Relatos Eroticos Aleatorios
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Todo está en su sitio... como lo está cada jueves,
colocado escrupulosamente. No cabe duda de que el doctor Allerti es un condenado
maníaco del orden.
Tumbada sobre el diván me entretengo observando
cada detalle de la consulta: Sobre la chimenea el cuadro de sus hijos, con una
dedicatoria que nunca alcancé a descifrar, tampoco me importó demasiado nunca,
la verdad. Junto al retrato, un pisapapeles engañosamente de plata que sostiene
2 entradas de algún espectáculo que le causó impacto... creo que son de ópera.
Los candelabros siempre encendidos, menos la vela central… no sé por qué, otra
de sus locas manías supongo... Una copa de alguna competición de tercera clase…
La habitación es pequeña para ser una consulta de
un prestigioso doctor, sin embargo, eso sí, no le falta detalle, demasiado para
mi gusto, pero tiene de todo. Una alfombra gigante algo desfasada, unos visillos
de las ventanas, hechos a mano, seguramente por algún paciente recuperado... o
quizás aun más trastornado... ¿Quién puede hacer semejante horterada? o peor
aún... ¿quién es capaz de colgarla de sus ventanas? El escritorio me queda justo
detrás, no alcanzo a verlo, pero sé que cada cosa que hay sobre la mesa, está
por algún motivo, menudo es este hombre. Hago memoria de lo que veo en la mesa
antes de tumbarme: Una agenda colocada sobre varios libros, un pequeño jarrón
con flores frescas... y un pequeño abrecartas bañado en oro, que no creo que sea
macizo, pero mira, ese es chulo. La lámpara del techo tiene delito... bastante
estrafalaria, es una araña gigante, impropia para una estancia tan reducida y
seguramente más antigua que el catarro y, pero sobretodo friki a más no poder.
El diván, algo decadente para una consulta psiquiátrica con cierto caché; es de
cuero negro, aunque algo desgastado.
El doctor interrumpe mi sosiego.
Perdona Aurora, tuve que enviar un fax urgente y se complicó la cosa...
No pasa nada, tranquilo. No tengo ninguna prisa. Ya lo sabe usted bien…
Este psiquiatra tiene una risita algo molesta, por
no decir... insoportable, como si sacara un grillo de su garganta. Para colmo de
males siempre es igual de repetitivo con sus frases:
Aurora, ¿cuantas veces te tengo que decir que esto es para ayudarte?
¿que no te lo tomes como una obligación?
Si, creo que me lo ha dicho unas cuantas veces. - le digo sin mirarle a
la cara, porque de seguro está sonriendo con esa cara de payaso que tiene.
Verás, si no me ayudas, poco avanzaremos, ¿No crees?
Doctor. Siempre me sale con la misma canción. Yo estoy aquí por pura
obligación y usted lo sabe.
Desaparece de mi ángulo de visión. Le encanta
ponerse detrás de mí y observarme. No lo veo, pero lo sé, me noto inspeccionada
durante bastantes segundos.
Aurora, estás en una fase de curación casi absoluta.
Casi... usted lo ha dicho. Igual que la semana pasada… Mientras tanto
todavía sigo en el hospital.
Bueno, mujer, pero hemos conseguido que solo vayas a dormir y tienes
libertad para moverte por la calle, cuanto quieras.
Si y a tener que ir a fichar a ese puto manicomio cada día a las ocho de
la tarde. ¿Usted cree que eso es vida?
Oigo los pasos del doctor y a ciegas intuyo que
está cogiendo su bloc de notas. Una agenda más pequeña a juego con la que tiene
sobre la mesa, pero todavía más desgastada por el uso. Siempre me he preguntado,
¿por qué no lo grabará? o mejor... ¿por qué no usará un portátil? Hoy en día es
básico... o una Pda, de esas que cabe en un bolsillo…
Vuelve a interrumpir mis pensamientos.
Si no te importa, volvamos al capítulo en el que me relatabas tu
relación con las otras pacientes del hospital.
¿Es necesario?
Sí, lo es, por favor…
Se sienta detrás de mí, en su sillón de orejas.
Este tipo es de la escuela de Freud, fijo… y eso que no he visto ninguna foto
suya colgada por ahí. ¿Será la reencarnación? Desde luego, ¡vaya pintas!
Vamos, Aurora...
Pero si se lo he contado miles de veces. Allí están todas locas,
majaretas perdidas. Y la que está un poco cuerda, está ensimismada,
totalmente ida, como un pollito hervido.
Me acuerdo cuando mi padre hervía a los pollos. Esa era su extraña manera de
matarlos. Siempre pensé que era algo cruel, pero ahora me hace gracia imaginar a
los pollos intentando salir de aquella olla gigante, atados por las patas unos a
otros.
Él insiste:
Y ahora, dime, ¿Tú te sientes distinta a ellas?, ¿A las otras pacientes?
Hombre, claro... Hay una gran diferencia, ¿no le parece? Soy una persona
normal.
Bueno, sufriste episodios...
Ya, vale, vale... No me cuente otra vez mi cuadro clínico doctor, me lo
sé de memoria, pero sabe de sobra que solo fue para eludir la cárcel. Maté
por motivos claros y no por eso estoy loca.
Otra vez guarda silencio. Creo que siempre busca
alterarme, para comprobar lo jodidamente chalada que estoy. Eso es lo que debe
pensar, el muy hipócrita. Se las da de amiguete, de que cura lo incurable y es
que no conseguimos nada en estas charlas… me parece la cosa más absurda del
mundo.
Doctor, a todo esto: ¿Cuándo tiene previsto darme el alta definitiva?
Aurora... sabes que no está en mi mano...
No, por favor... Otra vez no. Usted es la única persona que me puede dar
la carta blanca y lo sabe. No sé a qué está esperando. Estoy harta de venir
aquí cada jueves sin avance ninguno.
Tu actitud está resultando muy egoísta, ¿no te parece?
¿Egoísta? Ahora resulta que no estoy aquí por mí...
sino por él... Ahora soy yo la que permanece en silencio, porque este tío me va
a sacar de mis casillas realmente
. Llevo cientos de sesiones con él y no es
capaz de aflojar un gramo... parece una espiral de la que no puedo salir. Me
está torturando. Y si estoy en el tercer grado, es porque he cumplido más de la
mitad de mi condena en un horrible hospital psiquiátrico... no porque él me haya
ayudado.
Y vuelve con lo mismo:
Aurora, hablaremos más adelante de los avances. Centrémonos en tu
relación con las otras mujeres del hospital...
Otra vez. Resulta cansino escucharle siempre
haciendo las mismas preguntas chorras. Sino fuera porque dependo de él, me
habría largado hace rato. Sé que un comportamiento indebido, me llevaría de
nuevo al encierro y eso es lo último que deseo.
He llegado a odiar a todas las personas que hay allí... ¿Le vale con
eso?
Sí, pero supongo que no todas. Habrá alguien que te haya caído bien…
Ya le dije que allí no había nadie que mereciera la pena. ¡Están taradas
todas!
Bueno... ¿Y las enfermeras?, ¿Los doctores?
¿Será cabrón? Me lleva otra vez al agujero, quiere
que salte, que empiece a maldecir a todos, pero es que tengo razones sobradas
para ello. Las enfermeras, aparte de ser todas unas zorras, nunca me dieron el
menor atisbo de cariño, ninguna mostró afecto ni nada que se le pareciera… y no
hablemos de los médicos, todos más jodidos que las propias pacientes... Sin
embargo hoy no le voy a dar por el gusto a este, no… hoy me voy a callar.
¿No me dices nada, Aurora?
¿Qué le voy a decir si me aburre siempre con la
misma cantinela? Prefiero adentrarme en las paredes de su recargada habitación.
Mola más seguir el juego de las cenefas de un papel pintado, que por cierto, me
recuerda las películas de Sherlock Holmes... Ahora que lo pienso, ¿me habré
teletransportado al Londres del siglo XIX?
¿Aurora?
Doctor, de verdad, estoy cansada. ¿No tiene una serie de preguntas
nuevas para variar?, ¿Siempre tiene que ser igual?
Se calla y oigo su pequeña risita, esa que hace con
la garganta. Seguramente está mirando sus notas y apuntando nuevamente lo mismo,
con sus gafas caídas, su corbata roída, su cabeza desproporcionada...
Mira Aurora, quería darte una sorpresa y decirte que solo nos quedarían
dos o tres sesiones, pero en cambio tú sigues sin cooperar.
Se me ha nublado la vista. Creo que de tanto mirar
los dibujos del papel pintado, me ha entrado un mareo. La lámpara de araña
parece querer acercarse… el suelo se mueve... me siento borracha, tumbada sobre
ese diván, que parece un pequeño bote en alta mar.
Aurora, ¿Estás?
Doctor... ¿me está diciendo que me va a liberar? ¿Que estamos acabando?
Puede ser. Depende de ti.
No depende de usted... ¿De su puta firma, quizás?
Mi firma ya está hace meses, mujer. Haz un esfuerzo. Ahora eres tú la
que tiene que...
A pesar del mareo, logro sentarme sobre el diván
con cierta rapidez. El doctor Allerti se me muestra difuso, como si no fuera él.
Casi no logro ver nada. Tan solo el abrecartas dorado, sobre la mesa que me
ciega con su intensa luz. Doy apenas dos pasos, lo tomo entre mis manos y
volviéndome a trompicones, se lo inserto al doctor en el cuello. ¡Zas!
Es curioso… Se ha colado en su garganta como un
cuchillo caliente en la mantequilla.
Ahora vuelvo a enfocar todo más claramente. El
doctor tiene los ojos abiertos como un sapo. No puede hablar. Mejor... ahora
callado, me resulta hasta más atractivo. Extiende su mano y logra alcanzar mi
muslo derecho. Resulta gracioso verle pedir ayuda, como un pelele. Cae al suelo
y se mueve como una culebra de charca. La verdad es que ya tenía ganas de verle
hacer algo distinto.
¿Será mamón? Me ha manchado todo el pantalón de
sangre. Bueno, voy a serenarme, porque me está empezando a doler la cabeza,
además el espectáculo es tan bello... No tanto aburrimiento de sesiones
machaconas, jueves tras jueves.
Me siento sobre el diván y sigo observándole. Está
intentando decirme algo, pero no logro entenderle.
¿Qué está diciendo doctor?, ¿Que llame a alguien?
No responde, solo tensa sus dedos como queriendo
señalar hacia la puerta.
Doctor, no hay nadie. Recuerde que soy su última paciente de los jueves.
Estamos solos los dos. ¿A quién quiere que llame?
No dice nada, tan solo sigue aspirando con
dificultad y la sangre le sale por la boca, ¡qué asco!
Mire doctor, no creo que se vaya a morir de esta, así que guarde la
calma... Por cierto, ¿Donde está mi carta blanca? ¿Esa que tenía firmada y
guardada?
No señala, pero el infeliz busca con los ojos la
agenda que hay sobre la mesa. Vaya, la he tenido tan cerca y nunca me dio por
husmear allí...
No se preocupe doctor, ya la alcanzo yo.
Allí está, justo tras la tapa de la agenda y
minuciosamente doblada. "El doctor Alonso Allesti certifica que la paciente
Aurora... bla, bla, bla, ha alcanzado el nivel adecuado para su integración,
tras la estancia... bla, bla, bla y puede ser liberada de sus obligaciones
con el hospital psiquiátrico..". y la fecha... de… ¡hace dos meses!
¡Serás hijo de puta!
Saco el abrecartas de su garganta y la sangre fluye
ahora como un torrente. Se está desangrando como un cerdo... Bueno, como lo que
es, claro.
Guardo la carta en mi bolso y me pongo el abrigo,
mientras el hombre convertido en nada, se está apagando, como todas mis sesiones
de los jueves, ¿no es genial?
Ah, doctor, no se preocupe, si me pregunta alguien, diré que ya me dio
la carta y que seguramente el tarado ese que tiene a las siete y media ha
debido ser el que le perforó la traquea... yo soy una ciudadana integrada,
¿recuerda? Lo comentó usted en mi carta… mi carta blanca.
Lydia
Sasha se desata
V
Nota:
Perdonen por la tardanza en la publicación de esta
parte, pero he tenido algunos problemillas con mi conexión a la red, gracias.
"Ring, ring", el estridente sonido del teléfono me
sacó de lo que pudo ser un delicioso sueño. Estiré el brazos desde mi lugar
junto a mi madre y tomé el auricular.
Haló…
Haló… ¿Ricardo?
Si, con él habla…
Buenos días, soy Sasha, la… "novia" de Carlos, ¿cómo está? – me enderecé
en la cama como un resorte, ¡Sasha llamándome a mi casa!
¡Ah… hola… mucho gusto… ¿cómo está?!
Bien, bien… pasándola… ¿y usted?
Bien también… ahí pasándola…
…-…
…¡¿?!… – un tenso silencio reinó en la línea durante varios segundos…
qué incómodo era.
