Relatos Calientes Gratis

Mi misteriosa desconocida


. Ella, haciendo oídos sordos, me preguntó si tenía agua potable, le
dije que era de lo poco que me quedaba de la compra que había hecho por la
mañana. Me miró y sonriéndome obstinada me dijo: nos quedamos.
Montamos la tienda cuando la noche empezaba a caer.
Abrazados, vimos un hermoso atardecer y contemplamos como el cielo, de una
transparencia casi mágica, nos obsequiaba con una maravillosa luna en creciente
rodeada de infinitos puntos luminosos. Me nombró numerosas constelaciones,
explicándome el origen de sus nombres y yo sólo la interrumpía para decirle que
se viniese conmigo. Se lo sugerí tantas veces como estrellas había en el cielo y
siempre obtenía la misma respuesta: no es posible, no es posible,... Una gran
tristeza se apoderaba de mí y le rogaba que me diese una explicación a su
negativa. Ella me dijo que me lo contaría más adelante. Cansados y con frío nos
introdujimos en la tienda. En el silencio de la noche, y aunque la tienda estaba
cerrada, los sonidos de algunos animalillos que aprovechaban la noche para
comenzar su frenética actividad, me ponían un poco nervioso. Elisa me calmaba y
me transmitía seguridad, (ella había hecho mucha acampada libre según me dijo).
Nos metimos en el saco desnudos para coger calor, pues la noche se estaba
poniendo fresquita de verdad. Me pegué a su espalda y comencé a besarla por
detrás, primero fue el cuello, después sus hombros y finalmente toda su preciosa
espalda. Los besos se alternaban con bocados suaves y el tacto de los labios y a
veces la presión de los dientes, producían en Elisa placenteras sensaciones que
hacían que su cuerpo se arquease unas veces a un lado, otras al otro de forma
involuntaria. Se giró y sonriendo se me subió encima y me besó en la boca, me
agarró por las muñecas y me acarició con sus sensuales labios el cuello.
Del
cuello, en un movimiento continuado, se bajó al pecho y pasó a acariciarme los
pezones. Mientras succionaba uno de ellos, el otro lo acariciaba dibujando
interminables círculos con uno de sus dedos humedecido en saliva. Las
sensaciones eran tan excitantes que éstos, los pezones, inmediatamente
adquirieron una gran rigidez. El placer con mayúsculas y una felicidad plena me
envolvían, pero ella, dueña de la situación, modificaba a su voluntad mis
sensaciones. Jugaba conmigo y de un tacto tranquilo y reposado cambiaba de
pronto a un ritmo ansioso y frenético que me llevaba a un paroxismo
enloquecedor. No pude aguantar más, con suave determinación la volteé sobre su
espalda. Estaba decidido a ser yo quien dirigiera de nuevo las operaciones.
Nuestra danza-amorosa, era como un interminable juego sincronizado, de ahora
dirijo yo y tú consientes y al contrario. De esta manera los placeres que uno de
nosotros provocaba como emisor al otro, éste posteriormente los recibía como
destinatario. La cogí de las muñecas, la inmovilicé y la besé en la boca y
bajando por su cuello acabé besándole sus sedosos pezones. De nuevo su cuerpo
oscilaba a lado y lado fruto de las intensas sensaciones que sin duda
experimentaba. Bajé hasta su vientre, con la lengua sorbí la sal de su ombligo y
descansé, por un instante, mi mejilla en su mullido monte de Venus. Me entretuve
en la cara interna de los muslos, allí donde la piel es nácar. Mediante los
besos y los suaves bocados que le daba, le transmitía mis deseos más profundos y
la llevaba a un estado de excitación enorme. Ella me cogía por los cabellos y
luchaba por retirarme de tan sensible lugar, pero no estaba dispuesto a
claudicar por ahora. Con la lengua le abrí los labios de su dulce vulva,
saboreando con delectación su sabroso sabor a mar. Un poco más arriba y donde se
unen sus labios menores, me encontré con su clítoris, que erecto anhelaba mis
suaves caricias. Lo acaricié con la punta de la lengua y lo cubrí de besos. Ella
se convulsionaba, gemía y suspiraba con gran agitación. Mi lengua jugaba en la
entrada de su vagina y subía hasta su clítoris cada vez más excitado. Los
movimientos ascendentes y descendentes de su pelvis cada vez más frecuentes me
anunciaron que su orgasmo ya era inminente. Un profundo suspiro y la posterior
relajación de todo su cuerpo, me confirmaron que el ansiado éxtasis había
llegado para ella. Me alcé y le regalé un tierno beso en su
lujuriosa boca. Pasaron unos instantes y
sorprendentemente, la noté un poco contrariada pues según me confesó, pensaba
que todo había ocurrido demasiado deprisa. Me disculpé y la tranquilicé
asegurándole que no había ningún problema, teníamos toda la noche por delante.
Cansada y muy relajada, se tumbó a mi lado, me acarició el pecho y bajó la mano
