a su
cuerpo, y sólo faltaba soltar las manos de la barandilla y dejar que el impulso
y la fuerza de la gravedad actuasen sobre su cuerpo para precipitarlo al vacío y
conducirle a otro lugar, de momento al fondo del río.
Peter sintió que algo le agarraba de las rodillas.
Intentó desasirse, pero aquello que lo aferraba a este mundo era demasiado
poderoso para él. Luchó con todas sus fuerzas por cumplir con su objetivo, pero
no había manera humana de conseguirlo. Cuando quiso darse cuenta, no estaba
sobre el río, sino encima de éste, jadeando en el suelo del puente del vano
esfuerzo por acabar con su vida. Algo se lo había impedido: Gervase Bauer.
-Pero ¿qué hacías... loco?- Reprendió el fontanero a
su deprimido amigo. -¿No ves que…
-Déjame.- Le interrumpió Peter. Sin mirar a su
salvador, se levantó e intentó acercarse a la barandilla del puente para
intentar otra vez su objetivo. Pero, con Gervase allí cerca, aquello era
imposible.
-Que te vas a matar…
-Déjame…- Volvió a exigir el frenético suicida.
Forcejeó para librarse de los potentes brazos del que fue el hombre más
importante de su vida.
De repente, Peter sintió cómo la violencia se
estrellaba en su rostro. Había recibido una bofetada de Gervase. No fue
dolorosa, pero sí ayudó, en cierto sentido, a calmar y centrar mental y
emocionalmente a la persona que no dudaba ni un solo instante en quitarse la
vida.
- ¡¡Te quieres dejar de gilipolleces y contarme de una
puñetera vez qué coño te pasa?!- Bramó Gervase.
Peter se echó a llorar desconsoladamente. No podía
aguantar más.
-Anoche tuve una discusión muy grave con Rose.-
Confesó Peter entre sollozos.- Vio el colgante que hice y me preguntó que qué
chorrada era eso. Como no le quise contestar, lo hizo ella por mí.
"¿Qué crees, que no sé qué hacéis el fontanero y tú en
el lago? ¡Si todo el pueblo lo sabe!"
Gervase se quedó de piedra. No sabía cómo reaccionar.
-Yo no supe defenderme. No supe defendernos. Acabó por
gritarme que yo le daba asco. Y vergüenza. Salí corriendo de mi casa y no me
atrevo a volver.
Por lo visto, la extraña y pecaminosa "relación" que
Gervase y Peter vivían era un secreto a voces en el pueblo. Era algo que tanto
Rose como Nora debían aguantar en silencio en la peluquería de Loretta en forma
de indirectas, en el mercado, en el ayuntamiento, en la escuela… lo de la pesca
ya no se lo creía nadie.
Gervase cogió la mano de su amado y la acarició.
-La gente no entiende lo nuestro.
-¿Y qué hacemos?- Protestó Peter.
-No lo sé.
Hubo un incómodo silencio.
-Marchémonos de aquí.- Propuso Peter de repente,
rompiendo así el odiado mutis. – Vámonos lejos, donde nadie pueda encontrarnos.
¿Como? Gervase no podía creer lo que oía. Eso era una
gran barbaridad.
-¿Dónde?... ¿Cómo?... ¿cuándo?- Balbuceó el fontanero.
-A un sitio apartado, donde podamos vivir nuestro amor
sin que nadie nos odie.
-Pero eso es una locura…!
-Nuestro amor es una locura.- Argumentó el oficinista.
– Y aun así, está vivo, y siente. Por ti… contigo… haría todas las locuras del
mundo.
Gervase no se podía creer lo que estaba escuchando.
-Pero yo no me puedo marchar de aquí.- Explicó. –Tengo
una familia. ¡Tengo un hijo que criar!
Peter comenzó a entristecerse.
-Hazlo por mí… hazlo por tí. Yo sólo te tengo a ti.
Gervase no podía creer lo que le estaba sucediendo. La
vida le estaba poniendo a prueba. Tenía que tomar la decisión más importante y
dolorosa de su vida. Debía renunciar a su familia. Un silencio más incómodo que
el anterior, rozando la sepulcralidad pero con una tensión tan presente que se
podía cortar con cuchillo,
atenazó el puente.
Gervase suspiró, y, con mirada resignada, contestó:
-Está bien. Vámonos ahora mismo de este pueblo de
mierda.
Ambos amantes fugitivos se montaron en el vehículo del
fontanero, poniendo rumbo a un lugar desconocido y sin retorno. Gervase no
quería ni pensar en las consecuencias que traería su decisión. Ya tendría tiempo
de arrepentirse. Ahora, lo importante era dejar lejos el letrero que anunciaba
el nombre del municipio.
Para siempre.
FIN
EPÍLOGO.
En dirección a Florida, pero sin un rumbo fijo, la
camioneta de "Multiservicios Bauer S.L." cruzaba una desierta carretera. Era de
noche. Adentro, Gervase conducía despacio, debido a la ausencia de luz y a que
Peter, desde el asiento del copiloto, asía el brazo derecho del fontanero con
fuerza, como si no quisiera soltarlo, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en
su rostro. Ese tipo de sonrisas tontas de felicidad.
El humor de Gervase, sin embargo, distaba de ser
feliz.
-Cuando el señorito le venga en gana me puede ir
soltando el brazo;- Se quejó el piloto, malhumorado- Lo necesito para conducir.
Peter abandonó su estado de placebo para, asombrado
por la impertinencia, hacer caso a su antipático amor. Preguntó el porqué de
aquella contestación.
-Tú estás muy feliz con tu decisión, pero yo no. No es
fácil dejar atrás una familia.
-También podías haber dicho que no, que quieres seguir
viviendo en un pueblo de paletos, con un trabajucho esclavizante, con una mujer
que gasta bilis en vez de saliva, y con un hijo que…
Gervase detuvo el vehículo bruscamente.
-Ni se te ocurra decir nada de mi hijo - Amenazó con
el dedo el fontanero a su compañero de viaje. -Esto lo hago más por ti que por
mí, no lo olvides.
Gervase no podía dejar que Peter quisiera volver a
suicidarse. Se sentía responsable, porque una pareja siempre es cosa de dos.
-Esto lo haces porque me quieres.
-Pero también quiero a Gervie. Y Nora no es tan mala
como crees.
-Pues vuelve. Te prometo que no volveré a intentar
hacer locuras. Reharé
mi vida, y tú con la tuya harás lo que quieras.
Hubo otro silencio incómodo. Pero esta vez no fue
tenso.
Gervase comenzó a llorar, como nunca antes lo había
hecho.
-¿A quién pretendo engañar? Gervie sería señalado en
la escuela, en el trabajo, allá donde fuese:
"Ahí va el niño que su padre es marica". Es mejor que
me aparte de su vida cuanto antes.
-Es lo mejor. –Sentenció peter.
El fontanero continuó llorando desconsoladamente. Era
la viva imagen del dolor.
- Pero es que lo
echaré tanto de menos: me perderé su primer amor, su primer trabajo… Es duro
dejar atrás una familia. ¡Es muy duro!
- A partir de
ahora, tú serás mi familia y yo la tuya.
- así sea. – Murmuró Gervase, secándose las lágrimas.
Seguidamente, reanudaron el viaje a ningún lugar en concreto.