Bueno… supongo que querrá saber el motivo de mi llamada… – dijo
finalmente – necesito hablar con usted… en persona… – ¡¿qué, cómo… qué?!
¿Qué, cómo… qué?
Si… necesito hablar en persona con usted… es sobre lo que pasó ayer…
Ah… si, si, claro… pero… bueno… ¿y de qué es de lo que tenemos que
hablar? – nuevamente se hizo un largo silencio en el teléfono, quizás porque
ella no encontraba palabras adecuadas para responderme… o por lo estúpida de
mi pregunta.
¿Puede hoy por la tarde? – me preguntó secamente.
Pues… si, si, puedo… solo dígame en donde… – me dijo y colgamos.
Creo que no tengo que especificar cómo me sentía…
¡tenía el culo en la mano, no podía imaginarme qué era lo que me quería decir!…
bueno, si, pero al mismo tiempo me parecían tantas cosas que prefería no tratar
de imaginarlo. De lo que si estaba seguro es que no sería una reunión agradable.
A mi lado a mamá ya le había cambiado la cara de nuevo… y no para bien. "Solo
vamos a hablar… te lo prometo" le dije mientras ella ponía los ojos en blanco.
Luego hice lo que tenía que hacer, llamé al Ko para contarle, después de todo
era mi mejor amigo y ella su novia, le debía respeto y lealtad…
¡Entonces mano, ¿te la vas a coger?! – lo dijo con tanto entusiasmo que
hasta ganas de reír sentí.
¿Qué si me la voy a coger? ¡¿Estás enfermo mano?, sos un pervertido de
mierda! ¡¿No me digás que pensar en eso te calentó ya?! – pregunta tonta,
como si no lo conociera.
Qué pregunta tan tonta vos, como si no me conocieras… – exacto,
sinceramente no sé porqué me sorprendía tanto – mirá, si se te da la
oportunidad de pasarla por las armas, dale – y agregó con fingida solemnidad
– te doy mi bendición. – y yo seguía estupefacto y con cara de idiota.
Mano… ¿estás drogado? – una estruendosa risotada del otro lado de la
línea me interrumpió.
¡Puta Ricardo, despertá papá, mirá que es Sasha la que se lo está
buscando solita!
Ella solo quiere aclarar lo que pasó…
¡¿Aclarar qué?, ella sabe tan bien como nosotros lo que pasó pero es una
santurrona! ¿De qué te quiere hablar? Lo que pasa es que le gustó y quiere
repetir pero es demasiado orgullosa como para reconocerlo o pedirnos más…
¡ja, como si no la conociera! – nuevamente me quedé en silencio, incrédulo –
Si jugás bien tus cartas, Ricky, le vas a poder dar hasta por debajo de las
orejas… pero después de hacerlo acordate de una cosa: me lo tenés que contar
con lujo de detalles… y… ahí la tratás bien cabrón, con delicadeza… – y me
colgó, y yo seguía con cara de idiota sin poder dar crédito a lo que oí, no
sabía qué hacer, pensé en no oír…
. . . . .
… bueno, al final si fui. Para nuestra reunión
quedamos en una muy conocida chocolatería de la capital, Zurich. El día estaba
nublado y llegué temprano, por lo que tomé una mesa y me puse a esperar muy
nervioso, imaginándome todo lo que la muchacha me diría y recordando las
palabras de mi amigo. "Si jugás bien tus cartas, Ricky, le vas a poder dar hasta
por debajo de las orejas…" me dijo, y yo no podía dejar de pensar en ello. Sería
muy hipócrita de mi parte decir que no me apetecía… ¡solo de pensarlo ya me
estallaba el pantalón! Pero nuevamente mis escrúpulos se interponían frente a mi
bragueta.
"¡RUUUMMMM!" el súbito lusazo de un relámpago,
seguido casi de inmediato por el estremecedor rugido del trueno, me devolvieron
a la realidad. Je, je, je, quería dar una impresión de seguridad desde el
principio, pero el saltito que pegué cuando llegó y me sacó de mis cavilaciones
frustraron todo intento, mentalmente agradecí que Sasha aun no hubiese llegado.
Pronto se desató una tormenta, afuera el sol se ocultó por completo y el fuerte
sonido de la lluvia cayendo lo invadió todo… minutos después Sasha entró al
lugar, calada hasta los huesos y con cara de estar a punto de llorar.
¡Mierda, mire como me mojé! – exclamó cuando me vio – ¡Y lo peor es que
no tengo saldo en mi celular como para llamar a mi casa!
La voy a dejar si quiere…
¡No hay nadie ahorita! – la vi hacer un puchero.
Bueno… usted sabe que yo no vivo lejos… vamos a mi casa y le meto la
ropa a la secadora… – ella me volteó a ver llena de suspicacia – No le voy a
hacer nada, solo le voy a secar la ropa…
Si, si… por favor… gracias…
Juro que esa era mi única intención, secar su ropa
mientras ella esperaba, nada más. Pero supongo que solo estaba mintiéndome a mi
mismo, pues desde que la vi llegar me dejó mudo. Llevaba una ajustada y delgada
blusa rosa de encaje con detalles de flores, de tiritas y semitransparente, con
un top blanco debajo y una falda de lona azul a medio muslo. La blusa estaba
empapada, por lo que había que quitarle el "semi", y el top, de por si muy
ajustado a sus pequeños pero firmes senos, dejaba ver claramente sus oscuros
pezones erectos por acción del frío, la pobre venía dando un espectáculo.
Le di mi suéter para que se cubriera y la llevé a
mi casa, de reojo vi, cuando estaba metiendo el carro en el garaje, que la veía
maravillada, realmente mi casa era una mansión, incluso más grande y lujosa que
la del Ko, si en algo era bueno mi viejo era para llenarnos de lujos y cosas
materiales (por lo menos). En cuanto entramos me topé con un pequeño problema,
no estaba ni mi madre (salió a ver a una vecina) ni mi hermana y como era sábado
tampoco estaba Julita, nuestra ama de llaves… y yo no tenía la más mínima idea
de cómo se usaba la secadora (¿qué quieren?, mamá me había consentido mucho).
¿No sabe usar la secadora? – me preguntó Sasha, muy seria, enfundada en
mi bata de baño (como era chiquita casi quedaba bailando allí adentro) y con
su ropa en las manos dentro de un cesto.
No… no sé cómo se usa…
¡Todos los hombres son iguales! ¡Carlos, mi papá, mis hermanos… usted,
todos son iguales! – dijo, quitándome de en medio.
¿Tiene hermanos?
Si… 2… uno mayor y uno menor… – platicamos de algunas otras cosas,
banalidades todas, y en cosa de segundos ya tenía funcionando la secadora.
Nos quedamos sentados en la sala, en silencio y en
medio de una atmósfera tensa y pesada. Yo tenía cara de idiota (¿cómo no?) y
ella se veía muy nerviosa, lanzándome miradas recelosas a cada rato. La verdad
acabó por caerme mal, no le estaba haciendo ni diciendo nada.
Bueno… ¿qué? – le dijo con un poco de brusquedad.
¿Qué de qué?
Esas miraditas… ¿está esperando que me le tire encima? – de verdad no me
gustaba su actitud, ella guardó silencio clavando la vista en el suelo –
Mire, lo que pasó ese día fue algo que no esperaba, nunca imaginé meterme en
un juego de este tipo con el Ko… y esa noche no imaginaba que… que… bueno…
…que yo fuera tan puta…
No, no era eso lo que quería decir…
¿Y qué más podía decir? Mire, a mi no me obligó nadie… yo conozco bien a
Carlos, y aunque es muy terco sé que se habría detenido si yo hubiese sido
más firme… pero no lo fui… y sobre su pregunta… – volvió a bajar la mirada,
esta vez roja como un tomate – pues… si…
¿Si?… ¿si qué?… ¿qué pregunta?
Usted sabe "qué pregunta"… "¿está esperando que me le tire encima?"… y
la respuesta es si… – entonces se abrió la bata por el frente y la dejó
caer.
Me quedé frío y de nuevo con cara de idiota (creo
que ya es algo común en mi), incrédulo y casi conmocionado, ¡Sasha estaba
totalmente desnuda, sentada en la sala de mi casa y, ofreciéndoseme! ¡Dios mío,
¿acaso había despertado en la dimensión desconocida esa mañana?! ¿Qué se hace en
un momento así, qué se puede pensar en un momento así? No mucho, la verdad, no
mucho
.
"Bueno, yo estoy caliente y ella está dispuesta, y
era solo cosa de tiempo para que el Ko la convenciera de participar" me dije
mientras me ponía de pié y me sentaba a su lado, pero aun sin atreverme a ir más
allá a pesar que el pantalón ya me iba a estallar. Pero fue ella la que tomó la
iniciativa y me comenzó a acariciar la pierna, aunque todavía bastante tensa y
sin despegar los ojos del suelo. La dejé hacer, comenzó sobre mi rodilla, pero
poco a poco su mano fue subiendo hasta comenzar a acariciarme mi verga por sobre
el pantalón, encontrándosela parada y dura.
Entonces subió la mirada, su cara ruborizada se
encontró con la mía, supongo que también ruborizada, me esbozó una leve sonrisa
y susurró algo así como "¿qué me hiciste Carlos?" mientras se acercaba para
besarme. Ahora yo también la toqué, probé el tacto de la piel morena de sus
muslos, firmes y rotundos como un par de columnas, la sentí suspirar mientras
nuestros labios estaban unidos y ella tenía los ojos cerrados. Continué
acariciándola y subiendo cada vez mas mi mano hasta que mis dedos al fin se
encontraron con la delicada piel de su feminidad… no tenía vello púbico.
Carlos me pidió que me lo rasurara… – me explicó roja como un tomate –
No sé qué me hicieron ustedes 2, pero ahora ya no me puedo detener… –
agregó.
A Sasha le encantó esa caricia, me tomó la mano y
comenzó a guiarla, apretándola contra su vulva que se iba mojando cada vez más.
Pronto logré meterle 2 dedos entre la vagina y empecé a realizar el conocido
movimiento de pistón con el que logré enloquecerla. Comenzó a gemir, poniendo
los ojos en blanco y mordiéndose los labios, ahí sí noté claramente cómo su sexo
se iba inundando y como toda ella aumentaba su temperatura. Era una verdadera
belleza, una diminuta diosa de placer morena y de cabello lacio, ojos oscuros,
nariz redonda y pequeña y boca delgada y también pequeña, que respiraba y
suspiraba en mis manos, inflando y desinflando ese pecho donde descansaban 2
pequeños senos.
Tuve la intención de hacerla acabar pero ella me
detuvo, me empujó hasta dejarme acostado boca arriba en el sofá y comenzó a
acariciarme. Cerré los ojos mientras su delgada mano recorría mi cuerpo,
iniciando en mis piernas y subiendo lentamente hasta llegar a mi sexo.
Suavemente me bajó el cierre y metió su mano entre mi pantalón, encontrando mi
caliente y ansiosa verga, sentí que su respiración se agitaba. Abrí los ojos y
la vi bajando lentamente llevándosela a la boca, pero metiéndose solo la
puntita. Me la chupó muy suavemente, como si fuese un caramelo, lamiendo y
succionando al mismo tiempo mientras me masajeaba el tronco frotándolo
vigorosamente. Empezó tímida, pero tras un rato no muy largo ya lo hacía como
toda una profesional, estaba claro que el Ko le había enseñado bien.
Por mi parte metí mi mano bajo su cuerpo y le
agarré las tetas, tomé uno de sus morenos y puntiagudos pezones, en medio de
unas oscuras y anchas aureolas, y me puse a acariciarlo lentamente con
movimientos circulares, a apretarlo con mis dedos. Sasha tenía los pechos muy
sensibles, el menor roce le transmitía sensaciones muy placenteras por lo que
mis caricias la obligaron a sacarse mi verga de la boca para gemir y pedir más.
¡¡¡AAAAAHHHHH, Ricardo, sos muy bueno, AAAHHHHH, qué ricoooohhhh!!!
Me incorporé y la rodeé con mis brazos besándola
apasionadamente. Luego tomé una de sus tetas y me la llevé a la boca, se las
chupé con fuerza, le succioné los pezones y se los mordisqueaba suavemente al
mismo tiempo. Era un placer sentirlas en mi boca, jugar con mi lengua con ese
pezón puntiagudo, oírla en sus lamentaciones de placer. Sus gemidos aumentaron,
me pedía que se las chupara y apretara con más fuerza, y yo dándome un festín
con las chiches de la novia de mi mejor amigo.
Me detuve un momento y me puse de pié para sacarme
la ropa, en un santiamén quedé empelotado igual que ella. Sasha aprovechó para
explayarse en el sofá y quedar con las piernas abiertas y ofrecida a mi. Apenas
volví a ver su rasurada cuca y me lancé sobre ella, arrodillado en el suelo me
puse a lamerlo a mis anchas. Ella me aprisionó la cabeza con sus manos y se
abrió completamente de piernas para darme todo el espacio que necesitara.