hasta mi pene. Constató el estado de excitación en que se encontraba, y
bromeando con que le apetecía un yogur natural, lo agarró y metió el excitado
glande en su boca y con la lengua jugaba con él dibujando redondelitos en un
sentido y en el contrario. Sentir mi glande coronado por sus hermosos labios y
notar su húmeda lengua acariciándome de esa manera, desencadenaba en mí el
frenesí más absoluto. Intenté retirar su boca del sensible lugar en que se había
instalado, pues un familiar escalofrío me avisaba de que el ansiado final estaba
muy cerca. Ella no sólo no se retiró, sino que al sentir la proximidad de mi
éxtasis, se introdujo el pene en la boca y agarrándolo con las dos manos ayudó
la llegada de su ansiado yogur con un rítmico batido. Varios grandiosos espasmos
azotaron mi cuerpo y me vacié sin remisión dentro de ella, quedé totalmente
extenuado y feliz. Se echó junto a mí y dándome un sonoro beso en la mejilla, me
susurró: estamos empatados.
La noche transcurrió en un duerme vela de amor y
sexo relajado, lo mismo ella se subía sobre mí y me cabalgaba como una experta
amazona hasta llevarme al éxtasis más absoluto, como yo, una vez recuperado, la
cogía por detrás y a cuatro patas la poseía como si fuésemos dos animales en
celo. Con el desgaste del amor y sin energía (no habíamos cenado), el cansancio
se apoderó de mí de una manera fulminante y abrazado a mi enigmática compañera
me quedé profundamente dormido. A lo largo de la noche y en repetidas ocasiones,
abrí los ojos y vi a Elisa con los ojos abiertos mirándome con ternura, mientras
dulcemente me acariciaba. Yo le decía duerme y ella me contestaba, no tengo
sueño ya dormiré. Vente a vivir conmigo, le rogaba en un susurro y ella me
respondía, mañana lo hablamos amor. Yo le sonreía, le acariciaba su bello rostro
y volvía a quedar dormido.
A la mañana siguiente, el Sol me despertó temprano
y sorprendentemente me encontré tumbado en la arena dentro del saco de dormir de
Elisa. ¡No había ni rastro de ella ni de su mochila y mucho menos de la tienda
de campaña dónde habíamos pasado la noche!. El mar estaba muy tranquilo y la
playa vacía. Busqué a Elisa por todos los rincones y la llamé a gritos hasta que
me dolió la garganta, pero no la encontré. Parecía como si se la hubiese tragado
la tierra. Preocupado y desorientado me vestí y subí hasta el coche, miré por si
veía algún rastro de la que había sido por una noche mi amante desconocida, pero
todo fue inútil. Decidí coger el coche y buscarla por los alrededores, y
mientras nerviosamente sacaba las llaves del bolsillo del pantalón, me fijé en
que en el parabrisas del coche y cogido por las escobillas, había lo que parecía
una hoja de periódico vieja, arrugada y quemada por el Sol. Cogí la hoja del
periódico y era de un diario local. Con un rotulador rojo, alguien había
destacado una noticia que, a pesar del estado de excitación en que me
encontraba, llamó poderosamente mi atención.
La noticia venía a desarrollar un triste suceso que
había tenido lugar un 21 de enero de hacía tres años. En él se narraba como un
grupo de chicos y chicas que habían ido a pasar el día en una playa de la
localidad llamada del Peñón Blanco, habían echado de menos al atardecer a una de
las chicas del grupo llamada Elisa. Los últimos que la vieron aseguraban que, a
pesar de las advertencias de sus compañeros y compañeras, se había adentrado en
el mar para darse un baño. Como era muy buena nadadora en principio no se
preocuparon. Fue un tiempo después, cuando fueron a llamarla para la merienda,
cuando la echaron de menos y se alarmaron. Las fuerzas de orden públicas:
policía, guardia civil terrestre y marítima y protección civil la anduvieron
buscando durante varios días sin encontrar rastro de ella. Miré la foto de la
desaparecida y, ¡era Elisa mi compañera de la playa!. Las piernas me temblaron y
a punto estuve de irme al suelo, me apoyé en el coche totalmente desconcertado.
Frente a mí y al otro lado de donde había aparcado el coche había un cartel que
estaba muy nuevo. Debían de haberlo puesto hacía muy poco, en él podía leerse:
Playa del Peñón Blanco.

Todo esto resultaba aterrador pero encajaba a la
perfección, la desaparecida era Elisa, la playa era la misma y hoy era, miré mi
reloj de pulsera 22 de enero, es decir ayer se cumplía el tercer año de su
desaparición. Todo esto me pareció un mal sueño o más bien una terrible
pesadilla. Totalmente abatido, me asomé al acantilado. Miré hacia el ahora
calmado mar, y con un vacío enorme en el corazón, me despedí de Elisa, le
susurré que siempre la llevaría en mi corazón y le pedí que me esperara el 21 de
enero del año próximo. Fin

Salud y suerte. Opus 2010




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