Recorrí con la legua y los labios su sexo por todo lo largo, lenta e
intensamente, me bebía los abundantes jugos que ya se le estaban saliendo a
chorros y me puse a "roer" delicadamente su clítoris. Sasha se entregó
completamente al placer y, agarrándome fuertemente de la cabeza, alcanzó un
intenso orgasmo que yo me tragué completo.
¡¡¡AAAHHH, AAAHHH, AAAAAYYYYYYGGGGHHHHHHH!!! ¡¡¡¡AAAAAAHHHHH, QUE RICO,
QUEEEERRRIIIIICOOOOUUUGGGHHHHHH,!!!! – se revolvía como un gusano y me
aprisionaba la cara contra su sexo chorreante con fuerza, casi no me dejaba
respirar.
Su orgasmo me enardeció, aumento mi calentura hasta
que casi perdí el control. Con un brusco empujón me separé de ella, que aun no
había terminado de agitarse enloquecida. Le separé las piernas y las levanté y
así la penetré sin ninguna contemplación. Inesperadamente se sintió
completamente llena y hasta el fondo, aunque no creo que le haya dolido pues
estaba anegada en exceso, sencillamente abrió los ojos como platos, irritados y
vidriosos, y los clavó en mi sin dejar de gritar, por lo visto esa súbita
penetración prolongó el placer de su clímax.
¡¡¡¡UUUOOOOGGGHHHH… DIOS MÍO… OOOOOGGGGHHHHH!!!! ¡¡¡¡PARTIME POR
LAAAAAMIIIITAAAAAADDDDDGGGGHHHHH… AAAHHHH!!!! – me pedía entre gritos.
Levantándole las piernas en el aire, bien sujetas
de las pantorrillas, me harte de apalearla una y otra vez, con furibundas
embestidas que le llegaban hasta el fondo. Sus pequeños senos morenos se mecían
con violencia con cada una de mis embestidas, firmemente sujetos en su pecho.
Entre gritos se las tomó y empezó a restregárselos con fuerza y a pellizcarse y
jalonearse los pezones. Era algo extraordinario, nunca había visto algo así,
parecía que la muchacha aun no había parado de orgasmearse, parecía como si su
orgasmo se hubiese prolongado indefinidamente y su calentura hubiese aumentado
hasta niveles más allá de mi comprensión. No dejaba de gritar ni de pedirme más,
sus ojos, muy abiertos, brillaban con la misma vehemencia que tenían cuando
iniciaba su clímax, esa muchacha era increíble.
La cambié de posición rápidamente, la puse de
costado hacia el respaldo mientras yo me tendía detrás de ella. Levanté su
pierna izquierda mientras volvía a meterle la verga. Me aferré a sus tetas desde
atrás, se las apretaba y tiraba fuerte, creo incluso que le dolió, pero ella en
vez de quejarse se excitaba más.
¡¡¡MAS, MAS, MAAAASSSGGHHHH… AAHH, AAHH, OOHH!!! ¡¡¡ME ENCANTA RICKY, ME
ENCANNNNNTAAAAGGGHHHH, OOOHHH!!!
¡¿Te gusta que te domine, perra?! – le pregunté, creo que confundiéndola
con mi madre pues era a ella a la que le hablaba así mientras cogíamos.
¡¡¡¡SSSSIIIIIIIIIIIIHHHHHH, ME ENCANTAAAAAHHHHHHH!!!! ¡¡Someteme más,
dame más Ricardo, HOY YO SOY TU PERRA, TU PEEEEERRRRAAAAGGGHHHHH!!
Por la fuerza de mis embestidas su menudo cuerpo
fue empujado hacia abajo y de pronto me vi encima de ella, pero Sasha estando
boca abajo. Ella misma se abrió las nalgas con las manos para que la pudiera
penetrar nuevamente sin problemas. Le comencé a dar de nuevo, apoyado sobre mis
brazos estirados le estrellaba con violencia las caderas sobre su gran trasero,
redondo y mullido, mientras ella mordía el asiento. Desde mi altura le podía ver
esa estrecha cintura que tenía, que contrastaba notablemente con esas caderas
rotundas que llevaba más abajo, de las cuales salían un par perfecto de piernas
largas y torneadas y de muslos gruesos. Gozaba como un loco montándola, pero ya
no podía seguir más.
¡¡¡YA CASI, YA CASI SASHA, VOY… VOY… AAHH, AAHH, VOY A ACABAR!!! – le
dije.
¡¡¡DALE, DALE, LLENAME DE LECHE HIJUEPUTA, PREÑAME INFELIZ… AAAHHH,
AAAHHH!!! ¡¡¡ LLÉNAME DE LEEEECHEEEEEHHHHH!!!
¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHH, SAAAAAASHAAAAAAAGGGGHHHHHH, AAAAAHHHHHH!!!! – le
saqué la verga de adentro y acabé en medio de un fuerte y violento estertor,
derramando chorros de blanca y espesa esperma sobre su culo y su grupa.
Hasta yo mismo me sorprendí de la cantidad que eyaculé, pero era normal con
la gran calentura que tenía.
Estaba agotado, cubierto en sudor (ella también) y
jadeando casi sin aire, sentía que el corazón se me quería salir por la boca.
Perdí el equilibrio y caí estrepitosamente en el suelo mientras ella se quedaba
igual, con los ojos cerrados y su rostro de putita aun congestionado por el
placer. La verdad me olvidé de todo a mi alrededor, no tenía más cabeza que,
que… bueno, que la cabeza de hongo de mi verga, así que obviamente no estaba
para pensar en nada, más bien para quedar profunda y plácidamente dormido… si no
hubiese sido por un desgarrador grito que me hizo pegar un salto, había alguien
viéndonos desde el ventanal de la sala… ¡mi madre!
Continuará…
Ricardo David.
(Garganta de Cuero).
Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi
correo electrónico, besos y abrazos.
LA PLUMA Y EL GRIFO
Corría el año 1948. En un municipio cualquiera del
estado de Alabama, Peter Johnson, un secretario del ayuntamiento, y Gervase
Bauer, el fontanero del pueblo, como casi todos los sábados por la mañana, se
acercaban a la orilla del lago a pescar y a pasar el día. No demasiado temprano,
Gervase se levantaba de la cama, se aseaba, desayunaba, y se echaba al hombro
los útiles de pescar y un picnic que su esposa le había preparado la noche
anterior. De camino al lago, Peter recogía a su amigo. Se saludaban y marchaban
en pos de los peces que pudieran traer a casa.
- ... pues me querían enviar a Guadalcanal.- Explicaba
Gervase a Peter.- Menos mal que me dijo: "chico, te voy a hacer un favor
devolviéndote a tu hogar."
- ¿Y qué pasó?- Preguntó Peter.
- Mi sargento firmó unos papeles como que la herida en
la pierna me imposibilitaba para luchar en el frente. Tenías que haber visto la
cara de Nora cuando me vio aparecer por la puerta de casa.
Por el camino se cruzaron al granjero Copland. Se
saludaron mutuamente y la pareja continuó en dirección al lago.
-La pobre se quedaría blanca…
-¡No sabía cómo reaccionar! Aquella noche lo hicimos y
todo. Hizo falta toda una guerra para reconciliarnos, ¿no crees?
Peter no contestó.
-Si no es por ese hombre, no lo habría contado. No
hubiese vuelto a ver a Nora, ni al pequeño Gervie. De la que te salvó la
tuberculosis.
-¿Qué tal está el niño? Ya estará hecho todo un
hombrecito.
-Pues está muy crecidito desde la última vez que lo
viste. Ya tiene ocho años. Lo que pasa es que la escuela la lleva un poco mal.
-¿Por qué?
- No se le da bien estudiar. Dice su profesora que es
buen chico, y estudia, pero le cuesta aprenderse los ríos, y las matemáticas las
aprueba a duras penas.
Se cruzaron con la señora Elling. Ésta no les devolvió
el saludo. Peter pensó que era una anciana algo antipática, y Gervase, que desde
que enviudó no hablaba con nadie.
-Aun así, dice que quiere ayudar a los demás, que
quiere ser médico. Tal vez acabe trabajando conmigo, pero espero que no acabe en
la fábrica de cola.
-van a cerrar la fábrica de cola.- Informó Peter a su
amigo.
Gervase lo miró atónito. No se lo podía creer.
-¡¿En serio?!
Peter asintió. No era ninguna broma.
-Sobrevivió a la guerra… ¿Y la cierran?
La fábrica de cola "Stendal" era una importante
manufactura de bricolaje que estaba generando empleo en toda la comarca desde
1909. Había sobrevivido a las dos guerras, al desastre económico del
veintinueve… pero no a una pésima gestión económica, generada por la nueva
progenie Stendal, derrochadores natos de la fortuna de la dinastía.
Diletantes.
En ese momento, se cruzaron a lo lejos con Ron Mc
Behn, el lechero. Se saludaron mutuamente, como de costumbre.
-¿A pasar el día? – les gritó el ganadero.
-Sí, a pescar.- Dijo Peter señalando su caña.
-Sí, sí, pescar.- Sonrió Ron con cierta sorna,
mientras se despedía de los viajeros. Peter lo encontró extraño.
-Eso último ha sonado con retintín, ¿no?
-Bah, no le hagas caso.- Contestó Gervase, perdiendo
cuidado. – Ya sabes cómo es Ron… y su humor. Yo nunca lo invitaba a mis fiestas
de cumpleaños.
Por fin, Peter y Gervase llegaron a la orilla del
lago. Era un lago pequeño, pero con abundante pesca. Se encaminaron a la zona
donde solían instalarse, un lugar apartado y tranquilo, algo sombrío tal vez por
la espesura de la arboleda.
-Pero entonces, ¿qué va a pasar con todos los
empleados? Hay pueblos enteros que sólo trabajan en la fábrica.
Peter no contestó, por desconocimiento. Dejó su caña
de pescar en el suelo, el cual comenzó a aplanar, quitando ramas y piedras.
-Míralo por el lado bueno… tu hijo no acabará allí.
Gervase cogió la caña de pescar de su amigo, y, sin
poner cebo, lanzó el anzuelo al agua. Dio un poco de hilo del carrete, para una
mejor angulación, y enterró parte del mango en el suelo.
-Haré todo lo posible porque mi hijo se vaya de este
pueblucho. –Juró el padre, mientras hacía lo mismo con su caña.- Reuniré todo el
dinero que pueda para su futuro, aunque tenga que desatascar más tuberías o
cobrar las piezas más caras.
-Pero entonces, tu hijo tendrá que estudiar fuera… -Le
informó Peter, mientras desplegaba una manta y la extendía en el suelo. –Tendrá
que ir a la Universidad.
-No tiene por qué, -le respondió su amigo, acabando de
fijar su caña de pescar al suelo. –Yo sólo quiero que salga de aquí y vea mundo.
-Y ¿a qué quieres que se dedique ahí fuera?
-Que se gane la
vida como él quiera. Mientras sea algo legal y no haga daño a nadie…
Peter dejó las cestas de la comida dentro de la manta,
para no atraer a las hormigas. Se acercó hacia su amigo.
-Esto ya está. – Dijo el fontanero mientras se
levantaba del suelo, mirando las cañas. –Ahora ya…
"A esperar a qué piquen" murmuró, mientras notaba los
labios de Peter acariciar su cuello. No tardó en imitarlos las finas manos del
secretario, que servían para algo más que para mecanografiar cartas.
Gervase se dio la vuelta y sonrió a su amante,
llevándoselo hasta la manta que tan cuidadosamente había instalado éste en el
suelo. Allí, en su efímero nidito de amor, retozaron un buen rato, hasta que a
Gervase se le antojó algo más sustancioso. Comenzaron a desnudarse.
Peter se bajó los jeans. Debajo de éstos, vestía unos
bóxer nuevos muy coloridos, a rayas azules y blancas. Gervase exclamó algo, le
habían llamado la atención.
-¿Te gustan? Son de ese tejido nuevo, Rayón, creo que
se llamaba.
Gervase se acercó de rodillas a su amante.
-Me encantan… y me excitan.
Gervase agarró la goma de la ropa interior de su
compañero y la bajó hasta el suelo, dejando todos los genitales de éste al aire.
Comenzó a felar al secretario, con brío pero con delicadeza. Peter se acomodó,
ayudando también a su amigo a invadir su espacio bucal más fácilmente.
A Gervase le gustaba mucho el pene de Peter: era muy
largo aunque fino, con el tronco recto hasta que se torcía casi de inmediato
hasta el ombligo. Dicha forma hacía que el glande le cosquilleara el velo del
paladar, lo cual a veces a Gervase se le atragantaba un poco, pero aun así era
una sensación placentera.
No tardó también Peter en saborear el cuerpo de su
amante: ambos se dieron placer genitalmente con sus bocas, tumbados de lado uno
mirando el bajo vientre del otro. Tampoco tardó mucho Gervase en adoptar su
postura favorita: Peter se sentó en el suelo, mientras que su amante le miraba
de frente, sentado sobre su vientre mientras le abrazaba y le decía cosas al
oído.
-Desatáscame- le susurró el fontanero.
Gervase se reafirmaba acerca de los genitales de su
amante: por lo visto, aquella torcedura tan extraña (el fontanero siempre decía
que a Peter se le rompió el hueso del pene, y éste soldó mal) hacía que el
glande del secretario acariciase la zona intestinal del fontanero por donde éste
tenía su enorme próstata.
-sigue así, que tú puedes.- Le alentaba el fontanero.
Acerca de una tuberculosis que superó, Peter tenía problemas respiratorios, con
lo que a veces tenían que parar de practicar el sexo para que éste respirase con
éxito. Por eso, Gervase animaba de vez en cuando a su compañero de alcoba. Aun
así, Peter solía llevar muy bien el ritmo, acelerando sólo cuando ambos lo
necesitaban.
En contraste a la fina respiración de Peter, el
poderoso pecho de Gervase subía y bajaba, se hinchaba y deshinchaba cada vez
más. El fontanero notaba desfallecer, pero el mismo placer se lo impedía.
Entonces, creyó ver algo que nunca antes había visto: una de las cañas de pescar
se movió un poco, dibujando unas ondas en el agua que fueron desapareciendo
libremente. ¿Había picado algún pez?
"Para recoger hilo estoy yo ahora" pensó fugazmente el
sodomizado.
-Ya voy, ya voy… - balbuceó Peter entre gemidos.
-¡Aún no, aguanta! –Le avisó su compañero.
Cada vez que practicaban sexo juntos, lo solían hacer
en esa postura. Entonces, cuando Peter eyaculaba, lo hacía dentro de Gervase,
sintiendo éste perfectamente cómo los chorros de esperma de su compañero
salpicaban su próstata. Ello hacía que una explosión de placer se expandiera por
todo el cuerpo del fontanero desde esa zona erógena, eyaculando también él casi
de seguido de forma inevitable.
Y esta vez no pudo ser distinto: cuando el intestino
de Gervase sintió aquel líquido a presión, su dueño sintió que le faltaba la
respiración. Echó la cabeza hacia atrás, y, con la mandíbula casi desencajada y
los ojos en blanco, dejó salir espasmódicamente aquel vital líquido que una vez
le creó progenie. Manchó el abdomen del secretario.
Ambos se desacoplaron, mientras recuperaban el
aliento, y se sentaron en la manta.
Definitivamente, a Gervase le gustaba ir a pescar los
sábados por la mañana.
Un poco más tarde, Gervase y Peter se preparaban para
comer. Lo hacían sentados en la manta, completamente desnudos.
-Esto me recuerda al cuadro de Manet del "Desayuno
Campestre" reflexionó distendidamente el funcionario.
-No lo conozco.- alegó el trabajador. – ¿También
aparecen dos señores comiendo como sus madres les trajeron al mundo?
-No, sólo una señorita.- Contestó Peter. -¿Qué te ha
preparado Nora?
Gervase sacó la tartera de la cesta, junto con un
termo lleno de sopa. Abrió la tartera.
-Ensalada de patatas- dijo, alegrándose.
-Yo traigo un simple bocadillo de jamón, y aun encima
sin mantequilla.- Dijo Peter con desgana.- Rose no me ha podido preparar nada
porque está menstruando, y ya sabes cómo se le descompone el cuerpo durante el
ciclo.
Gervase le ofreció ensalada a su amigo, pero no
aceptó. Sí lo hizo con la sopa, compartiéndola.
Mientras comían, Peter estudió a su compañero: Gervase
era casi un decímetro más alto que él, y también pesaría diez o quince kilos
más. Era robusto, de espaldas anchas, pecho poderoso y brazos fuertes. Su
abdomen era casi tripudo, y lucía algunos michelines, pero tampoco demasiado.
También tenía las piernas musculosas, las caderas anchas y el trasero grande,
aunque no redondo, sino más bien cuadrado. Poseía vello por casi todo el cuerpo,
y era barbudo, aunque se afeitara todos los días. Muy viril en general, pues
apenas lucía ningún tipo de afeminamiento en sus gestos, o en su habla. Todo un
macho, una máquina de fabricar hijos a simple vista. Y entonces ¿Por qué
disfrutaba tanto del sexo de forma tan parecida a las mujeres? En la inmensa
mayoría de las ocasiones, el que acababa con un pene dentro de él, y utilizaba
posturas en las que un hombre deja de llamarse hombre, era precisamente el
desatascatuberías.
El funcionario, sin embargo, era enjuto y bajito.
Barbilampiño, apenas lucía vello salvo en las zonas comunes y una pelusilla en
el pecho. También apuntaba ciertas maneras femeninas. Realmente, debía ser al
revés, pero en todos los años que vivían aquella prohibida, insana e intensa
relación, ambos habían pactado que fuera el pene de Peter el que acariciase la
próstata de Gervase, y los gruesos y masculinos labios y el gran ano del
fontanero quienes rodeasen el pene del funcionario.
-¿En qué piensas?- Le interrumpió Gervase. Peter dio
un pequeño respingo.
-En nada importante.
Mientras acababan de comer, Gervase intentaba analizar
cómo habían llegado a esa relación: el fontanero probó la experiencia homosexual
la primera vez en el campo de batalla, allá en la guerra; demasiados hombres y
ninguna mujer. Viendo que aquello le gustó más que con su mujer, la cual se
llevaba con ella como el perro y el gato, y, habiendo aprendido en las
trincheras a interpretar ciertas "señales", Gervase conoció a un funcionario del
ayuntamiento recién trasladado al pueblo que cumplía cada una de éstas. Se
relacionaron, se hicieron amigos, y, viendo que la cosa parecía funcionar,
decidieron continuar juntos.
-Pues ya hemos comido- sentenció Gervase mientras
recogía su menaje del picnic.
-A mí me está entrando frío.- Señaló Peter, mientras
su escuálido cuerpo comenzaba a tiritar.
-Conozco una manera de entrar en calor… - Apuntó su
compañero con una sonrisa pícara.
Gervase se acercó a su compañero, lo abrazó con sus
potentes brazos y le besó de la manera más voluptuosa y lasciva que conocía.
Para ello utilizó la lengua y todo su potencial sexual.
-Ahora, tengo menos frío.- Apuntó Peter tras recuperar
el aliento.
No tardaron en volver a practicar sexo. Esta vez,
Gervase, tumbado boca arriba, con los brazos y las piernas separadas, era
sodomizado por su compañero. Era la segunda postura favorita de Gervase, porque
los masajes prostáticos también eran frecuentes. Tan frecuente como el final,
idéntico al acto sexual practicado horas antes.
Mientras tanto, la caña volvió a moverse.
El sol comenzaba a esconderse tímidamente. Dentro de
poco, su luz dejaría de brillar y de iluminar el lago, el bosque y todo lo que
solía estar bañado por ella. Sobre el suelo, la pareja, vestidos únicamente con
otra manta que les resguardaba de la inminente bajada de temperatura, miraban
las coloreadas nubes. Tumbado boca arriba, y con un antebrazo tras la nuca,
Gervase miraba el cielo. Peter descansaba su busto sobre el pecho del fontanero.
-Cada vez se nos hace más tarde volver a casa.- Pensó
Gervase en voz alta.
-Cada vez tengo menos ganas de volver a casa y más de
estar contigo.- Musitó Peter. Gervase le besó en la cabeza, en señal de
asentimiento.
-Pero habrá que hacerlo tarde o temprano.
Peter asintió tristemente. Pasaría otro fin de semana
más aguantando a Rose, otra semana completa firmando papeles, mecanografiando
cartas y presupuestos, y cuando volviese el sábado…
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Peter.
Como si hubiese leído el pensamiento de su amante,
Gervase apuntó que el sábado siguiente no podrían quedar.
-Viene mi suegra…- Apuntó Gervase, ladeando la cara y
metiéndose el dedo en la boca para imitar el vómito.
En otras circunstancias, Peter se hubiese reído, pero
su compañero vio un semblante de tristeza reflejado en el oficinista. Así, el
fontanero abandonó su postura supina, se subió encima de su amante y comenzó a
comerle a besos.
-Aprovechemos hasta el último minuto… que no nos
volveremos a ver hasta mucho tiempo.
Así, Gervase recorrió con sus manos y su boca toda la
anatomía que pudo de su amante. Cuando notó que sus genitales comenzaban a
erigirse de nuevo en ese día, comenzó a frotar el ano de Peter con su pene
ayudado de sus caderas. No llegó a penetrarlo.
Aquello le gustaba a Peter. Después de haber penetrado
al fontanero por tercera vez (esta vez a cuatro patas, como los perritos), su
exhausto aparato genital descansaría.
Gervase tardó en cansarse del jueguecito sexual.
Cuando lo hizo, volvió a tumbarse y besó a Peter.
-Ya está.- Dijo. –No más; que si no, la tarta
empalaga.
Peter asintió.
-Ahora a volver a la vida rutinaria de siempre…-
Murmuró Gervase
. -¿Por qué no podrá pararse el tiempo para poder quedarnos
juntos tú y yo para siempre?
-ojalá…
De repente, a Peter se le ocurrió una idea. Se levantó
del "nidito de amor", se acercó a las cañas y las desenterró, recogiendo ambas
(primero una y luego la otra). Después, cogió una navajita que Gervase siempre
guardaba en la cesta de la comida, y comenzó a cortar el cordel de nylon de una,
y luego de la otra. Cuando los tuvo seccionados, cortó parte del corcho de una
botella de vino que había traído él mismo, clavando un trocito de éste en cada
punta. Más tarde, anudó las partes de cada cordón.
En un breve espacio de tiempo, Peter había creado dos
colgantes idénticos.
-Esto nos recordará, cuando no estemos uno cerca del
otro, lo mucho que nos queremos.- Dijo el mañoso oficinista a su amante,
mientras colgaba uno de sus inventos del cuello de su compañero.
El fontanero cogió de las manos el otro colgante.
-En señal de compromiso… como si estuviésemos casados.
Sí quiero.
Ambos se sonrieron y se besaron.
Y, por fin, tras la ceremonia al atardecer, los amigos
se vistieron, levantaron el campamento y marcharon hacia la ciudad.
-Pues dice la profesora de Gervie que le cuesta
estudiar, pero que en los deportes se defiende bastante bien.
-¿Ah, sí? A lo mejor no marcha a la universidad, pero
se convierte en un deportista de élite.
-No sé… suena bien.
Tras volver por el camino andado aquella mañana,
Gervase llegó a su casa. Abrió la puerta, avisó de su llegada y dejó los útiles
(cada vez más inútiles) de pescar en un rincón de la casa, al lado de la puerta
de la calle. No tardó en recibirlo su hijo, Gervase Junior, con una amplia
sonrisa y un abrazo por la cintura.
-¡Hola, papá!- gritó el niño de entusiasmo. -¿Has
traído algún pescado hoy?
-No, grandullón.- Explicó muy afablemente el padre a
su hijo mientras despeinaba su cabeza. –Ya sabes que los peces que pescamos los
devolvemos al río.
-¿Por qué?
-Porque esos peces tienen mujer e hijos, y prefieren
pasar la tarde con su familia que sazonados en una sartén.
El niño se rió. El padre no tanto, pues delante de él
vio el porqué de la poca gracia: su esposa, Nora, yacía apoyada en la puerta de
la cocina, con esa cara reprobadora que ponía cada vez que su marido intentaba
pasárselo bien fuera de casa. Tenía los brazos cruzados.
-Nadie diría lo mismo de ti. La cena está recalentada
pero servida.
Gervase intentó excusar el retraso que había tenido al
volver para su casa, pero, su agria esposa se limitó a ignorar las excusas y a
entrar para la cocina. No había más remedio que seguirla y sentarse a la mesa.
Una vez comenzada la cena, coles de Bruselas con
beicon, Nora le preguntó a su marido si recordaba que al sábado que viene venía
su madre. Gervase, afirmativamente, le dijo que no se le había olvidado, que no
iría a pescar.
-A la que viene tal vez sí vaya.
-¿Puedo ir con vosotros?- Preguntó Gervie con una
sonrisa.
Gervase no supo qué contestar en ese momento.
-Es que allí hablamos de cosas de mayores… y hay que
esperar mucho mientras pican… te ibas a aburrir.
Gervie insistió. Incluso pidió permiso a su madre, con
la consiguiente estrategia "por favor" repetido hasta la saciedad.
-Los dibujos esos de astronautas los echan los
sábados. –Apuntó la madre a su hijo. -¿No querrás perdértelos?
-Pero…
-No.
-pero…
-¡He dicho que no! Y no hay más que hablar.
Gervie se calló. Se cruzó de brazos y miró malhumorado
el plato.
Al día siguiente, Gervase se levantó de la cama, se
aseó, se vistió y bajó a desayunar. Como todos los domingos, Nora no movía un
dedo con la cocina en todo el día, así que Gervase preparó un tazón de cereales
para él y otro para su hijo. Se fue al salón, se sentó en el sofá y encendió la
tele. Sumergido en el hastío de un domingo monótono y aburrido como cualquier
otro, se hizo la hora del almuerzo mientras mataba las horas delante de la caja
tonta.
Sus tripas gimieron.
"Ya es hora de meter combustible al cuerpo", pensó.
"Voy a picar algo".
Justo en ese momento, el teléfono sonó. Gervase lo
descolgó y preguntó quién se atrevió a romper su monotonía dominical. Era Max,
el encargado general de la fábrica de cola. Por lo visto, tenían una emergencia
sanitaria y necesitaban los urgentes servicios de un desatascador.
-¿En domingo?- Preguntó Gervase. – Estoy descansando.
-Es que mañana vendrán los dueños… -Explicaba el
gerente a su contratado. –Ha habido un problema con el agua… -hazte cargo… yo
también estaba en mi casa descansando…
Al final, Gervase aceptó a regañadientes. Tendría que
trabajar aquel día santo. Eso sí, cobraría las horas más caras. Así, se medio
despidió de su familia, alegando que no tardaría en volver, se montó en la
furgoneta y se encaminó de mala gana hacia la fábrica de cola.
Más tarde, Matt, Gerry y Paul llamaron a la puerta de
la casa de los Bauer. Paul preguntó a Nora que si Gervie podía salir a jugar.
Nora preparó un bocadillo de buey asado para su hijo y los cuatro amigos se
fueron a la plaza del pueblo con una pelota.
El tiempo transcurrió.
Y entonces, sucedió. Por un leve instante, el efímero
estruendo rompió la tranquilidad de la tarde de domingo. El rojo hizo acto de
presencia, y la vida se tiñó de blanco. No tardó en aparecer el negro.
Momentos más tarde, después de que los amigos
marchasen al altozano a jugar soccer, al río a cazar lagartijas, a comer
manzanas de la Señora Behn, y a escalar las lomas del pueblo vecino, el pequeño
Gervie volvía a su casa. No quería llegar tarde, de lo contrario le aguardaría
el mismo destino que sufrió su padre el día anterior.
Todavía quedaba un poco de luz natural. ¿Por qué,
entonces, las calles estaban desiertas? Gervie pudo observar que apenas había
movimiento por las calles. Sólo veía a la gente nerviosa, triste, asustada. Era
algo que no se veía todos los días en el pueblo. ¿Habría sucedido algo raro?
Por fin, llegó a su casa. Abrió la puerta, entró,
gritó que ya había llegado y vio aquella imagen que nunca olvidaría en toda su
vida: la de su madre, abatida en el sofá, pegada al teléfono, conteniendo las
lágrimas. Realmente algo había sucedido.
-¿Qué pasa, mamá?
Su madre tardó en contestar. Lo hizo con toda la
frialdad que pudo encontrar.
-La fábrica de cola ha explotado… se ha producido un
incendio. Nadie sabe aún nada de las víctimas.
Desde entonces, Gervase Bauer Junior se convirtió en
un niño triste. Enterraron los restos de su padre, e intentaron hacer la vida
como buenamente pudieron. Ha intentado vivir con su orfandad como ha podido: no
tuvo el valor necesario para confesarle a su madre su homosexualidad, vagando de
tugurio en tugurio clandestino intentando llenar con sexo masculino el amor que
su padre no pudo continuar dándole. Con la revolución de los años setenta,
aquello cambió, y Gervie, recién cumplidos los treinta, prosperó y trabajó en el
cuerpo de bomberos. Pero una grave lesión que le impidió continuar ayudando a
los demás, y una extraña enfermedad que atacó la mente de su madre le hizo
volver a caer en la mala vida. Encontró trabajo de celador en el hospital donde
su progenitora estaba ingresada. Más tarde, conoció a Mike, que le habló de la
productora de Loggan, y el resto… ya se conoce.
FIN
PERO… QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE AQUELLA TARDE?
"Vaya rollo, trabajar en domingo" se lamentaba,
hambriento y malhumorado, Gervase mientras conducía hacia su destino. "Y aun
encima en la fábrica de cola, con lo ricos que son y lo mal que pagan…"
De repente, cuando se acercaba hacia el puente que
cruzaba el río, Gervase pudo ver algo cerca de éste. Era una persona, apostada
en la barandilla de éste, mirando al río. Al fontanero le pareció que conocía a
esa persona.
Era Peter.
Gervase frenó y detuvo la camioneta. Tocó al claxon un
par de veces. Llamó a su amigo. Éste, con la cabeza gacha, pareció no percatarse
de la presencia del fontanero.
-¡Eh, Peter! ¿No me oyes?- Le gritó Gervase.
Peter comenzó a moverse. Pero su amigo, compañero,
confidente y compartidor de buenos momentos, lejos de incorporarse, darse la
vuelta y saludar al de la camioneta, intentó subirse a la barandilla del puente
a toda prisa, sin dar explicación alguna. Gervase no daba crédito a lo que
estaba viendo.
-Pero, ¿qué haces?- Gritó cuando adivinó lo que su
amigo intentaba hacer.
Gervase bajó de la camioneta a toda prisa y corrió
hacia donde estaba el futuro suicida. Peter ya había dado toda la vuelta a su
cuerpo, y sólo faltaba soltar las manos de la barandilla y dejar que el impulso
y la fuerza de la gravedad actuasen sobre su cuerpo para precipitarlo al vacío y
conducirle a otro lugar, de momento al fondo del río.
Peter sintió que algo le agarraba de las rodillas.
Intentó desasirse, pero aquello que lo aferraba a este mundo era demasiado
poderoso para él. Luchó con todas sus fuerzas por cumplir con su objetivo, pero
no había manera humana de conseguirlo. Cuando quiso darse cuenta, no estaba
sobre el río, sino encima de éste, jadeando en el suelo del puente del vano
esfuerzo por acabar con su vida. Algo se lo había impedido: Gervase Bauer.
-Pero ¿qué hacías... loco?- Reprendió el fontanero a
su deprimido amigo. -¿No ves que…
-Déjame.- Le interrumpió Peter. Sin mirar a su
salvador, se levantó e intentó acercarse a la barandilla del puente para
intentar otra vez su objetivo. Pero, con Gervase allí cerca, aquello era
imposible.
-Que te vas a matar…
-Déjame…- Volvió a exigir el frenético suicida.
Forcejeó para librarse de los potentes brazos del que fue el hombre más
importante de su vida.
De repente, Peter sintió cómo la violencia se
estrellaba en su rostro. Había recibido una bofetada de Gervase. No fue
dolorosa, pero sí ayudó, en cierto sentido, a calmar y centrar mental y
emocionalmente a la persona que no dudaba ni un solo instante en quitarse la
vida.
- ¡¡Te quieres dejar de gilipolleces y contarme de una
puñetera vez qué coño te pasa?!- Bramó Gervase.
Peter se echó a llorar desconsoladamente. No podía
aguantar más.
-Anoche tuve una discusión muy grave con Rose.-
Confesó Peter entre sollozos.- Vio el colgante que hice y me preguntó que qué
chorrada era eso. Como no le quise contestar, lo hizo ella por mí.
"¿Qué crees, que no sé qué hacéis el fontanero y tú en
el lago? ¡Si todo el pueblo lo sabe!"
Gervase se quedó de piedra. No sabía cómo reaccionar.
-Yo no supe defenderme. No supe defendernos. Acabó por
gritarme que yo le daba asco. Y vergüenza. Salí corriendo de mi casa y no me
atrevo a volver.
Por lo visto, la extraña y pecaminosa "relación" que
Gervase y Peter vivían era un secreto a voces en el pueblo. Era algo que tanto
Rose como Nora debían aguantar en silencio en la peluquería de Loretta en forma
de indirectas, en el mercado, en el ayuntamiento, en la escuela… lo de la pesca
ya no se lo creía nadie.
Gervase cogió la mano de su amado y la acarició.
-La gente no entiende lo nuestro.
-¿Y qué hacemos?- Protestó Peter.
-No lo sé.
Hubo un incómodo silencio.
-Marchémonos de aquí.- Propuso Peter de repente,
rompiendo así el odiado mutis. – Vámonos lejos, donde nadie pueda encontrarnos.
¿Como? Gervase no podía creer lo que oía. Eso era una
gran barbaridad.
-¿Dónde?... ¿Cómo?... ¿cuándo?- Balbuceó el fontanero.
-A un sitio apartado, donde podamos vivir nuestro amor
sin que nadie nos odie.
-Pero eso es una locura…!
-Nuestro amor es una locura.- Argumentó el oficinista.
– Y aun así, está vivo, y siente. Por ti… contigo… haría todas las locuras del
mundo.
Gervase no se podía creer lo que estaba escuchando.
-Pero yo no me puedo marchar de aquí.- Explicó. –Tengo
una familia. ¡Tengo un hijo que criar!
Peter comenzó a entristecerse.
-Hazlo por mí… hazlo por tí. Yo sólo te tengo a ti.
Gervase no podía creer lo que le estaba sucediendo. La
vida le estaba poniendo a prueba. Tenía que tomar la decisión más importante y
dolorosa de su vida. Debía renunciar a su familia. Un silencio más incómodo que
el anterior, rozando la sepulcralidad pero con una tensión tan presente que se
podía cortar con cuchillo,
atenazó el puente.
Gervase suspiró, y, con mirada resignada, contestó:
-Está bien. Vámonos ahora mismo de este pueblo de
mierda.
Ambos amantes fugitivos se montaron en el vehículo del
fontanero, poniendo rumbo a un lugar desconocido y sin retorno. Gervase no
quería ni pensar en las consecuencias que traería su decisión. Ya tendría tiempo
de arrepentirse. Ahora, lo importante era dejar lejos el letrero que anunciaba
el nombre del municipio.
Para siempre.
FIN
EPÍLOGO.
En dirección a Florida, pero sin un rumbo fijo, la
camioneta de "Multiservicios Bauer S.L." cruzaba una desierta carretera. Era de
noche. Adentro, Gervase conducía despacio, debido a la ausencia de luz y a que
Peter, desde el asiento del copiloto, asía el brazo derecho del fontanero con
fuerza, como si no quisiera soltarlo, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en
su rostro. Ese tipo de sonrisas tontas de felicidad.
El humor de Gervase, sin embargo, distaba de ser
feliz.
-Cuando el señorito le venga en gana me puede ir
soltando el brazo;- Se quejó el piloto, malhumorado- Lo necesito para conducir.
Peter abandonó su estado de placebo para, asombrado
por la impertinencia, hacer caso a su antipático amor. Preguntó el porqué de
aquella contestación.
-Tú estás muy feliz con tu decisión, pero yo no. No es
fácil dejar atrás una familia.
-También podías haber dicho que no, que quieres seguir
viviendo en un pueblo de paletos, con un trabajucho esclavizante, con una mujer
que gasta bilis en vez de saliva, y con un hijo que…
Gervase detuvo el vehículo bruscamente.
-Ni se te ocurra decir nada de mi hijo - Amenazó con
el dedo el fontanero a su compañero de viaje. -Esto lo hago más por ti que por
mí, no lo olvides.
Gervase no podía dejar que Peter quisiera volver a
suicidarse. Se sentía responsable, porque una pareja siempre es cosa de dos.
-Esto lo haces porque me quieres.
-Pero también quiero a Gervie. Y Nora no es tan mala
como crees.
-Pues vuelve. Te prometo que no volveré a intentar
hacer locuras. Reharé
mi vida, y tú con la tuya harás lo que quieras.
Hubo otro silencio incómodo. Pero esta vez no fue
tenso.
Gervase comenzó a llorar, como nunca antes lo había
hecho.
-¿A quién pretendo engañar? Gervie sería señalado en
la escuela, en el trabajo, allá donde fuese:
"Ahí va el niño que su padre es marica". Es mejor que
me aparte de su vida cuanto antes.
-Es lo mejor. –Sentenció peter.
El fontanero continuó llorando desconsoladamente. Era
la viva imagen del dolor.
- Pero es que lo
echaré tanto de menos: me perderé su primer amor, su primer trabajo… Es duro
dejar atrás una familia. ¡Es muy duro!
- A partir de
ahora, tú serás mi familia y yo la tuya.
- así sea. – Murmuró Gervase, secándose las lágrimas.
Seguidamente, reanudaron el viaje a ningún lugar en concreto.
María respiraba agitádamente, el corazón le latía a
cien por hora y cada dos por tres se giraba para mirar por el cristal de atrás,
creyendo ver de nuevo aquellas miradas vidriosas o a el...
-¿Esta bien señorita?- preguntó el taxista de
repente, dándole un buen susto a la tensa chica.
-...Si, si, solo tengo prisa- respondió ¿qué podía
decirle?
-Ya queda poco, no se preocupe- replicó el
conductor mientras giraba por una esquina, María pudo ver su casa, un chalet
adosado situado en un barrio de las afueras, su familia tenía bastante dinero y
se habían mudado allí después de la muerte del padre.
-Aqu...-
-Si, si , gracias- dijo María con nerviosismo,
cortándole. Sacó de su cartera un billete grande y se lo dio antes de salir, sin
preocuparse por el cambio.
Descalza, corrió hacia su casa y buscó
frenéticamente las llaves en el bolso. Una sensación de inigualable alivio
recorrió su cuerpo cuando entró y cerró la puerta … a salvo. Tras tomarse unos
momentos para recuperar el aliento y tranquilizarse dejó el bolso en el suelo y
se dirigió al piso de arriba, donde su madre y sus hermanas debían estar
durmiendo. Sin embargo al llegar vio las tres habitaciones vacías. De inmediato
volvió a entrarle el pánico aunque pronto se recompuso, miró la hora, apenas
eran las dos, la mediana de las hermanas también salía esa noche y no sería la
primera vez que su hermana mayor y su madre se quedaban hasta tarde viendo una
película o algo así.
Repitiéndose eso como un tranquilizador mantra
María bajó de nuevo hasta la planta baja y de ahí al piso inferior donde tenían
un pequeño salón que comunicaba mediante una escalera con el jardín , era el
lugar mas agradable y tranquilo de la casa y muchas noches las habían pasado
allí, en familia.
Mientras bajaba las escaleras vio la luz salir por
el hueco de la puerta del salón y oyó la tele, si, estaban allí, pensó con
alivio. Suspirando al saberse al fín a salvo entró en la habitación.
-No os vais a creer lo q...-
Un escalofrío la interrumpió a mitad de la frase,
su hermana y su madre estaban allí, en pijama … erguidas las dos en rígidamente,
con todo el cuerpo en tensión, los ojos vidriosos, la mirada perdida y los
labios entreabiertos.
Con una aterradora precisión ambas giraron la
cabeza a la vez con un seco movimiento, clavando sus ojos en María. Esta
palideció al ver aquello.
-No...vosotras no...- dijo retrocediendo, pero cada
paso que daba hacia atrás ellas lo daban hacia adelante.
María se dio la vuelta y echó a correr pero unas
escaleras no eran el mejor lugar para huir, su hermana la cogió del tobillo con
mano de hierro y tiró de ella hacia abajo. María se revolvió mientras su hermana
y su madre la agarraban con una fuerza muy superior debido a su estado
hipnótico, María chilló pidiendo auxilio mientras la arrastraban al salón pero
al estar en aquel piso nadie podía oírla. El miedo la dominaba por completo
mientras veía como su madre y su hermana, con aquella mirada vidriosa y carente
de sentimiento, la inmovilizaban y arrastraban al salón, donde la sentaron en
una silla y la maniataron con cuerdas y cinta americana.
La chica, con las lágrimas corriendo por los ojos
llamó a su madre y a su hermana, suplicándoles que parasen, que no eran ellas,
no sirvió de nada. Su madre le tapó la boca con cinta antes de girarse y coger
su móvil. Marcó mecánicamente un número y se lo llevó al oído.
-La tenemos, amo- dijo con una voz hierática, como
la de una máquina.
Su interlocutor le respondió algo que María no pudo
escuchar.
-Si, amo- respondió su madre antes de colgar
-Debemos esperar- continuó diciendo a su hermana, esta asintió y las dos se
pusieron la una junto a la otra, frente a María, quien contempló entre lágrimas
como con movimientos calcados se despojaban del pijama y separaban las piernas,
levantando sus pechos con ambas manos en aquella postura tan terriblemente
familiar.
Su madre era muy parecida a ella físicamente, a
pesar de tener ya la cuarentena tenía un cuerpo envidiable del que destacaban
sus pechos, grandes y bien puestos a pesar de la edad. Su rostro era de pómulos
marcados, nariz recta y labios finos, atractivo en definitiva, estaba enmarcado
por una melena lisa azabache.
A su lado, su hermana mayor contrastaba con la
madre, tenía poco pecho aunque un buen culo y unas piernas que parecían
torneadas en piedra debido a su complexión delgada y fibrosa, su rostro era
excepcionálmente bello, de una sutileza tal que a su lado sus hermanas y su
madre parecían vulgares putas, aunque en eso Juan se había encargado de
igualarlas a todas.
Por mas que María trataba de hablar o gritaba a
través de su mordaza sus captoras no movieron un músculo. Al principio trató de
liberarse, de hacerlas entrar en razón pero solo se topó con ojos vidriosos e
inmobil desnudez. Pasada una hora ya había perdido toda voluntad y esperanza, y
poco a poco el sueño la fue venciendo hasta que quedó dormida sobre la silla.
Fue la luz proveniente del jardín la que la
despertó, cuando entreabrió los ojos y alzó la cabeza, dolorida por la incomoda
postura en la que había tenido que dormir, lo primero que vio fue que la
habitación había cambiado, la tele, que aún seguía encendida mostraba ahora el
menú de un DVD, en la mesa, antes vacía ahora había un ordenador portátil, pero
sin duda el cambio mas importante era la tercera figura que estaba junto a su
Rocio, su madre, y a Eva, su hermana mayor … se trataba de la hermana
intermedia, Carla. Su cuerpo era similar al de María, sin embargo se distinguía
de sus hermanas en su cabello rubio, que llevaba recogido en una coleta.
Las tres estaban en la misma postura, Rocío y Eva
exactamente tal y como estaban cuando cerró los ojos, no se habían movido ni un
milímetro, seguían con su vidriosa mirada al frente, a la nada... María, con el
ceño fruncido miró a la tele, aún encendida, eran las ocho, ¡eso significaba que
llevaban en aquella postura cinco horas! La mera idea hizo estremecerse a María,
quien comenzó a llorar en silencio, deseando despertar de aquella horrible
pesadilla.
Al oír los sollozos, las tres mujeres movieron su
cabeza con una precisión que por mucho que viese no dejaba de resultar
inquietante.
-Has despertado- dijeron, con sus tres voces
fundiéndose en una- El Amo ha hablado, tenemos órdenes- Acabada su letanía las
tres se movieron, su madre movió la silla a la que estaba atada hasta ponerla
frente a la televisión, su hermana mayor cogió el portátil y se situó junto a
María, Carla, la mediana hizo lo propio con el mando del DVD.
-El Amo hace esto porque es justo- dijeron las
tres- Tu y los de tu clase destruisteís su vida con vuestro desprecio, vuestras
burlas, vuestro odio, vuestras humillaciones, vuestras palizas. Paula, Leticia y
las de su calaña eran como animales, actuaban por instinto, expulsando de la
manada a aquel que era distinto para sentirse seguras en un grupo homogeneo. Tu
eras distinta, eras inteligente, y aun así te comportaste como el resto e
incluso los guiaste en contra del Amo-
María miraba desesperádamente a ambos lados,
tratando de hablar a través de su mordaza y de liberarse mientras sus hermanas y
su madre reproducían el mensaje de su amo.
-Por eso y por poner en peligro sus planes serás
castigada-
María abrió los ojos desmesuradamente, inundada por
el miedo ¿Qué iban a hacerle?
-Serás la única consciente de como su vida es
destrozada-
Rocío, su madre, se agachó un poco y rodeó el
rostro de su hija con sus manos, inmovilizándola y obligándola a mirar a la
pantalla.
-Durante todo este año tu vida le ha pertenecido, y
ha hecho contigo lo que ha querido- continuaron las tres esclavas hipnóticas
-Todos tus recuerdos son falsos-
Carla, la hermana mediana, alzó el mando del DVD.
-¿Tus recuerdos sobre trabajo cuatrimestral con el
que obtuviste matrícula de honor? ¡Falsos!- le espetaron las tres a la vez
mientras Carla le daba al play.
Unas imágenes aparecieron en la pantalla, María
forcejeó con la férrea presa de su madre, en vano, sin poder mirar a otro lado
observó la pantalla... en ella apareció su aula del instituto... aunque nada
tenía que ver con el día que ella recordaba.
Se vio a ella misma caminando con el taco de
papeles que era su trabajo hacia la pizarra, estaba desnuda. A su alrededor, en
los pupitres, todas las chicas de la clase, incluida la joven profesora, la
seguían con la mirada. Los doce chicos que había en la clase no estaban en sus
asientos, se encontraban todos tumbados en el suelo con sus vergas enhiestas,
apuntando hacia el techo. María vio como ella misma caminaba hasta ponerse, con
las piernas separadas, encima del chico que había al extremo de la fila, cuando
se giró y miró a la cámara pudo ver su propio rostro … deformado por aquellos
ojos vidriosos y esa expresión ausente, estúpida.
-Hola- dijo con voz risueña, sonriente -Me llamo
María y soy la mas lista de la clase, pero también la mas puta, para demostrarlo
voy a leer mi trabajo mientras me follo todas las pollas de mi clase-
-Bien María, empieza- dijo la hipnotizada
profesora, toda la clase estaba en el mismo estado, aquello parecía un absurdo
teatro de marionetas, una burla del día que María bien recordaba pero que no era
real, la realidad estaba pasando ante sus ojos en aquel mismo momento
.
-Bien profesora- respondió la María del video antes
de agacharse y coger la polla del chico con la mano para guiarla hasta el
interior de su vagina, cuando tuvo la punta dentro se dejó caer, metiéndosela
hasta el fondo. La súbita penetración le arrancó un gemido ahogado. Cuando la
tuvo bien dentro comenzó a moverse arriba y abajo rítmicamente, con una mano
sostenía el trabajo frente a ella y con la otra se frotaba la bulba y el
clítoris suavemente. El lenguaje científico y bien construido se mezclaba con
los agudos gemidos y los insultos que de vez en cuando lanzaba a medida que se
iba moviendo mas rápido. Cuando llevaba leídas siete u ocho páginas se
encontraba ya botando sobre el vientre del chaval, provocando un sonido rítmico
cuando sus carnes chocaban y que sus tetas botaban en cualquier dirección al son
de la cabalgada. El chico al que cabalgaba no aguantó mucho mas y se corrió
dentro de ella. Gruñendo al sentir cerca el orgasmo María se levantó y se puso
rápidamente sobre el siguiente chico antes de descender violentamente,
empalándose con aquella verga hasta el fondo. La frenética cabalgada hizo que al
poco alcanzase su primer orgasmo y se corriera apretando los dientes y echando
la cabeza hacia atrás mientras trataba de seguir leyendo.
Ahora se habían cambiado las tornas y la palabras
con algún gemido intercalado habían pasado a ser gemidos, gritos e insultos con
alguna palabra intercalada.
Siguió así, cabalgando polla tras polla mientras a
duras penas conseguía leer parte de su trabajo y se las veía y deseaba para
responder a las ocasionales preguntas que le dirigían sus compañeras o la
profesora, pero Juan, que también estaba en el suelo le había dado ordenes de no
parar hasta que lo leyese entero, así pues se metió las doce pollas una por una
hasta que se corrieron dentro de ella.
Pero las pollas se acabaron antes que los folios y
tuvo que volver a recorrer la fila, esta vez siendo penetrada por su culo. Los
gritos de dolor se unieron a los de placer al lenguaje científico mientras uno a
uno los chicos le iban llenando las entrañas de semen, sus muslos estaban
cubiertos por sus propios fluidos además de por los de los chicos, su piel
brillaba por el sudor, que le había corrido el maquillaje de la cara, sus
grandes pechos se bamboleaban anárquicamente y el cabello, apelmazado por el
sudor le cubría parte de la cara. Aún tuvo tiempo de cabalgar con el culo a
todos los chicos hasta que al llegar al último acabó.
Se levantó temblorosa, mientras la profesora tomaba
notas en su cuadernillo de calificaciones.
-Limpia las vergas de tus compañeros querida, no
seas maleducada-
-Si profesora- dijo María antes de ponerse a cuatro
patas y comenzar a mamar las doce pollas una por una, tragándoselas y moviendo
su cabeza rítmicamente, usando su boca como si fuera un coño hasta que ellos se
corrían y ella tragaba hasta la última gota, dejando las verga bien limpitas.
Así acabó el video.
María hacía tiempo que había dejado de intentar
liberarse de sus ataduras, estaba destrozada, inerme, su mayor éxito académico
que la había convertido en la alumna mas inteligente del instituto había sido en
realidad... eso, aquella pantomima, aquella burla de sus recuerdos en la que
ella había quedado reducida a una mera puta a las órdenes de Alejandro. Tan solo
le quedó el consuelo de que ninguno de ellos era consciente y por lo tanto nadie
lo recordaría jamas, excepto Juan, pero eso era inevitable.
Pero aquella exhibición de su verdadera vida aquel
último año no había hecho mas que empezar...
-¿Tus recuerdos sobre tu cumpleaños?- continuaron
sus hermanas y su madre -¡Falsos!-
El "Falsos" resonó en su cabeza como un mazazo
antes de que su hermana Carla pulsase el botón de avanzar capítulo. Volvió a
aparecer ella desnuda, esta vez tirada en el suelo de aquella misma habitación,
rodeándola había un buen puñado de chicos, unos quince, todos los cuales, sin
excepción se masturbaban sus erectos miembros. A pesar de no verles las caras
reconoció las voces, eran todos los amigos y parientes que había invitado, y
Juan, claro.
No tardaron en empezar a correrse, derramando
grandes chorreones de ardiente lefa sobre su cuerpo. María se vio a si misma
riendo mientras el semen ocultaba su cara poco a poco y se acariciaba el cuerpo,
extendiendo los fluidos por el. Cuando todos hubieron eyaculado se apartaron y
entonces aparecieron, caminando a cuatro patas, su madre, sus hermanas y todas
las amiga a las que había invitado las cuales comenzaron a lamer su cuerpo,
devorando hambrientas toda la lefa que cubría el cuerpo de su anfitriona y
regalándole caricias, lametones, besos y con numerosos dedos de varias manos
penetrándola en sus cavidades intimas. En la siguiente escena apareció ella,
devorando una polla llena de nata de la tarta mientras con sus dos manos
masturbaba otras dos, a su alrededor varios mas esperaban su turno, con sus
pollas también llenas de dulce, al fin y al cabo ella era el centro de la
fiesta. Cuando se hubo puesto a tono se sentó sobre un chico en el sofa,
hundiéndose su verga hasta lo mas hondo y frotando sus tetas contra su cara, las
cuales el chaval apretaba, masajeaba, lamía y mordisqueaba. No tardaron en
llegar mas chicos a penetrarle por el culo y la boca mientras sus amigas y
parientes entretenían al resto de invitados o a la propia María cuando le
quedaba algún agujero libre....
Así los vídeos se sucedieron, con estremeciéndose
con cada "¡falsos!" que le espetaba su familia vio como Juan le folló el culo
sobre la mesa de su salón románticamente decorada para la primera cita con su
novio, el cual veía como su novia, con las tetas aplastadas contra la mesa y el
elegante vestido roto gozaba como una perra con cada embestida y lo insultaba y
le decía que no valía nada, vio como sus vacaciones en la playa fueron en
realidad una sucesión de orgías y un sinfín mas de ocasiones en las que había
sido usada como una puta, sin que luego recordase nada...
Ya no lloraba, si forcejeaba ni gritaba, resignada
observaba aquellas humillaciones aferrándose de manera enfermiza a una única
idea,su tabla de salvación: Que nadie salvo El sabía de todo aquello... fue
entonces cuando su hermana Eva, que había permanecido a su lado inmobil con el
portátil acabó con esa esperanza. Se movió hasta colocarse frente a María,
enseñándole la pantalla del portátil.
-Todas las veces que el amo nos uso quedan grabadas
y son subidas a una web, para que todo el mundo pueda ver lo putas que somos y
que el Amo gane dinero a nuestra costa- dijeron al unísono, mientras hablaban la
web apareció en la pantalla, mostrando una galería de fotos y videos de María en
todo tipo de situaciones, desde filial hasta bondage pasando por orgías,
bukkakes... María se quedó helada, rota su única salida, había decenas de
videos, centenares de fotos, todas ellas con cientos de comentarios, y arriba
pudo ver las pestañas que daban acceso a las galerías de sus compañeras de
clase, sus amigas...
Las voces de su esclavizada familia la devolvieron
a su terrible realidad.
-Este es tu destino- dijeron ominósamente -Olvidate
de ir a la universidad, quedarás reducida a un simple recipiente para la verga
del amo, un recipiente que ni siquiera sabrá leer ni escribir, solo follar, como
nosotras y le bastará una palabra para hacerlo.
Aquello fue demasiado para la chica, la falta de
comida y agua, la tensión nerviosa y el shock de descubrir la verdad acabaron
haciendo que se desmayase ante esas palabras. Cuando María cayó inconsciente sus
hermanas Eva y Carla dejaron el mando y el portátil y se situaron frente a ella,
con las piernas separadas y levantando sus pechos en la postura de espera que su
amo les había enseñado. Su madre en cambio cogió el móvil y marcó un número.
Juan recibió la llamada en su coche, que era
conducido por yasmina mientras, en el asiento de atrás Paula le hacía una cubana
con sus enormes tetas.
-¿Si?- dijo al coger la llamada
-Amo, el juguete se ha roto- le respondió la
impersonal voz de la madre de María, el chico se sonrió al escuchar aquellas
palabras.
-Bien, ya voy para allá, esperad-
-Si, Amo-
Tras colgar, Juan, al parecer ajeno al dulce
trabajo de Paula con su verga, revisaba los videos de la celebración, al final
todo había salido a pedir de boca, tenía varias horas de video con todas las
chicas de la clase en el restaurante, cuyo dueño había sido "convencido" para
que reservase el bar para ellos aquella noche y se asegurase mediante carteles
de que nadie ajeno al instituto entrase, por si fuera poco al acabar obligó a
todas las chicas a vestirse y fueron a la discoteca, cuyo dueño había recibido
el mismo tratamiento que el anterior, allí volvió a grabar varias escenas de
sexo con sus perras favoritas (era increíble lo que la autohipnosis podía hacer
a la hora de romper límites físicos) además de humillantes confesiones y sexys
bailes y lésbicos de las chicas en las barras de las gogos.
Y todo ello había quedado grabado, aquello le haría
ganar mucho dinero además de suponer la culminación de la humillación de sus
perras, tan solo quedaba poner la guinda final castigando a la rebelde.
-¿Cuanto queda?- preguntó mientras guiaba la cabeza
de Paula hasta su verga.
-Diez minutos, amo-
-Que sean cinco-
Cuando María recuperó la consciencia dos chicas mas
se habían unido a la fila de silentes esclavas, frente a ellas, sentado en una
silla con un cigarro en la mano se hallaba Juan quien, con un rápido movimiento,
le quitó la cinta que cubría su boca.
La chica le miró, aterrorizada, mientras el le daba
una calada al humo.
-¿Qué...que vas a hacerme?- preguntó
entrecortádamente.
El chico se sonrió antes de responder.
-Te han contado todo lo que va a pasarte, ahora te
contaré como empezó todo...
Mi misteriosa desconocida
Me
encuentro en un pueblecito de costa totalmente solo y disfrutando cada minuto de
esta soledad como si fuera el último de mi vida. Atrás se quedó el agobio de la
gran ciudad, el implacable horario de trabajo y ese montón de cosas que
estructuran una vida, la mía, y de las que en algún momento hay que huir, aunque
sea temporalmente, para reflexionar y tomar un nuevo impulso. Este estado de
ánimo, me impulsó a pedir unos días de permiso en el trabajo, coger el coche, un
liviano equipaje y dirigirme al Sur para intentar poner en orden algunas cosas
que me daban vueltas en la cabeza.
El lugar que elegí para mi retiro
fisico-espiritual, era un pueblo pequeño, anteriormente pesquero y que ahora
vivía del turismo estacional y de los ingresos que le reportaba el estar situado
en una zona de especial atención medioambiental. El pueblo disponía de unas
pocas casas de planta baja, algún bar especializado en pescado fresco y un
hotelito pequeño frente al mar que fue donde encontré hospedaje por unos días.
El hotelito estaba regentado por una familia muy agradable y el trato era
correcto y muy amable. A los pocos días llegué a sentirme como uno de más de la
familia.
Por la mañana me levantaba pronto, he de decir que
también me acostaba muy temprano, era el mes de enero y por las noches el pueblo
se quedaba muy tranquilo. A mí eso me venía fenomenal, porque había venido a
descansar y además, así aprovechaba plenamente la mañana del día siguiente. Los
días eran muy cortos y oscurecía muy rápidamente. Como he dicho, me despertaba
temprano, cogía el coche y me marchaba a visitar algunos de los interesantes
lugares que recordaba de anteriores visitas y algunos nuevos que me recomendaba
la dueña del hotel o alguno de sus hijos o nueras. Aquel era mi último día y me
dispuse a seguir la carretera que bordeando la costa me llevaba hacia el Este.
La carretera era muy estrecha y serpenteante . Presentaba muy poca circulación,
creo que solamente me crucé, en todo el camino de ida, con un pequeño camión de
reparto y no necesité efectuar ningún adelantamiento. El viaje fue una gozada,
pude viajar totalmente abstraído en mis pensamientos y disfrutando de las vistas
del mar y de las montañas que venían a morir en sus aguas. A media mañana me
paré en una pequeña barriada de pescadores para descansar un poco, y comprar
algunos suministros para la comida. Había pensado acercarme a una pequeña playa
que ya conocía y de la que tenía muy buenos recuerdos. Deseaba pasar el día
oyendo únicamente el rumor de las olas y viendo naturaleza desnuda, alejado de
toda huella humana. Charlé con algunas personas que había en un establecimiento
medio bar medio tienda de comestibles, hice la compra y me dispuse a seguir mi
camino. Una hora más tarde llegué a un pequeño anchurón apartado, en el que
debía dejar el coche y cargar con las provisiones. Desde allí hasta la cala
tendría que caminar unos 20 minutos. Sin más dilación me puse en marcha y por
pequeñas torrenteras que habían erosionado la ladera de la montaña fui
descendiendo rápidamente hasta la playa, a la vez que disfrutaba de un silencio
tan profundo como ya no recordaba. De vez en cuando alguna gaviota, planeando
sobre la suave brisa, me sobrevolaba como amable anfitriona que me viniera a
recibir dándome la bienvenida. Llevaba ya un buen rato caminando cuando, el
rumor del mar rompió el silencio y antes de ser visto, me anunció su presencia.
Tras una cerrada curva, el mar se abrió ante mí en todo su esplendor. Aunque no
hacía mucho viento, el mar estaba alborotado y un sin fin de olas avanzaban
hacia la orilla subiéndose unas sobre las otras, en una danza interminable.
Mirando desde la arena, que era blanca y gruesa muy de mi gusto, y en el centro
de la playa, destacaba una gran roca que surgía poderosa del mar y que luchaba a
brazo partido con el romper de las incesantes olas. Éstas a cada embate rugían y
saltaban enloquecidas, transformadas en increíbles penachos de espuma con los
que el viento jugaba a su antojo. Viendo esta maravillosa, imagen recordé con
pesar, que no había traído la cámara de fotos en este viaje. Pensé, y eso me
reconfortó, que lo mejor era llevarme las imágenes en la retina y disfrutar de
ellas intensamente. Busqué un lugar resguardado en el que pudiese gozar de unas
vistas más abiertas y allí me coloqué. Al principio pensé que estaba solo pero
una vez acomodado, observé que alguien, desde luego con mucho valor, nadaba de
lado a lado de la playa desafiando el ir y venir de las impetuosas olas. Me
entretuve un momento observando la lucha de el o la bañista con el oleaje y me
dispuse a dar buena cuenta de las viandas.
Estaba en ello cuando vi salir del agua la
intrépida persona que a pesar de las desafiantes olas y la seguramente fría
temperatura del agua, se había dado ese atrevido chapuzón. Era una chica joven,
de pelo moreno, largo y rizado. Era alta y esbelta, con un cuerpo hermoso y unos
movimientos gráciles y ligeros . Estaba desnuda y con las dos manos y sobre uno
de sus hombros escurría sus cabellos mientras se dirigía caminando por la orilla
al extremo de la playa opuesto al que yo ocupaba . Esa imagen de tan bella
desnudez, junto al color turquesa del mar, el azul intenso del cielo y los tonos
cálidos de la montaña, me produjo una grata impresión. Mi comida fue muy frugal,
unos tomates, unas cuantas zanahorias y un bocadillo de tortilla con queso. Me
tumbé boca arriba para sentir como el Sol suavemente me regalaba su calor.
Tocaba sestear un rato.
Estaba cayendo dulcemente en los brazos de Morfeo,
cuando sentí una presencia cerca de mí, abrí los ojos y junto a mí se encontraba
mi vecina de playa. Llevaba por todo vestido un vaporoso pañuelo estampado,
cogido por encima del pecho que le cubría hasta un poco más arriba de sus
rodillas. Iba desnuda y el pañuelo apenas disimulaba las aureolas de sus
preciosos pezones y sus maravillosas curvas. El pelo, que era de un color negro
azabache, lo llevaba recogido en una especie de moño informal sujetado con un
pasador de madera. Era muy guapa, tenía los ojos muy vivos y de un precioso
color miel y además de sus marcados pómulos destacaba en su rostro una boca
grande con unos exuberantes y sensuales labios rosados. Sus orejas eran pequeñas
y muy bien formadas. Con mucha educación se dirigió a mí y me preguntó si
pretendía bañarme. Yo me incorporé y no supe que decir. Su enorme belleza y esa
pregunta tan directa e inesperada, me dejaron durante unos instantes totalmente
desorientado. Reaccioné y le dije que creía que no me bañaría, pues el agua
debía estar muy fría y con tanto oleaje no me apetecía. Su piel era muy blanca,
de un blanco exagerado, se quedó mirándome con una mirada profunda, y me
respondió que hacía muy bien en no bañarme ese día. Aunque la situación me tenía
un poco aturdido, intentando mostrar normalidad le comenté, en broma, que si
decidía bañarme le avisaría para que me observara y ayudara en caso de que fuera
necesario. La nombraba mi vigilante de la playa particular. Ella sonrió, se
arrodilló en la arena y acercándose hacia mí y casi al oído me dijo que se
llamaba Elisa.
Su cabeza me ocultó el Sol y con su cuerpo a contraluz depositó
un precioso beso en mis labios. No me había recuperado de la sorpresa del primer
beso, cuando de nuevo posó sus voluptuosos labios sobre los míos y me volvió a
besar de nuevo con suavidad, pero esta vez de forma profunda. ¿Esto estaba
ocurriendo en realidad o era un sueño?, se incorporó, me dio las gracias y se
marchó a pasear por la orilla de la playa. Sus labios me parecieron fríos y su
lengua dejó en mi boca un agradable sabor a sal y frescor de algas marinas. Me
quedé absorto contemplándola. Caminaba ensimismada por el rompeolas y de vez en
cuando, se paraba para recoger tal vez alguna piedra o quizás conchas y
caracolas que encontraba a su paso. Recorría la playa de un extremo a otro y
cuando volvió a la altura del lugar que yo ocupaba, me miró y me regaló su
preciosa sonrisa. La tarde estaba decayendo y con ella mis mini vacaciones.
Mañana saldría de vuelta y a estas horas, seguramente estaría ya en casa. La
idea me deprimía terriblemente. Me levanté y me dirigí al rompeolas para dar un
paseo y de paso intentar charlar con mi misteriosa compañera de playa. Ella
estaba de espaldas a la arena y abstraída, miraba el ir y venir de las olas. La
estreché por detrás, (no se sorprendió, parecía que lo estaba esperando), le
tomé los brazos por delante y al oído le susurré que la deseaba. Se dejó abrazar
y agarrándome a su vez las manos inició una deliciosa danza, que consistía en un
suave movimiento pendular y girado de los dos cuerpos estrechamente unidos. La
dije que se viniera conmigo, pero me dijo que eso no era posible. Con voz
suplicante y melosa, me rogó que me quedara esa noche con ella en la playa. A mi
me pareció una broma e iba a decirle algo, cuando suavemente posó el dedo índice
de su mano derecha en mis labios y me impuso silencio. Tengo una pequeña tienda
de campaña y un saco donde podemos pasar la noche, me dijo. Yo sabía que en las
playa no se puede pernoctar, además no teníamos comida para pasar la noche y así
se lo dije
. Ella, haciendo oídos sordos, me preguntó si tenía agua potable, le
dije que era de lo poco que me quedaba de la compra que había hecho por la
mañana. Me miró y sonriéndome obstinada me dijo: nos quedamos.
Montamos la tienda cuando la noche empezaba a caer.
Abrazados, vimos un hermoso atardecer y contemplamos como el cielo, de una
transparencia casi mágica, nos obsequiaba con una maravillosa luna en creciente
rodeada de infinitos puntos luminosos. Me nombró numerosas constelaciones,
explicándome el origen de sus nombres y yo sólo la interrumpía para decirle que
se viniese conmigo. Se lo sugerí tantas veces como estrellas había en el cielo y
siempre obtenía la misma respuesta: no es posible, no es posible,... Una gran
tristeza se apoderaba de mí y le rogaba que me diese una explicación a su
negativa. Ella me dijo que me lo contaría más adelante. Cansados y con frío nos
introdujimos en la tienda. En el silencio de la noche, y aunque la tienda estaba
cerrada, los sonidos de algunos animalillos que aprovechaban la noche para
comenzar su frenética actividad, me ponían un poco nervioso. Elisa me calmaba y
me transmitía seguridad, (ella había hecho mucha acampada libre según me dijo).
Nos metimos en el saco desnudos para coger calor, pues la noche se estaba
poniendo fresquita de verdad. Me pegué a su espalda y comencé a besarla por
detrás, primero fue el cuello, después sus hombros y finalmente toda su preciosa
espalda. Los besos se alternaban con bocados suaves y el tacto de los labios y a
veces la presión de los dientes, producían en Elisa placenteras sensaciones que
hacían que su cuerpo se arquease unas veces a un lado, otras al otro de forma
involuntaria. Se giró y sonriendo se me subió encima y me besó en la boca, me
agarró por las muñecas y me acarició con sus sensuales labios el cuello.
Del
cuello, en un movimiento continuado, se bajó al pecho y pasó a acariciarme los
pezones. Mientras succionaba uno de ellos, el otro lo acariciaba dibujando
interminables círculos con uno de sus dedos humedecido en saliva. Las
sensaciones eran tan excitantes que éstos, los pezones, inmediatamente
adquirieron una gran rigidez. El placer con mayúsculas y una felicidad plena me
envolvían, pero ella, dueña de la situación, modificaba a su voluntad mis
sensaciones. Jugaba conmigo y de un tacto tranquilo y reposado cambiaba de
pronto a un ritmo ansioso y frenético que me llevaba a un paroxismo
enloquecedor. No pude aguantar más, con suave determinación la volteé sobre su
espalda. Estaba decidido a ser yo quien dirigiera de nuevo las operaciones.
Nuestra danza-amorosa, era como un interminable juego sincronizado, de ahora
dirijo yo y tú consientes y al contrario. De esta manera los placeres que uno de
nosotros provocaba como emisor al otro, éste posteriormente los recibía como
destinatario. La cogí de las muñecas, la inmovilicé y la besé en la boca y
bajando por su cuello acabé besándole sus sedosos pezones. De nuevo su cuerpo
oscilaba a lado y lado fruto de las intensas sensaciones que sin duda
experimentaba. Bajé hasta su vientre, con la lengua sorbí la sal de su ombligo y
descansé, por un instante, mi mejilla en su mullido monte de Venus. Me entretuve
en la cara interna de los muslos, allí donde la piel es nácar. Mediante los
besos y los suaves bocados que le daba, le transmitía mis deseos más profundos y
la llevaba a un estado de excitación enorme. Ella me cogía por los cabellos y
luchaba por retirarme de tan sensible lugar, pero no estaba dispuesto a
claudicar por ahora. Con la lengua le abrí los labios de su dulce vulva,
saboreando con delectación su sabroso sabor a mar. Un poco más arriba y donde se
unen sus labios menores, me encontré con su clítoris, que erecto anhelaba mis
suaves caricias. Lo acaricié con la punta de la lengua y lo cubrí de besos. Ella
se convulsionaba, gemía y suspiraba con gran agitación. Mi lengua jugaba en la
entrada de su vagina y subía hasta su clítoris cada vez más excitado. Los
movimientos ascendentes y descendentes de su pelvis cada vez más frecuentes me
anunciaron que su orgasmo ya era inminente. Un profundo suspiro y la posterior
relajación de todo su cuerpo, me confirmaron que el ansiado éxtasis había
llegado para ella. Me alcé y le regalé un tierno beso en su
lujuriosa boca. Pasaron unos instantes y
sorprendentemente, la noté un poco contrariada pues según me confesó, pensaba
que todo había ocurrido demasiado deprisa. Me disculpé y la tranquilicé
asegurándole que no había ningún problema, teníamos toda la noche por delante.
Cansada y muy relajada, se tumbó a mi lado, me acarició el pecho y bajó la mano
hasta mi pene. Constató el estado de excitación en que se encontraba, y
bromeando con que le apetecía un yogur natural, lo agarró y metió el excitado
glande en su boca y con la lengua jugaba con él dibujando redondelitos en un
sentido y en el contrario. Sentir mi glande coronado por sus hermosos labios y
notar su húmeda lengua acariciándome de esa manera, desencadenaba en mí el
frenesí más absoluto. Intenté retirar su boca del sensible lugar en que se había
instalado, pues un familiar escalofrío me avisaba de que el ansiado final estaba
muy cerca. Ella no sólo no se retiró, sino que al sentir la proximidad de mi
éxtasis, se introdujo el pene en la boca y agarrándolo con las dos manos ayudó
la llegada de su ansiado yogur con un rítmico batido. Varios grandiosos espasmos
azotaron mi cuerpo y me vacié sin remisión dentro de ella, quedé totalmente
extenuado y feliz. Se echó junto a mí y dándome un sonoro beso en la mejilla, me
susurró: estamos empatados.
La noche transcurrió en un duerme vela de amor y
sexo relajado, lo mismo ella se subía sobre mí y me cabalgaba como una experta
amazona hasta llevarme al éxtasis más absoluto, como yo, una vez recuperado, la
cogía por detrás y a cuatro patas la poseía como si fuésemos dos animales en
celo. Con el desgaste del amor y sin energía (no habíamos cenado), el cansancio
se apoderó de mí de una manera fulminante y abrazado a mi enigmática compañera
me quedé profundamente dormido. A lo largo de la noche y en repetidas ocasiones,
abrí los ojos y vi a Elisa con los ojos abiertos mirándome con ternura, mientras
dulcemente me acariciaba. Yo le decía duerme y ella me contestaba, no tengo
sueño ya dormiré. Vente a vivir conmigo, le rogaba en un susurro y ella me
respondía, mañana lo hablamos amor. Yo le sonreía, le acariciaba su bello rostro
y volvía a quedar dormido.
A la mañana siguiente, el Sol me despertó temprano
y sorprendentemente me encontré tumbado en la arena dentro del saco de dormir de
Elisa. ¡No había ni rastro de ella ni de su mochila y mucho menos de la tienda
de campaña dónde habíamos pasado la noche!. El mar estaba muy tranquilo y la
playa vacía. Busqué a Elisa por todos los rincones y la llamé a gritos hasta que
me dolió la garganta, pero no la encontré. Parecía como si se la hubiese tragado
la tierra. Preocupado y desorientado me vestí y subí hasta el coche, miré por si
veía algún rastro de la que había sido por una noche mi amante desconocida, pero
todo fue inútil. Decidí coger el coche y buscarla por los alrededores, y
mientras nerviosamente sacaba las llaves del bolsillo del pantalón, me fijé en
que en el parabrisas del coche y cogido por las escobillas, había lo que parecía
una hoja de periódico vieja, arrugada y quemada por el Sol. Cogí la hoja del
periódico y era de un diario local. Con un rotulador rojo, alguien había
destacado una noticia que, a pesar del estado de excitación en que me
encontraba, llamó poderosamente mi atención.
La noticia venía a desarrollar un triste suceso que
había tenido lugar un 21 de enero de hacía tres años. En él se narraba como un
grupo de chicos y chicas que habían ido a pasar el día en una playa de la
localidad llamada del Peñón Blanco, habían echado de menos al atardecer a una de
las chicas del grupo llamada Elisa. Los últimos que la vieron aseguraban que, a
pesar de las advertencias de sus compañeros y compañeras, se había adentrado en
el mar para darse un baño. Como era muy buena nadadora en principio no se
preocuparon. Fue un tiempo después, cuando fueron a llamarla para la merienda,
cuando la echaron de menos y se alarmaron. Las fuerzas de orden públicas:
policía, guardia civil terrestre y marítima y protección civil la anduvieron
buscando durante varios días sin encontrar rastro de ella. Miré la foto de la
desaparecida y, ¡era Elisa mi compañera de la playa!. Las piernas me temblaron y
a punto estuve de irme al suelo, me apoyé en el coche totalmente desconcertado.
Frente a mí y al otro lado de donde había aparcado el coche había un cartel que
estaba muy nuevo. Debían de haberlo puesto hacía muy poco, en él podía leerse:
Playa del Peñón Blanco.
Todo esto resultaba aterrador pero encajaba a la
perfección, la desaparecida era Elisa, la playa era la misma y hoy era, miré mi
reloj de pulsera 22 de enero, es decir ayer se cumplía el tercer año de su
desaparición. Todo esto me pareció un mal sueño o más bien una terrible
pesadilla. Totalmente abatido, me asomé al acantilado. Miré hacia el ahora
calmado mar, y con un vacío enorme en el corazón, me despedí de Elisa, le
susurré que siempre la llevaría en mi corazón y le pedí que me esperara el 21 de
enero del año próximo. Fin
Salud y suerte. Opus 2010